Resultado del concurso de un ejemplar de TR3S

Ya está. Ha pasado el mes de noviembre y con él el tiempo asignado al concurso de un ejemplar de “TR3S”, mi nuevo libro de relatos. La premisa para participar era dejar un comentario en este artículo con una escena de tu vida que quisieras olvidar o recordar. Y sí, también valía tu primer beso torpe o la vez que tosiste con la cucharada de colacao.

Te adelanto que los hay muy intensos. Tanto, que me ha costado muchísimo decidirme sólo por uno. Y para justificarlo, te incluyo a continuación las 25 participaciones.

Santiago González

El recuerdo que me gusta: El mes pasado estuve en presentando mi segunda novela con la ayuda de un periodista. Lugar Fnac Coruña. Sentadito junto a él y con la sala llena, me sentí muy a gusto. Algo que seguiré queriendo recordar. Saludos

 

Javi

Mi primera lectura de un libro de magia, “Un Mago de Terramar”, me dejó recuerdos inigualables y mi amor por toda la lectura.

 

Pilar

Un recuerdo que no se me borra: cuando me desperté a mitad operación en el quirófano escuchando golpes y veo en la mesa, a mi lado, serruchos y otros instrumentos que me metieron el miedo en el cuerpo. Y una voz de pronto diciendo: dormidla, ponedle más anestesia que se despierta.

Ufff. Aún me dan escalofríos. Quiero borrarlo y sin embargo vuelve sin permiso.

Y un recuerdo bonito: con siete u ocho años, una tarde que me sentía mal sin razón y me acosté llorando. Les dejé a mis padres una carta con tanto sentimiento sobre que no sabía por qué lloraba que yo misma me emociono. Y la carta que me dejaron ellos sobre la almohada y que vi al despertar, también fue de lo más bonito que he leído nunca.

 

Alejandro Moreno

Recuerdo perfectamente, como si fuera ayer, cuando participé en el concurso que David Generoso hizo en su web para ganar un ejemplar dedicado de su nuevo libro de relatos, “TR3S”.

Y cómo olvidar el momento en el que me di cuenta de que vería a David antes de la fecha del cierre del concurso, en la Molpecon, y por lo tanto preferí que me dedicará un ejemplar directamente allí, y poder llevármelo en mano. De ese modo le daba la oportunidad a otra persona de hacerse con el libro que sorteaba en su web.

Qué tiempos aquellos… Siento que me hago viejo.

 

Patri García

Nací en Vigo, pero hace unos 20 años que cambié el Atlántico por el Mediterráneo; o sea, las nubes grises por el cielo turquesa. Hoy mi recuerdo es para esos días gallegos de frío y lluvia, con olores a asfalto mojado y a musgo. Muchas veces caminaba con mi novio debajo de un paraguas, muy pegaditos para no mojarnos. Él lo sujetaba con su mano derecha y yo me agarraba bien a su brazo que notaba fuerte bajo las capas de ropa. Me sentía cuidada y protegida. Entrábamos en una cafetería y pedíamos un par de cafés con leche bien calientes. Rodeábamos las tazas con las manos y nos lo tomábamos a sorbitos pequeños, como si fuera sopa. Pero antes de que el camarero nos los sirviera, yo me iba al lavabo y ponía mis botas debajo del secamanos para calentarlas.

Echo de menos la lluvia.

concurso de un ejemplar de TR3S

Anael Cachafeiro

El recuerdo que más me ha marcado ha sido la mirada y el abrazo posterior de una madre cuando se reencuentra con su hijo aún sabiendo por todo lo que ha pasado, brindándole la oportunidad que nunca le faltó a ese hijo de volver a casa después de desaparecer.

 

Marian

Un recuerdo hermoso: mi padre (y esto es algo que no se puede contar así como así) me había confesado tiempo atrás que una vez tuvo un desdoblamiento: “Estaba apoyado en la ventana de la cocina, mirando a los pinos, y algo se me salió”, dijo colocándose la mano en el pecho y separándola. “¡Qué bueno, chiquilla! Me dije ‘esto es que me estoy muriendo; y me quiero morir, quiero que dure’. Pero luego aquello volvió para atrás y ya no me morí”.

Años más tarde, después de tres días en coma, yo estaba tratando de mantenerlo hidratado, tal como había prescrito el médico. Tenía una pipeta en la mano y le ponía gotitas en los labios, con mucho temor de que se atragantara. Pensaba: ‘Si lo fuerzo, le da un espasmo y nos llevamos un susto los dos’. Su respiración era muy fatigosa y yo no sabía cómo aliviarlo. Me lo quedé mirando, con el artilugio en la mano, y le dije medio hipando (por si me podía oír de alguna manera): “Papá, vete; te prometo que vamos a estar bien. Suelta. Va a ser tan bueno como aquella vez que mirabas a los pinos”.

Y soltó. Sin un espasmo, sin un estertor. Simplemente, soltó, tenga o no relación con lo que yo acababa de pronunciar. A mí, por supuesto, me gusta pensar que mi permiso tuvo aquel efecto. Eran las 7 de la tarde de un 1 de noviembre de hace seis años.

 

Camila Poblete

Recuerdos hay muchos, pero me gustan más los bonitos, sobre todo los de las vacaciones en familia. Solíamos irnos a las montañas donde había poca gente y podíamos disfrutar de la naturaleza. Recuerdo que caminamos un largo trecho por la orilla del lago hasta una playita hermosa. Había una piedra gigante donde fuimos con mi mamá y mi hermana, las olas hacían que nos chocáramos contra la piedra esa y era muy divertido, reíamos un montón. Papá intentaba sacarnos una foto con esas cámaras viejitas a rollo que solo tenías para sacar 20 fotos como mucho jajaja. Al final lo logró y es una foto genial, se captura la esencia del momento, al día de hoy cuando la miro me da risa. A papá se le terminaron cayendo las pilas de la cámara al agua, así que eso nos hizo reír más. Hoy en día los dueños de esas tierras han vendido la mayoría y hay muchas cabañas, ya no es lo mismo. Aún así de vez en cuando volvemos para sentarnos en la orilla de algún lago y decir: Te acuerdas de aquella vez…❤️

 

Lorena (missiracunda)

No me voy a olvidar nunca de cuando mi madre me leía cuentos para irme a dormir. De hecho aún recuerdo el comienzo de uno de mis favoritos: “Eran tres copos, tres copos de nieve…”. Al parecer, en su momento me lo aprendí de memoria (y eso que aún no sabía leer).

 

Manuel López Hueso

El recuerdo que jamás me gustaría olvidar es aquella sonrisa de una pequeña albanesa en la base de Istok de Kosovo.

Esa mañana nos levantamos todos los militares para recibir a un grupo de niños serbios y albaneses que estaban integrados en un programa que llevaba la fuerza armada española, que consistía en reunir a los niños de ambas etnias (no hay que olvidar que esas etnias fueron las que se dieron estopa en la guerra de Kosovo) para que se toleren.

Esa mañana dimos el desayuno a esos pequeños y aquella sonrisa que me devolvió una niña rubia al darle un simple pastel jamás se me olvidará.

Lástima que aún tenga en mi memoria el recuerdo de jóvenes guapísimas con el cuello quemado. Más tarde me informé y resulta que en la guerra, los serbios violaron a muchas jóvenes y después de eso le quemaban el cuello en señal de presente. Esto desgraciadamente no se me olvida.

 

Marcos Antonio Sánchez

Un recuerdo que no podré olvidar, fue la. Sensación. De vacío, de no saber que hacer, donde ir, a quien llamar…que decir Impotencia, tristeza profunda, vacío interior, cuando se murió mi perrito Charly. Dejó de respirar poco a poco mientras lo llevaba corriendo con mi coche hacia el veterinario, pero cuando lo cogí del asiento de atrás, ya vi que no respiraba. Yo iba conduciendo, y hablando con él, pidiéndole que aguantará, que ya llegábamos.. Que por favor no dejara de luchar, que le queríamos y necesitábamos en nuestra vida… Pero al final la naturaleza, implacable y dura terminó con su vida. Tenía sólo 4 añitos. Y nunca olvidaré la sensación el dolor y los sentimientos que tenía, cuando salí por la puerta del veterinario sin mi Charly y miré hacia el. Cielo… Aún hoy después de varios años, se me. Nubla la vista y me salen varias lágrimas al recordarlo…

Amalia

“Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre”… decía Muñoz Molina… Pues ese es precisamente el recuerdo que yo no quiero olvidar.

Con su bastón de los paseos en una mano y yo en la otra anduvimos por los huertos de las afueras del pueblo, hablando de todo y de nada. Me comentó que aquella Navidad estaba siendo especial, la mejor de su vida y no sabía por qué… quizás porque fue la última y el cielo nos quiso hacer ese regalo.

Si te fijas – me decía- verás que cada huerto es un fiel reflejo de la persona que lo cuida. Los hay ordenados, los hay que son descuidados, los hay ambiciosos, con muchos bancales y hay quien en previsión de las lluvias de invierno les ha dejado una buena salida de agua en los vallados…

A la caída de la tarde, y aún de la mano volvimos a casa…

 

Juani Andrades

Mi recuerdo es una pesadilla que se llama Acalasia, es una enfermedad rara. No voy a contar dramas, soy más de comedias, pero le di la vuelta a la tortilla y gracias a todo lo que me hizo sentir, volví a escribir y ya no voy a perder de vista mis sueños. Si vuelve no me va a pillar por sorpresa, lo prometo.

 

Cristina

En mayúsculas y en negrita, la creencia que es mi primer recuerdo y así lo pienso: tendría unos 3 años y me encontraba en una casa llena de niños, plagada de voces e inocencia y un largo pasillo. Yo quieta y fijándome en un recipiente transparente lleno de agua en cuyo interior algo se movía. Colores y movimientos diferentes seguían un camino marcado de señales acuosas. Hipnotizada me atrevo a acercarme mientras una mano, señalada por los años, me susurra que son peces dentro de una pecera. Con el paso del tiempo y en conversaciones con mi madre, me dice que me llevaba a casa de una señora mayor que tenía a su cargo a niños. Y las conexiones de mi memoria encuadran lo vivido con lo que me cuentan mis mayores. Cuando giro la vista a ese momento, me sigo quedando quieta con la mirada nostálgica de un imborrable recuerdo.

 

Juliki

El siguiente es un recuerdo que no he conseguido olvidar y que me sorprende incluso tener. No sé la edad exacta que tendría, pero aún dormía en la cuna instalada en la habitación de mis padres. Era la hora de la siesta y hacía calor. Yo estaba boca arriba mirando las musarañas, supongo que sin ganas de dormir la siesta, cuando oí voces por el pasillo. Se abrió la puerta de la habitación y entró mi padre con un compañero de trabajo que había venido de visita. Yo salté como un resorte y me puse de pie, agarrado a los barrotes para estabilizarme y ver mejor lo que ocurría.

—¡Qué pasa, campeón! Huy, tan mayor y aún con el chupe—dijo la visita.

Recuerdo el calor en la cara y unas terribles ganas de desaparecer. Detuve la succión del chupete y me quedé inmóvil.

Cuando salieron del cuarto me dejé caer de culo, saqué el chupete de la boca y lo abandoné sobre la colcha.

Mi madre entró poco después, molesta por el hecho de que me hubieran despertado. Intentó recoger el chupete y acercármelo a la boca. Yo apreté los labios y negué con la cabeza. Nunca más volví a usarlo.

 

Gustav

Mi recuerdo más entrañable y que en muchas ocasiones rememoro, es hace unos 28 años.

Cuando iba a sarmentar con mi padre y mi hermano mayor.

La viña estaba rodeada entre olivos y monte de encinas, no sé porqué, pero muchas mañanas de fin de semana eran así; una niebla espesa en las que nada más llegar a la viña me ponía a coger sarmientos mojados y fríos en pleno invierno, que parecían moverse a su antojo. Los apretaba contra mi barriga y dejábamos un brazado cada cuantas cepas hasta que teníamos para poder quemarlos, calentarnos y secar un poco nuestras ropas.

Pero el mejor momento del día era cuando veíamos a mi padre agitar la gorra entre la niebla, para avisarnos que el almuerzo estaba listo, mi hermano y yo unos niños corríamos hacia él…

Patatas fritas y huevos, si había suerte y cazábamos un conejo, para después. Comiendo y hablando de la cosecha del próximo año nos pasábamos ese tiempo.

Los recuerdos de esos días en el campo, son inolvidables para mí.

 

Sergi

Un momento inolvidable para mí fue cuando acudí por primera vez a una reunión en la que distintos adictos anónimos explicábamos aquello que nos tenía enganchados para que el resto nos escuchara y reconfortara. Allí había alcohólicos, adictos al sexo, ludópatas, cleptómanos…

Apareció una mujer, de nombre Lucía, que nos relató que no podía reprimir el tirarse ventosidades en público, de las que no suenan pero huelen terriblemente. Al principio sonreímos sorprendidos, pero poco después frunció el ceño y su rictus cambió. Enseguida nos dimos cuenta de que había tenido la valentía de dar el primer paso reconociendo su problema, pero que aquel día no iba a quedar solucionado.

 

Adela Castañón

Nunca olvidaré el día en que me dieron el diagnóstico de mi hijo. Autismo. El enemigo, por fin, tenía nombre. Y peleamos. Y ganamos. Porque lo convertimos en un aliado. Y, en buena parte, no estaría aquí ni sería como soy si no hubiera vivido todo aquello. Y me gusta estar aquí y me gusta cómo soy. Le debo a mi hijo mucho más que él a mí, aunque haya quien piense que es al contrario.

 

Eva de Gregorio

Absurdo, pero siempre que viajo lo recuerdo. Íbamos mis padres, mis hermanos pequeños y yo de viaje en coche, el cual se solía calentar en cada viaje. Parada que hacíamos, mi padre escribía en un papel que siempre llevaba, por ejemplo. “Km 130. Paramos 35 minutos. Dos cafés, dos cocacolas y una fanta de naranja. 225 pesetas.” El otro día encontré muchos de estos papelitos atados con una goma. Me propuse convertir a mí padre en un personaje de uno de mis relatos.

 

Isabel Clemente Burcio

Nunca podré olvidar esas Navidades en que mi padre me llevó a un gran centro comercial. Eran momentos de nervios y las últimas compras. Pese al revuelo y el gentío yo me sentía muy a gusto con mi pequeña manita, calentita, dentro de la mano de mi padre. Algo llamó mi atención, allí estaba esa preciosa muñeca. La señalé, indicándole a mi padre lo mucho que la deseaba. Mi padre me miró y yo retrocedí asustada. Esa no era la cara de mi padre, había estado recorriendo el centro comercial de la mano de un desconocido y lo que era peor, al ver la cara del señor que me cogía de la mano, yo había perdido a mi padre y él a su hija. (Es absolutamente verídico).

 

David Carrasco Chicharro

Nunca olvidaré, ni querré hacerlo, el día que me dejó mi última pareja. Cualquiera se podría preguntar el motivo de querer recordar algo tan amargo como ese momento en el que se pone fin al contrato del amor entre dos personas, pero con el tiempo abrí los ojos y me di cuenta de que recordar ese momento implica no olvidar los buenos que hubo antes, porque es bonito recordar a través de lo que otros llaman finales, pero que yo sólo denoto como puntos y seguidos, pues la vida es siempre aprender de nuestros actos y vivencias y esa fue una más que me ayuda a verlo todo más claro y afrontar la vida de otro modo.

Isabel Sobejano Torralba

Cometas de colores ondeaban al viento, pequeñas, vibrantes, con papelitos que daban forma a su larga cola. A nivel de tierra, una realidad indescriptible. El color gris lo inundaba todo, un mar de gente se movía de un lado para otro en una pequeña calle abarrotada de puestecitos. Motorickshaws, niños, perros esqueléticos.

Las moscas acudían en masa al puesto de carne, que exponía parte de su mercancía en el suelo; verduras, especias, cachivaches sin sentido.

Algunos hombres nos tocaban el culo al pasar apresurados por nuestro lado en un tumulto continuo de gente.

Por encima de todo, el olor. Nauseabundo, mezcla de suciedad, mierda, vida y muerte.

Y enfrente, la mezquita Jami Masjid, imponente, soberbia, justo en la entrada a un entresijo de calles apasionante llamado Old Delhi (India).

 

María

Uno de mis recuerdos favoritos es una de las primeras citas con el que hoy es mi marido. Le pedí que me acompañara a lavar el coche, un Ford Escort de segunda mano con más años que yo. Aceptó de buen grado y allí que nos fuimos al túnel de lavado. No me acordé de que me habían intentado robar el coche cuando lo aparqué unos días antes en un parking del centro de Madrid. Fue el momento en el que el agua empezó a mojar el parabrisas y puertas, cuando recordé que me habían metido una palanca en la puerta del copiloto y ésta no cerraba del todo. El agua entró a borbotones mojando al chico que yo quería impresionar. Me pasé el tiempo que duró el lavado disculpándome mientras él se reía. Me dijo que nunca había tenido una cita así. Desde luego, había conseguido impresionarle. Y volvió a llamarme al día siguiente.

 

Cristina Bou

Se me ocurren muchos… Soy una de esas personas que no suelta los recuerdos, que se alimenta de ellos. No sé por qué me viene a la mente este:

Era verano, de los veranos de antes, los buenos, los de los ochenta. Mi familia tenía un chalet en una urbanización de esas postizas que tanto se construyeron en España, en medio de campos de naranjas y cebollas, en el interior de Valencia. Nada de lujo, más bien clase media tirando a Grand Prix en la tele (guiño a tu entradilla). En la zona de la piscina comunitaria, había un bar, que solo abría en verano. Mi padre estaba apoyado en la barra, porque había llegado tarde a la partida de dominó y le habían quitado el sitio. Se había tomado un café solo, y charlaba con Pascual, el hombre que atendía el bar y limpiaba la piscina, y cortaba el césped de los que podían pagarlo, entre los cuales no estábamos nosotros. Creo que tenían más o menos la misma edad, pero Pascual parecía mucho mayor. En su favor, daba igual cuántos años pasaron, siempre se conservó igual de viejo. Yo entré al bar y fui a jugar entre las piernas de mi padre, así de pequeña debía ser. Él me miró con sus ojos pardos, cuando aún no tenía cataratas, me revolvió el pelo, y, con un guiño, cogió un terrón de azúcar blanco, lo mojó apenas en las gotas huérfanas del fondo de la taza, y me lo dio. Sí, amigos, mi padre tiene la culpa de que yo sea adicta al café. Pero recuerdo ese gesto tan suyo, tan de nosotros dos solo, nuestro pequeño secreto, dulce como el azúcar y amargo como el café, y no puedo evitar llorar.

 

Màxim

El recuerdo más bonito a día de hoy y del cuál jamás me desprenderé, es el de una tarde que viví junto a mi abuelo en el huerto de Granada, donde tenemos el cortijo de la familia. Paseamos entre los olivos y las diferentes verduras que había plantadas y me explicaba las propiedades de cada una de ellas. Se me quedó grabada en la mente la zanahoria, pues me dijo que era su comida favorita y que, si nunca dejaba de comerlas, llegaría a ser mayor como él y nunca se me caerían los dientes ni necesitaría llevar gafas. Cuando mi abuelo murió, se convirtió en un ejemplo a seguir para mí y desde ese día que como zanahoria casi cada día. ¡Y ni llevo gafas, ni me duelen las muelas!

 

¿Eran o no eran todos los recuerdos dignos vencedores? Pues tras consultarlo varias noches con la almohada, mi fiel compañera para esos menesteres, determiné que los cinco finalistas son Marian, María, Isabel Sobejano, Adela Castañón y Manuel López Hueso.

Y después de varias visitas al psicólogo, tres paseos por El Retiro para airearme y dos tranquimazines, resolví a favor de… Peeeeeeedro. Ay, no, perdón, eso es de otro discurso. Mariaaaaaaan. Este sí. Y no sólo por la intensidad del recuerdo, la muerte de un padre, sino por lo bien que está contado. Os lo recuerdo:

Un recuerdo hermoso: mi padre (y esto es algo que no se puede contar así como así) me había confesado tiempo atrás que una vez tuvo un desdoblamiento: “Estaba apoyado en la ventana de la cocina, mirando a los pinos, y algo se me salió”, dijo colocándose la mano en el pecho y separándola. “¡Qué bueno, chiquilla! Me dije ‘esto es que me estoy muriendo; y me quiero morir, quiero que dure’. Pero luego aquello volvió para atrás y ya no me morí”.

Años más tarde, después de tres días en coma, yo estaba tratando de mantenerlo hidratado, tal como había prescrito el médico. Tenía una pipeta en la mano y le ponía gotitas en los labios, con mucho temor de que se atragantara. Pensaba: ‘Si lo fuerzo, le da un espasmo y nos llevamos un susto los dos’. Su respiración era muy fatigosa y yo no sabía cómo aliviarlo. Me lo quedé mirando, con el artilugio en la mano, y le dije medio hipando (por si me podía oír de alguna manera): “Papá, vete; te prometo que vamos a estar bien. Suelta. Va a ser tan bueno como aquella vez que mirabas a los pinos”.

Y soltó. Sin un espasmo, sin un estertor. Simplemente, soltó, tenga o no relación con lo que yo acababa de pronunciar. A mí, por supuesto, me gusta pensar que mi permiso tuvo aquel efecto. Eran las 7 de la tarde de un 1 de noviembre de hace seis años.

Enhorabuena a todos. De verdad. Ha sido un placer leer vuestras historias. Si alguno o alguna se ha quedado con las ganas de acercarse al libro, os dejo el enlace. (Puedes hacerte aquí con él).

 

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3 comentarios en “Resultado del concurso de un ejemplar de TR3S

  1. ¡Gracias, David! Ha sido una alegría quedar entre los finalistas, y espero que le transmitas mi más sincera enhorabuena a la ganadora, porque el relato lo vale y creo que se ha merecido con creces la elección. He disfrutado mucho con todos los recuerdos de los participantes. ¡Lo has tenido difícil! ¡Abrazo!

    • Lo cierto es que ha sido muy difícil quedarse con uno solo de los comentarios. Cualquiera de los finalistas podría haber ganado. Y otros 5 o 10 de los que se quedaron fuera, también. ¡Gracias por participar y compartir tu recuerdo!

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