Un barrizal de hierbajos

la infancia no es un camino de rosas

La infancia de Carmen no fue un camino de rosas; más bien un barrizal de hierbajos. Las burlas en el colegio eran el menú habitual de su dieta, y los moratones emocionales, el postre que se regalaba de camino a casa. Los padres la cambiaban de colegio con el inicio de cada curso y ella, en lugar de aprovechar la nueva oportunidad, agachaba el ánimo y se perdía en sus ensoñaciones.

—Hija, tienes que espabilar. No puedes seguir así. La vida es muy dura, y estos palos son los primeros de una larga lista.

Carmen asentía bajando la cabeza, y disimulando un temblor de manos que se agravaría con los años.

Su pasatiempo favorito era mordisquearse las uñas hasta que sangraban. Una especie de castigo que se infligía por no enfrentarse a sus padres, por no escupirles a la cara que, más allá de soledades y huidas de la realidad, necesitaba seguridad en sí misma. Y eso no lo iban a lograr reiniciando su vida cada vez que se les antojaba.

A los quince años metió un poco de ropa en la mochila del colegio, unas galletas y algo de embutido, y salió de casa con la luz de las farolas como cómplices. No había llegado a la esquina de su calle y ya se estaba arrepintiendo. Se sentó en un portal, quitó el papel de plata que envolvía el jamón y, mientras masticaba esperando la llegada enfurecida de sus padres, se inventó una vida.

Se casará muy joven con un compañero al que conocerá en la universidad, Fermín, un tipo atlético, ingenioso, con frecuentes ataques de acné que combatirá con una sonrisa. Vivirán en una casita de madera en medio del bosque, en un lugar de difícil acceso en el que sus padres estarán varias horas perdidos un domingo de visita familiar. Cultivarán tomates, patatas, calabacines, parras de uva y árboles frutales como para hacer negocio con ellos. Pero no venderán los alimentos. Lo que no consuman lo intercambiarán por leche, carne y pescado. Cada mañana, Fermín, después de hacer el amor con Carmen, bajará al pueblo a comprar churros y la prensa. Desayunarán haciendo planes, ideando viajes que no llevarán a cabo, pero que alegrarán sus días. Una de esas mañanas leerán en el periódico que un matrimonio perdió la vida al precipitarse al vacío en una ladera del puerto de La Morcuera. Reconocerá el coche de sus padres, y no podrá evitar una sonrisa nerviosa y el temblor de nuevo en sus manos.

Los enterrará frente a familiares de los que no recordará el nombre, y muy ligeramente sus rostros. No dejará caer una sola lágrima, ni siquiera frente a la hermana de su madre, con la que le unía un vínculo especial. Huirá del cementerio con Fermín a lomos de un vehículo todo terreno. No volverá a coincidir con ninguna persona que les recuerde a ellos.

Tendrá hijos, dos pequeños salvajes que alegrarán sus mañanas y ensombrecerán las noches. Los criará con todo el amor del que será capaz, estableciendo límites, razonando con ellos, dándoles seguridad en sí mismos. Asistirán a un único colegio hasta la universidad. Harán amistades que les durarán toda la vida. Jugarán entre los árboles frutales, se enamorarán bajo los manzanos, serán inmensamente felices y volarán solos a la edad de veintitrés y veinticuatro años.

Retomará su relación con Fermín, abandonada a su suerte durante la infancia de los pequeños, que absorbían todas sus energías. Ahora se dedicarán a amarse cada mañana, a recuperar la tradición de los churros y la prensa, a robarse besos bajo los manzanos, a imaginarse viajes que solo existirán en sus palabras. Echarán de menos a los hijos, y eso fortalecerá el vínculo que los une. Prepararán las visitas con cariño, ilusionándose con cada detalle. En una de ellas, Fernando, el mayor, les dará una noticia deseada: en unos meses serán abuelos.

Los nietos revolucionarán su vida. Ayudarán a su hijo a criarlos, sin meterse en donde no les llaman, pero sobrevolando la zona por si se les necesita. Su otro hijo, Carlos, también será padre, y contribuirá a la alegría familiar. Cuatro espléndidos nietos gateando por la casa, subiéndose a los árboles frutales, enamorándose bajo ellos.

Llegarán las enfermedades, y Fermín siempre estará para Carmen, y Carmen para Fermín. Se marcharán con una semana de diferencia, habiendo disfrutado de una vida plena, la que ellos eligieron.

Los padres llegaron jadeando, con el corazón asomando por la boca. Carmen se levantó y retiró con la mano migas de galleta que habían caído sobre el jersey. Unos pocos años más y conoceré a Fermín, pensó. Y emprendió el camino a casa con una sonrisa.

 

Foto: Vivi_Barros

 

Si quieres recibir artículos como este, suscríbete. Cada dos semanas llegará a tu correo un nuevo artículo exclusivo con algunos consejos sobre creación literaria, varios enlaces de interés y un enlace a los post por si te los perdiste. Y te regalo una guía definitiva que te ayudará a comprobar que tu relato está listo para enviarse a un concurso literario.




GuardarGuardar

4 comentarios sobre “Un barrizal de hierbajos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.