Seis meses

Otra vez he vuelto a oír la canción en una de esas emisoras de radio que emiten en círculo. Otra vez nos he visto corriendo por la playa, desnudos, en el verano que pasamos reconociéndonos el uno en el otro. Otra vez he recorrido las calles de nuestra historia, los recovecos oscuros, los edificios luminosos, los parques en los que nos cubríamos de besos. Otra vez he recordado los sueños que nos empeñamos en cumplir, a contracorriente, ignorando los ecos de tu enfermedad.

Seis meses, me confesaste, seis estúpidos meses era todo lo que te quedaba. Y yo te creí. Y nos aferramos a ellos como a un bote salvavidas, como a la última oportunidad de ser felices. Los dos, porque yo no volveré a caer en sus redes, el amor no me atrapará como sí lo hicieron otras drogas. Bebí hasta enloquecer a la propia locura, sudé alcohol porque respiré y me alimenté de alcohol. El alcohol era mi enemigo, pero también mi mejor amigo, el único al que podía confiarle aquellos seis meses que me vaciaron por dentro. Nunca dejes que mi muerte te destruya, me dijiste, no permitas que mi marcha agote todo lo bueno y hermoso que tienes para ofrecer al mundo.

Seis meses, me juraste, y yo te creí. Seis meses en los que abandoné mi vida para empezar una nueva junto a ti, condensar una existencia en ciento ochenta días, cuatro mil trescientas veinte horas de extrema felicidad en aquel apartamento que prometí quemar hasta sus cimientos cuando todo acabase, como si así nadie pudiera repetir nuestra historia.

Cuántas veces nos abrazamos después de hacer el amor temiendo que no hubiera una siguiente ocasión, tú encendías dos cigarrillos, me pasabas uno como si fuera mi última voluntad, y la tuya, e intentábamos crear nubes con el humo. Después nos besábamos para consolarnos mutuamente por el fracaso como artistas de la nicotina, e inventábamos un nuevo juego con el que distraer la realidad.

Treinta y siete lunares. No supe responderte en su momento, pero he recordado tu cuerpo tantas veces, con un detalle tan microscópico, que fui capaz de contarlos con el ábaco de la memoria. Eso me rescató del acohol, reconstruirnos a través de la memoria. Lo que al principio me mataba, los recuerdos, al final me apartó del abismo, me echó una manta por encima y me llevó a casa. Ahora convivo con ellos, en una canción, en el sonido constante de las olas, en el olor a azucenas que te venía de serie, en el sabor dulce de tus besos, en la suavidad de tu piel, en el rumor de una traición.

Nunca supe qué horrible enfermedad te roía por dentro, no hablábamos de ello, tú no lo permitías. Querías seis meses de normalidad, apartada de médicos, tratamientos y degradaciones. Ni siquiera me dejaste acompañarte en tu último viaje, cuando sentiste que todo había terminado. Saliste de aquella habitación y no volví a verte más. O eso pensaba yo.

Seis meses, seis únicos meses de felicidad. Y yo te creí. Hasta que una tarde te vi paseando junto a otro tipo al que también habrías jurado que en seis meses todo terminaría.

 

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