#UnAño52Relatos. Relato corto Rosa sin espinas

Hoy publico el primer relato corto para el reto #UnAño52Relatos. Como ya te comenté en el artículo de presentación, el día 1 de agosto empecé a escribir un relato a la semana. “Rosa sin espinas” es el primero. Surgió a raíz de la frase inicial, “atravesar las paredes de esta casa sigue angustiándome”. Tiré del hilo hasta desmadejar este jersey. Esa es una de las técnicas que utilizo a la hora de crear mis relatos. En este artículo hay alguna más. Espero que disfrutes con la lectura. La semana que viene, el segundo relato corto.

Relato 1: Rosa sin espinas

Atravesar las paredes de esta casa sigue angustiándome. Ni el tiempo transcurrido ni mi esencia etérea han contribuido al olvido. Las manos de Rosa acariciándome la piel, sus ojos mirando los míos, la indisimulada sonrisa que me dedicaba a diario, aquellos ridículos calcetines de colores. Todo acude a mi mente vaporosa cuando regreso a este lugar.

Mi existencia se ha convertido en una suerte de pesadilla de la que no logro despertar. Fallecí a la edad de treinta y siete años, uno menos de los que tenía mi padre cuando estrelló su coche contra aquel semáforo. Lo mío fue menos prosaico: me atraganté con una almendra del tamaño justo de mi garganta. Por circunstancias que no alcanzo a comprender, la luz falló y no supe dar con el final del túnel. El electricista de mi defunción estaba de baja y a mí me condenó a vagar eternamente en un sí pero no, en un mirar pero no tocar, en una especie de voyerismo que me forzaba a la masturbación vital.

Rosa era un encanto, una mujer deseable y talentosa, un prodigio en la cocina, un hacha para los números, una amiga con la que compartir cien vidas, una amante voluptuosa, una cita perenne en la agenda, una humorista en potencia, una secretaria irremplazable, una rosa sin espinas. Yo la quise hasta el último momento, justo cuando el fruto seco taponó mi laringe y ninguno de los que me rodeaban reaccionó a tiempo. No se lo reprocho. La maniobra de nombre austriaco o alemán debería ser de enseñanza obligatoria en la escuela o practicarse en la misa de los domingos, aunque quizás no se haga como forma de elección natural: si no eres capaz de digerir una diminuta almendra, no mereces vivir.

Viajar por el mundo sin materia aparente, sin golpear las esquinas de los muebles, sin que te pisen en el transporte público, evitando que la gente desconocida te roce las manos, es agradable. La ausencia de abrazos es molesta, pero acabas por acostumbrarte. Rosa te partía la espalda. No literalmente, pero te rodeaba con los brazos y te apretaba como si se fuera a terminar el mundo en el minuto siguiente. Al final se terminó. Mi mundo. Bueno, el suyo también. No levanta cabeza desde que mi cuerpo falta en su vida. Para ese he quedado: guardián de sus sueños y protagonista de las pesadillas.

A menudo despierta entre llantos, rota por dentro, y yo trato de susurrarle al oído que no se preocupe, que estoy bien, a su lado, que no dejaré que le pase nada. Si a los dos nos hubiera dado por la cerámica, aquello cobraría más sentido. Pero me resisto a creer que soy un fantasma. Y mucho más a moldear ceniceros.

Da lo mismo que emplee el tono de voz de un pescadero anunciando las ofertas del día. Rosa no escucha nada de lo que le digo. Cuando mi cuerpo no era pasto de los gusanos, también sucedía. Era como hablar con las paredes que ahora traspaso. Nuestra relación no ha cambiado mucho en ese sentido. Yo opino y ella ejecuta, yo sugiero y ella decide. Eso formaba parte de su encanto. Yo era mucho de dejarme llevar, un flotador en el mar. Rosa era la ola que me arrastraba a su antojo. Y me gustaba. Llevar las riendas nunca ha estado entre mis talentos. Aplaudir la iniciativa de otro, sí. Quizás por eso he quedado anclado a ella, observando su sueño inquieto, susurrándole palabras invisibles al oído, esperando una señal que me indique hacia dónde tirar, qué camino seguir en esta encrucijada camuflada tras el humo.

#UnAño52Relatos

En ocasiones dudo de mi no existencia. Me imagino encerrado en una fosa a tres metros bajo tierra, hablando con los gusanos, debatiendo con las hormigas la necesidad de excavar un agujero más. Esta realidad transparente me parece forzada. Quizás sea mi propio sueño. Ahora podría estar tumbado junto a Rosa en nuestra cama de matrimonio, rodeados de cojines con olor a sexo, exhaustos, con los ojos cerrados desde hace horas.

Me pellizco, pero no me encuentro los dedos, materia volátil que se oculta tras la irrealidad. Rozo el pelo de Rosa, lo acaricio obsesivamente hasta que me pregunto cómo, con qué dedos muevo la melena. ¿Estoy aquí junto a ella? ¿Acaso sangraría si una de sus espinas atravesara mi piel? Un fantasma empapando la sábana con su propia sangre. Cosas más raras se han visto.

Aprovecho para decirle todo lo que no me atreví en vida, reproches y verdades con la complicidad de mi estado, gritos afónicos, tartamudeos fluidos, balbuceos coherentes. Pongo las cosas en su sitio con un torrente de palabras que nadie escucha. Pronuncio un discurso a la altura de Martin Luther King, de John Lennon, de Nelson Mandela. Todo para el cuello de mi camisa.

Hace unos minutos que el sol ha asomado tras el horizonte. Si fuera un vampiro, ya me habría quemado. Los hombres lobo ya son solo hombres de pelo en pecho. Los borrachos se arrastran hacia sus hogares, con la duda de si una capa más resolverá sus problemas. Rosa abre un ojo lentamente, estira sus brazos hacia el techo, bosteza, me mira y me da los buenos días:

–Cariño, creo que has vuelto a hablar en sueños.

 

Para leer todos los relatos del reto #UnAño52Relatos, pincha aquí.

 

 

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2 comentarios en “#UnAño52Relatos. Relato corto Rosa sin espinas

  1. Gracias David por compartir con nosotros tus fantasías en forma de relatos.
    Es muy gratificante leer lo que una mente brillante es capaz de plasmar en un papel.

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