11 inicios de relatos que debes leer al menos una vez en la vida

inicios de relatos

¿Te ha pasado en alguna ocasión que, leyendo las tres primeras líneas de un relato, se te han abierto mucho los ojos y ya no los has podido cerrar? ¿O que se te han quemado las lentejas porque no podías dejar de leer el primer capítulo de una novela? Eso debería ocurrir siempre (la emoción de la lectura, no lo de echar a perder la comida). El inicio de un relato debería arrastrarte como una corriente salvaje. O engancharte como un amor de verano hacia la vorágine de la relación y que te deje hecho polvo cuando se acabe. Pero con ganas de más.

Esta semana me he puesto las gafas de bucear para sumergirme en la librería. Y he pescado para ti pequeños tesoros, primeros párrafos de novelas o relatos que me abrieron mucho los ojos. Que me enamoraron perdidamente. Gracias a ellos mi vida cambió y ahora me dedico a escribir. Bueno, y gracias a mi abuelo, que insistió durante años en que debía continuar su inacabada obra secreta. Eso picó mi curiosidad e hizo que perseverase. Pero esa es una historia que dejaré para otro día.
De momento, vamos con los once inicios de obras que te aconsejo que leas si, como yo, amas la literatura.

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante buenos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensivos al buen gusto y a la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.

Seda, de Alessandro Baricco

Aunque su padre había imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había acabado ganándose la vida con una insólita ocupación, tan amable que, por singular ironía, traslucía un vago aire femenino.
Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.

La senda del perdedor, de Charles Bukowsky

La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo. Era una mesa, veía la pata de una mesa, veía las piernas de la gente, y una parte del mantel colgando. Estaba oscuro allí debajo, me gustaba estar ahí. Debió haber sido en Alemania, yo debía tener entre uno y dos años de edad. Era en 1922. Me sentía bien bajo la mesa. Nadie parecía darse cuenta de que yo estaba allí. La luz del sol se reflejaba en la alfombra y en las piernas de la gente. Me gustaba la luz del sol. Las piernas de la gente no eran interesantes, no eran como el trozo de mantel que colgaba, ni como la pata de la mesa, ni como la luz de sol.

La metamorfosis, de Franz Kafka

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

Las hormigas, de Boris Vian

Llegamos esta mañana y no hemos sido bien recibidos, pues en la playa no había nadie a no ser montones de individuos muertos y montones de pedazos de individuos, tanques y camiones destrozados. Llegaban balas un poco de todas partes, y a mí no me gusta tal desorden así porque sí. Saltamos al agua, pero más profunda de lo que parecía, y resbalé sobre una lata de conservas. Al muchacho que estaba justo detrás de mí le ha arrancado las tres cuartas partes de la cara el proyectil que llegaba en ese momento, y yo me he guardado la lata de conservas como recuerdo. He recogio los pedazos de su cara en mi casco y se los he entregado, y él ha partido a hacerse curar. Pero ha debido de equivocarse de dirección, porque se ha adentrado en el agua hasta que le ha faltado pie, y no creo que pudiera ver lo suficiente por el fondo como para no perderse.

Catedral, de Raymond Carver

Un ciego, un antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras casi cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión.

Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes

No ignoro que el recurso de beber para huir es un viejo truco pero ¿conoces alguno más eficaz para escapar de ti mismo? Una copa acartona el recuerdo, pero, al propio tiempo, convierte la onerosa gravedad de tu cuerpo en una suerte de porosidad flotante. Algo parecido a la fiebre. Pasado el trance, sobreviene el decaimiento, pero hay un medio para evitarlo: mantener en sangre una dosis de alcohol que te imbuya la impresión de que participas en la vida, de que la vida no pasa sobre el hoyo en que te pudres sin advertir que existes. Esta forma de energía suele identificarse con la alegría, aunque, por supuesto, no es la alegría. A lo sumo, una energía inferior, improductiva; en caso contrario, yo trabajaría. Pero mi ingenio, si alguna vez existió, se ha agotado; ya lo estás viendo: no soy capaz de embadurnar un lienzo, ni siquiera de sostener un pincel en la mano.

El palacio de la luna, de Paul Auster

Fue el verano que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.

El sapo, de Quim Monzó

De color azul, el príncipe sólo lleva los pantalones ajustados, que le marcan las nalgas, unas nalgas pequeñas y duras que hacen que las muchachas y los pederastas se vuelvan a mirarlo y se muerdan el labio inferior. También lleva un jubón de colorines, una capa corta y roja, una gorra ancha, gris y con una pluma verde, y botas de media caña por encima de los pantalones azules y ajustados.

Vredaman, de Unai Elorriaga

Las plantas, por ejemplo, no beben café con leche. No les gusta el café con leche a las plantas a las flores o a los árboles. A los pájaros tampoco. A mí sí. Yo a veces tomo el café con leche sin respirar. Toda la taza. Ése es un récord que yo tengo. Igual soy el único en el mundo que tiene ese récord.

La cuestión de Bruno, de Aleksandar Hemon

Nos levantamos al amanecer y, sin fijarnos en el sol amarillento, cargamos de maletas el Austin azul marino y nos dirigimos a la costa en línea recta, parando sólo a las afueras de Sarajevo para que yo echara una meada. Me pasé el viaje cantando canciones comunistas: canciones sobre madres afligidas que miraban entre las tumbas en busca de sus hijos muertos; canciones sobre la revolución, férreas e impetuosas, como una locomotora; canciones sobre mineros en huelga que entierran a sus camaradas muertos. Cuando llegamos a la costa, casi me había quedado sin voz.

Y como bonus track, permíteme que incluya el comienzo de uno de mis últimos relatos. También puedes ignorarlo e ir al cierre del artículo directamente, claro.

Soy mi hijo, de David Generoso

El mes pasado cumplí una cifra depresivamente alta, un número de años suficiente como para construir una catedral o haber dado la vuelta al mundo en cinco o diez ocasiones con largas paradas en varias ciudades que lo merecen. «Lo importante es sentirse bien por dentro», me engaño asesorado por anuncios y frases hechas. Lo cierto es que voy saltando de crisis en crisis. No disfruto del presente, vivo demasiado en el pasado. Soy un fantasma condenado a vagar por la misma casa. Es maravilloso atesorar recuerdos, pero no es menos importante crear nuevas experiencias para que el yo del futuro también se pueda recrear. Quizá por eso, en mi último cumpleaños, la realidad se saltó todas las reglas y dibujó un itinerario insólito.

Hasta aquí algunos de los comienzos que me llevaron en volandas hacia el desenlace. Evidentemente, hay muchas más obras con un inicio vibrante. Así, a vuela pluma, me vienen estas a la cabeza:

  • Corazón tan blanco, de Javier Marías.
  • El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.
  • Bartleby el escribiente, de Herman Melville.
  • Invisible, de Paul Auster.
  • La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker.

¿Se te ocurre algún inicio de relato o de novela que te haya removido en el asiento ¿Te apetece compartirlo? Déjame un comentario y prometo escribir con ellos otro post más adelante.

 

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4 comentarios sobre “11 inicios de relatos que debes leer al menos una vez en la vida

  1. Hola David, enhorabuena por el artículo: constituye una selección memorable y el tuyo no desmerece en absoluto. A mí un comienzo de libro que me gusta especialmente es el primer párrafo de Wilt (Tom Sharpe, Anagrama-Círculo Lectores). En mi opinión, una vez leído y releído el libro, condensa y resume en ese comienzo el contenido, tono y estilo del resto de la obra: asombroso.

    Y otro algo más clásico, por si te lo quieres anotar también, es el de “El retrato de Dorian Gray” (Oscar Wilde, EDAF).

    Espero que esta pequeña aportación pueda serte de utilidad.

    Saludos!

    1. Hola, Daniel.
      Gracias por por asomarte a mi página y aportar tus libros. Me anoto “Wilt” para leérmelo. Ha estado varias veces en mi lista de libros por leer pero siempre se ha quedado abandonado. De “El retrato de Dorian Gray” nunca me ha gustado la repetición del adjetivo “intenso” en el primer párrafo, pero eso ya son manías de escritor 🙂

  2. Hola David,

    Me ha gustado mucho la lista que has hecho, enhorabuena! Son, como dices, inicios vibrantes. Uno que me gustó mucho a mi es el de “Crónica de una muerte anunciada”, la primera frase ya t engancha.

    Saludos y gracias por el artículo,

    María

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