Instrumental, de James Rhodes. El arte como exorcismo

Conocí de la existencia de la obra «Instrumental» en verano de 2016, cuando mi vida aún no había dado un giro de 180.º, pero ya se le veían los andamios a la carretera con curvas. Quizá eso contribuyera a recordar su lectura como una experiencia inspiradora.

James Rhodes, el autor, lo ha pasado muy mal en la vida. Pero mal en el peor sentido: sufrió violaciones sistemáticas a lo largo de varios años, entró y salió de instituciones mentales, se metió todo lo que pillaba, trató de suicidarse varias veces… O sea, jodidamente mal. Una trayectoria vital de la que aún trata de recuperarse y contra la que lucha a diario.

La música ha sido su salvación. Primero escuchándola y después interpretándola. Y la escritura también. El arte le sirve como exorcismo para combatir traumas.

“Estoy sentado en mi piso de Maida Vale, situado en la parte chunga cerca de Hollow Road, en la que la gente grita a los niños y el alcohol y el crack son tan comunes como los zumos Tropicana y los cereales del desayuno. Perdí mi preciosa casa en la parte pija de esa zona (Randolph Avenue, distrito W9, ahí es nada) cuando terminó mi matrimonio: esa vivienda tenía ciento ochenta y cinco metros cuadrados, un flamante piano de cola Steinway, un jardín grande, cuatro cuartos de baño (ni se os ocurra comentar nada), dos plantas y el obligatorio frigorífico Smeg. La verdad es que en esa casa también había manchas de sangre en la moqueta, gritos de rabia atrapados en las paredes y un hedor a tedio perpetuo que no se iba ni con ambientador Febreze. Mi vivienda actual es pequeña pero de formas perfectas, solo tiene un aseo, no hay jardín, dispongo de un piano vertical cutre y japonés, y reina el olor infinitamente más agradable de la esperanza y la posible redención.”

Rhodes se apoya en su capacidad creativa y emerge de inundaciones, asfixias y traumas tan perturbadores como que un profesor de educación física abuse de él durante años. Hasta el punto de romperle la espalda.

Instrumental

«Instrumental» narra la infancia de James Rhodes en primera persona. Es una autobiografía durísima, llena de momentos de desaliento, pero también de renacimientos esperanzadores. A través de párrafos escritos de manera brillante, Rhodes recorre su vida mientras nos da una lección musical como pocas.

“De un día para otro, literalmente, pasé de ser un niño lleno de vida que bailaba, que daba vueltas, que reía, que disfrutaba de la seguridad y las aventuras que le brindaban un colegio nuevo, a ser un autómata aislado, de pies de cemento, apagado. Aquello fue una conmoción inmediata, como ir caminando tranquilamente por un camino soleado y que de pronto se abra una trampilla y caigas a un lago helado. ¿Queréis saber cómo arrebatar a un niño todo lo que le hace ser niño? Folláoslo.”

Cada capítulo está introducido por una pieza de música clásica (de hecho, creó una lista en Spotify con todas) y por una pequeña historia que cuenta sus orígenes y baja de su pedestal a grandes compositores de la Historia de la Música, humanizándolos.

James ha organizado una cruzada en contra del elitismo de la música clásica y se ha empeñado en que vayamos a escucharla a polideportivos y en pantalones vaqueros.

En las páginas de «Instrumental», Rhodes trata de justificar ante sí mismo una vida de excesos y virtudes, de traumas sin resolver, de viajes al infierno y subidas al cielo. Y lo hace mediante una prosa desnuda de artificios. A lo largo de este artículo hay varios ejemplos de ello.

Instrumental

De la misma forma que Rajmáninov ejercía de tabla de salvación para el bueno de James, quise agarrarme a algunas de las reflexiones de «Instrumental».

“Cuando todo lo demás falle, piensa en cómo sería tu vida sin tu pareja; no en la fantasía de tirarte a todo lo que se mueve, tener un pastizal a tu disposición, dormir hasta la hora que quieras y cagar con la puerta del baño abierta, sino en la realidad desgarradora, solitaria y fría de un día tras otro sin esa persona. Imagínate esa situación durante un buen rato y después vuélvelo a hacer. Pasa unas cuantas horas en ese contexto y estúdialo desde todos los ángulos. Siéntelo. Y luego deja de actuar como un gilipollas y vuelve a la tarea que tenías entre manos.”

Pero a las relaciones de larga distancia que han sufrido el desgaste de los años, no las rescata un libro por mucha sabiduría que contenga en su interior. La experiencia vital que hay en «Instrumental» es única.

“Imaginad todo lo que os gustaría decirle a alguien a quien queréis si supierais que va a morir, hasta las cosas que no podéis expresar con palabras. Imaginad que condensarais todos esos sentimientos y emociones en las cuatro cuerdas de un violín, que los concentrarais en quince minutos llevados al límite. Imaginad que de un modo u otro descubrieseis la forma de construir todo el universo de amor y dolor en que existimos, que le dieseis forma musical, que lo pusieseis negro sobre blanco y se lo regalaseis al mundo. Eso es lo que él logró, con creces, y todos los días esta pieza basta para convencerme de que en el mundo existen cosas que son más grandes y mejores que mis demonios.”

El relato de su vida se construye de acuerdo a unas normas que sólo aplican a su caso. El planteamiento es desgarrador, el nudo devastador y el desenlace un canto a la vida y a la música.

Los personajes que asisten a la representación de James Rhodes viven más allá del papel, respiran igual que tú y que yo, incluso alguno (su exmujer) litigó hasta la extenuación para impedir que «Instrumental» viera la luz y lo leyese su hijo común.

“Estoy condicionado y mentalmente estructurado para temer lo peor, creer a todas las voces negativas de mi cabeza y esperar que sucedan episodios horribles. Así son las cosas. El lado positivo es que eso me lleva a estar siempre alerta, con ambición, esforzándome. El negativo…, bueno, pues que estoy chalado, estresado, que el éxito de los demás me inspira una envidia horrorosa.”

No todo vale para crear una obra literaria, aunque sea tan brillante como esta. Comprendo los miedos de su exmujer. Como padre, no me haría mucha gracia que la mía publicase unas memorias en las que confesara que la violaron durante años y que intentó suicidarse en múltiples ocasiones; y que mi hijo leyera eso. Al menos no con su edad actual.

Como escritor, entiendo la necesidad de Rhodes de exprimir su interior y hacer zumo de vida, de exorcizar sus demonios sacando al exterior toda su mierda, de usar «Instrumental» como un ejercicio didáctico con la intención de ayudar a otras personas que sufren en silencio el estrés postraumático de un pasado de abusos sexuales. Y no solamente entiendo la necesidad, sino que la aplaudo. Ahora mismo estoy dando palmas mientras admiro su valentía y pienso que la escritura, si tiene alguna utilidad, es precisamente sacar los demonios fuera. Y que el mundo los juzgue.

“Anunciar un embarazo es una causa de celebración casi universal. La paternidad se ha convertido en una especie de inofensivo panegírico a lo milagroso. A ella se asocian imágenes estereotipadas de padres risueños en cuyos hombros se sientan unos bebés que lanzan gorjeos, y que pasean con sus mujeres del brazo por un parque. Obviamos la falta de sueño, la espantosa responsabilidad de crear una vida, el gasto, el desorden, la tensión emocional de tener un hijo. Se escriben libros con títulos como: Me quedo dormido en los semáforos: La historia del hombre que tuvo trillizos. Existe un sinfín de guías sobre la «paternidad efectiva», aunque no sé qué coño quiere decir eso. La realidad, al menos para mí, fue algo mucho más siniestro.
Mi hijo fue y es un milagro. No voy a experimentar nada en la vida que pueda equipararse a la incandescente bomba atómica de amor que estalló en mi interior cuando nació. No había entendido la palabra «perfección» hasta que lo tuve en brazos. Ni tampoco comprendía del todo la idea de Dios. Si hay padres que están leyendo esto y que afirman no creer en Dios, mienten. Porque os prometo que cuando estás esperando en el hospital, mientras tu mujer está de parto y los médicos y enfermeras van de un lado a otro, al tiempo que el olor del amoníaco se te mete en la nariz, solo te viene una idea a la cabeza: «Por favor, Dios, que nazca sano. Me da igual que no sea especialmente listo, deportista, guapo ni talentoso. Dale diez dedos en las manos y en los pies, nada más».
Pero para mí todo eso tuvo un lado negativo. Debía tenerlo. Algo tan potente debe tener un opuesto igual de intenso para que le haga de contrapeso. En mi caso fue el terror. Un terror puro, absoluto, visceral. Me habían entregado lo más valioso del mundo y, en el fondo, sabía que era esencialmente incapaz de estar a la altura de esa responsabilidad.
Puedes dar por finalizado un matrimonio, dejar un trabajo, vender una casa, alejarte de forma justificada de tus amigos, de tu familia, de tus exparejas, encontrar un nuevo hogar para tu mascota. Pero ¿un niño? ¿Una extensión biológica de tu misma alma? De eso no se puede escapar, lisa y llanamente.”

 

 

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2 comentarios en “Instrumental, de James Rhodes. El arte como exorcismo

  1. Había oído su historia y me prometí leer su libro… Por una u otra causa no lo conseguí. Ahora que me lo has recordado, vuelvo a ponerlo de los primeros en mi lista de Cuando pueda y el primero en la lista de Toca leer.

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