La inspiración es una trola muy gorda

Las vacaciones se han terminado. Y con ellas los paisajes bucólicos, las playas relajantes, los horarios flexibles, la vida divertidamente caótica, tu piel morena sobre la arena eres igual que una sirena y la facilidad para encontrar un hueco en el que sacar adelante tu relato. Pero te advierto: no confíes en las musas. La inspiración es una trola muy gorda, así que más te vale encontrar tu momento en la rutina diaria si quieres escribir de verdad.

La inspiración es una trola

La inspiración no existe. Es una mentira con obesidad mórbida, un cuento con final incierto que aletargaba nuestras noches hasta caer dormidos. Es más productiva una sesión de una hora sentado frente a la hoja en blanco que un minuto de inspiración. Al menos bajo el paraguas de mi experiencia. Y en muchas ocasiones coincidirán ambas formas de crear. La primera invitará a la segunda, le abrirá las puertas de par en par y la agasajará con fresas salvajes e hidromiel. Y es ahí donde se producirá la magia.

¿De dónde salen las ideas?

¿Qué activa el mecanismo que las produce? ¿Dónde se encuentra el interruptor que enciende la bombilla en nuestra cabeza? Durante toda mi vida he escuchado que la inspiración es como una varita que te toca en el hombro y te obliga a salir disparado al ordenador a teclear palabras, una detrás de otra, hasta completar el relato de un tirón. Ese momento de éxtasis creativo te equipara a un ente divino inventándose un mundo de la nada. Y tú te sientes poderoso, casi un ser mágico, una especie de ingeniero de Google que puede cambiar las reglas a su antojo.

Pero la inspiración es una trola, un bulo inventado para restarle mérito a cualquier actividad creativa. No hay varitas mágicas. No vivimos en un mundo de hadas y elfos. La bombilla no se enciende sola. Antes hay que instalar el cableado para que llegue desde la lámpara hasta el interruptor. Para que ese momento de creatividad máxima entre en acción, debes estar trabajando casi obsesivamente delante de la pantalla o de la libreta. Para que la inspiración haga con tu escritura maravillas, debes tener los codos pelados y las falanges de tus dedos arqueadas de tanto teclear palabras.

inspiración es una trola
Las musas aprenden a tocar el violín desde muy pequeñas.

Te propongo un ejercicio

Es sencillo: esta semana escribe todos los días. Y cuando digo todos, es todos. No importa el qué. Un relato corto, el capítulo de una novela, la reseña del libro que estás leyendo, la receta de cocina definitiva sobre la tortilla de patata (con cebolla, por supuesto) o un poco de escritura automática en la que dejes fluir tu conciencia sin ningún tipo de límites (ya tendrás tiempo de borrar para escribir mejores relatos cortos). Siéntate frente a la pantalla, o con una libreta, y dedícale treinta minutos al menos. Sin desesperarte. Y apunta el número de palabras que escribas a diario.

La semana que viene no fuerces la situación. No escribas a menos que te venga la inspiración (pausa para burlarme: jajajaja). Y compara los resultados.

Si te encuentras bloqueado, aquí tienes un artículo de Gabriella Campbell que te habla de un círculo mágico para romper el bloqueo. Y aquí otro de Diana P. Morales que habla de verdades irrefutables.

Ideas para lograr la inspiración (desde el dolor)

Hay muchas fuentes de las que puedes beber para inspirarte. Una de ellas es el dolor. En todas sus formas: dolor físico, espiritual, emocional… Veamos cómo puede ayudarte.

Escribir desde el dolor ayuda a superarlo

Y no lo digo yo. En mi trayectoria vital me he cruzado con varios psicólogos y cada uno de ellos afirmaba que escribir ayuda a procesar el dolor y a recomponerse. Algo parecido a la resiliencia. Hay gente que supera los problemas graves con más facilidad. Suelen ser personas creativas, que valoran la situación desde puntos de vista diferentes. Uno de ellos sería la escritura.

Escribir desde el dolor de una pérdida

Imagina por un segundo la muerte de un padre. O de una madre. O de un hermano. Y no digamos ya la de un hijo. Ellos sufren, pero cuando cierran los ojos definitivamente, el dolor cesa. Y nos lo traspasan a los vivos, a los que quedamos aquí para afrontar el día a día. En ese proceso en el que parecen habernos arrancado una parte del cuerpo, la escritura aparece como un ibuprofeno de efecto reforzado. 

En mi caso lo hizo. Cuando mi padre murió tras una vida de excesos, exorcicé parte de mis demonios escribiendo un relato corto. Una especie de carta dirigida a él en la que le pedía explicaciones. Más bien se las exigía. Pero también había espacio para las alabanzas y el agradecimiento. Fue como entornar la puerta de un capítulo de mi vida. Y la escritura me ayudó mucho a ello. Si quieres leer el relato que titulé ‘Cenizas’, está publicado en mi primer libro, ‘D.I.O.S.’.

En realidad está presente en otros relatos. Con cada uno de ellos me despido un poco más de él. Hasta que el dolor no sea más que una suave caricia en la nuca.

escribir desde el dolor
La consulta del dentista: ese lugar que ya genera dolor desde la misma sala de espera con su horrible selección musical.

Escribir desde el dolor físico

¿Has sentido alguna vez como si te estrangularan el intestino y después lo quemaran a fuego lento? ¿O como si una aguja de punto te atravesase la cabeza justo detrás del ojo? Enfermedad de Crohn. Migraña. Son sólo nombres con los que reconocer esos síntomas. Si escribes mil palabras sobre cada uno de ellos, el dolor mejora. Y no vale autocompadecerse. Hay que escribir desde las entrañas y expulsar todo el odio hacia el dolor. Negro sobre blanco. O blanco sobre negro si escribes en uno de esos siniestros blogs que dañan a la vista mucho más que una migraña.

Yo escribí una ponencia sobre la enfermedad de Crohn y cómo me ayudó la escritura a superarla. Y la expuse en la convención anual de la ACCU el año pasado. Desde entonces no he vuelto a sufrir ni el más leve brote. Os lo prometo. Gritarle al mundo mis mierdas me ayudó significativamente

Escribir desde el dolor de otros

Cuando la violencia nos sacude de forma tan espantosa, todo el mundo parece tener una opinión. Las redes sociales son receptores de muchas de ellas. Pero también el bar de la esquina de casa. Quizás sea un resorte defensivo, una manera de tratar de comprender el horror. Expresamos con palabras lo que nos aprieta el nudo de la corbata o nos inunda los ojos de lágrimas.

Una vez que están fuera, escritas en un papel, en una red social o pronunciadas en alto frente a unos amigos, el veneno se expulsa de nuestro organismo. Aún es tiempo de gestionar las emociones, pero el proceso de visibilizar el dolor ha sido un gran punto de partida.

Escribir desde el desamor

La historia de la literatura está llena de desencuentros amorosos, de pensamientos escritos a la luz de una vela herida. Los poetas, por ejemplo, son expertos en crear desde el sufrimiento. Los versos lucen más. ¿Y reparan su alma? Seguro. Haz la prueba. Coge bolígrafo y papel (mejor pluma y pergamino) y déjate llevar por las emociones. Escribe una carta a ese amor platónico de hace años. Cuéntale cómo te hizo sentir. Y lo que aprendiste de ello. Sangra por cada poro de tu cuerpo y mancha la hoja. Y luego arrójala al fondo de la basura, no vaya a ser que te acusen de algún delito sin resolver.

En mi época post-adolescente me harté de escribir cartas a amores platónicos. Saltaba de una flor a otra, de una chica perfecta a otra más perfecta aún. Y esas cartas que guardé hasta hace poco aliviaron la sensación de ser el tipo más desgraciado en la faz de la Tierra.

Más ideas para lograr la inspiración

Si de verdad te gusta inventar historias, ese momento de comunión con el universo (el de tu texto y el que está sobre nuestras cabezas) es lo más parecido al nirvana (que no sé yo si es un estado aconsejable, teniendo en cuenta cómo se tomó la vida Kurt Cobain).

Aquí te suelto algunas ideas que podrían encender la chispa de la inspiración y, desde ahí, quemar el mundo literario hasta los cimientos.

escribe para ser feliz

Escribe 100 palabras sobre una vaca

¿Recuerdas? A quién no le han mandado como deberes un ejercicio así. Abrías tu cuaderno de rayas, echabas el aliento al bolígrafo para que no te fallase, como si en el interior viviera una musa que necesitara calor, y garabateabas la hoja con descripciones sobre el sistema digestivo del animal y lo rica que estaba la carne.

Y si el talento emergía, al final la vaca se convertía en una metáfora de tu competencia para ordeñar una idea. Y soltabas un rollo que aburría mortalmente a tus compañeros, pero que tenía cierto aroma lejano a literatura. Ya ajustarían ellos cuentas en el patio (y eso que eran malos en mates).

Escribe palabras que rimen

Otro clásico del colegio: componer un poema sobre la vaca. Emocionar a los lectores rimando palabras sobre el herbívoro es un ejercicio que, si lo superas, deberías sospechar que lo tuyo es la creación literaria.

O ser ganadero.

Escribe refranes

Este punto también es bueno. ¿Nunca te ha dado por apuntar refranes en una libreta? ¿O por inventártelos? ¿De verdad soy yo el único en su especie? (obviando a los que crean refranes profesionalmente, claro).

Quien a buen árbol se arrima, la sombra de un ciprés es alargada.

Al que madruga Dios le coloca un pan debajo del brazo.

En casa del herrero cuchillo que no corta.

Hala, yo ya he aportado mi granito de arena al refranero español. ¿Te animas a dejar tus refranes en los comentarios?

escribe para ser feliz

Escribe un cuento

La prueba casi definitiva. Si tu padre o tu madre te leían cuentos y se despertaba en ti un resorte que te animaba a crear los tuyos propios, significativo. Mucho.

Escribe un poema

Rosalía fue mi musa. ¿La tuya? Si el chico o la chica que te gustaba de joven te inspiraba poemas que componías a la luz de la luna, ¡zas!, otro punto a favor de tu inclusión en la escritura de serie.

Mis poemas eran unos ripios espantosos. Y, además, nunca llegaron a sus destinatarias. Quizás eso sea otro signo que nos define a los escritores: la timidez.

Escribe notas

La primera oportunidad fue en el colegio. Así te comunicabas con tus compañeros esquivando la torpe vigilancia del profesor. Era un reto al alcance de muy pocos elegidos. Y yo no estaba entre ellos. A menos que quisiera terminar en el despacho del director.

La segunda oportunidad aparece cuanto tienes pareja. Esas notas amorosas junto al desayuno u ocultas en su bolso para que se las encuentre a lo largo del día, favorecen una larga y emocionante relación.

La tercera ocasión te define absolutamente como escritor: llevar una libreta siempre contigo y apuntar ideas, diálogos, personajes, descripciones o la lista de la compra en plan literario (dos nutritivos litros de leche, una hogaza de pan con aroma a pueblo y una lata de sardinas apretujadas como en un concierto de rock).

Si tu trayectoria vital se ha cruzado en alguna ocasión con los anteriores puntos, tienes todas las papeletas para considerarte escritor. Y ahí ya puedes escribir para ser feliz.

Tatúate “escribe”

Yo lo hice este verano. Me tatué la palabra “escribe” en el brazo izquierdo. Llevaba años dándole vueltas a la idea.

He de confesar que fue mi primer tatuaje. Quería algo simbólico y práctico al mismo tiempo. Y “escribe”, con tipografía de máquina de escribir, como aquel primer artilugio de mi padre en el que vomitaba mis historias más torpes, lo es.

Juzgad por vosotros mismos.

escribe para ser feliz

Escribe rápido, escribe despacio, escribe a borbotones, pero escribe que algo queda. Y sobre todo, escribe para ser feliz.

Lo que han dicho sobre la inspiración otros creadores

“Sin la artesanía, la inspiración es una mera caña sacudida por el viento.”

Johannes Brahms

“No se puede esperar a la inspiración, hay que ir a buscarla.”

Jack London

“La inspiración es un huésped que no visita de buena gana al perezoso.”

Piotr Ilich Chaikovski

“La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.”

Pablo Picasso

“El genio es uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de sudor.”

Thomas Alva Edison

“La inspiración es trabajar todos los días”

Charles Baudelaire

“Nada es más nocivo para la creatividad que el furor de la inspiración.”

Umberto Eco

Ojalá existiera una musa que atravesara la ventana flotando y se sentara a tu lado susurrándote al oído justo la frase que necesitabas para encajar el relato. Tú prepararías café, sacarías unas galletas para celebrarlo y tu musa, de nombre Valentina, sonreiría y se abalanzaría a por el plato. Pero no.

Al escribir este artículo he utilizado la inspiración necesaria para no ahogarme al respirar: una después de cada expiración. Y trabajo. Un minuto después de otro hasta que los ojos se cierren por el sueño. Como ahora. Quizás mi musa esté cantándome una nana al oído y mis párpados aplaudan lentamente hasta desfallecer. O un señor de proporciones minúsculas se haya parapetado en una arruga de la frente y esté tirando de mis pestañas hasta cerrarlas.

Siento que pierdo la consciencia. Que caigo en un pozo de sueño. Vaya, justo ahora que parece que me venía la inspiración.

 

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