Relato corto Ya sé volar

Semana 7 y relato número 7, ‘Ya sé volar’. Debo dar las gracias a mi hijo de 10 años. Le pedí una idea para escribir un relato y me soltó «un niño que puede volar». Y de ahí hasta la palabra fin todo fue ya muy fácil. O quizás no tanto.

Relato 7: Ya sé volar

A Marcos le encanta volar. Sólo necesitar cerrar los ojos, mover los brazos y se eleva sobre la cama. Cuando alcanza el techo, limpia una telaraña o roza su cabeza con él, como un gigante todopoderoso. A veces le duelen los huesos de los brazos. «De moverse tan rápido», lo justifica. Y sigue volando.

Su madre, Clara, entre en la habitación, abre la ventana y le da un beso en la frente mientras duerme. En realidad no duerme, pero adora las cosquillas que le producen los labios al rozar su piel. Cuando le duelen mucho los huesos, la pide que le bese por todo el cuerpo. Hoy le están torturando. «Demasiado vuelo nocturno», piensa. Y sonríe.

Toma la comida despacio, en cámara lenta. No quiere que se derrame una gota y su madre tenga que cambiar las sábanas. Porque las cambiaría. Se lo ha demostrado en demasiadas ocasiones. Lo primero es su cuidado, su bienestar. La joya de la corona. Las Meninas de la casa. Mi tesoooooro.

–¿Otra cucharadita, mi niño?

–No me entra más, mamá.

–Tienes que ponerte fuerte. Este médico nos ha asegurado que, si te alimentas bien, en unos días podrás levantarte de la cama.

Marcos piensa que se levanta cuando quiere. Pero le gusta ver sonreír a su madre, así que sorbe otra cucharada de sopa.

–¿Ves qué bien? Ahora cierra los ojos y descansa.

Despliega las alas en forma de brazos y sale por la ventana. Esquivar los pinos que bordean la calle está chupado. Hacerlo mientras saluda al jardinero, a un vecino que pasea al perro y a un compañero de clase al que odia, pero con el que debe mantener las formas, lo desequilibra. El aleteo de un solo brazo no es suficiente para mantenerse en el aire.

Al llegar a la altura del semáforo que cruza a diario de camino al colegio, se tiene que agarrar para no estrellarse contra el suelo. «Parece más fácil cuando lo hacen las palomas», piensa. «A lo mejor el truco está en cagar mientras vuelas».

Subido al semáforo, otea la calle hasta que se pierde en el horizonte. El escándalo de bocinas y motores encendidos le arde en los oídos. Le duelen los huesos y tiene frío.

ya sé volar
 Volar como los pájaros: el viejo sueño del hombre

–Hijo, estás tiritando. Déjame que te ponga el termómetro.

–¿Tú vuelas?

–¿Qué pregunta es esa? ¿Estás delirando?

–Yo sí vuelo.

–Claro, hijo –y le toca la frente, preocupada.

Marcos nació sin avisar. Un par de contracciones y ya estaba saludando al mundo. Fue un bebé despierto, con la mirada del que nunca tiene suficiente. Gateó enseguida y caminó poco después. Pronunció las primeras palabras cuando sus coetáneos aún balbuceaban. Aprendió a leer a la edad en la que otros mastican el chupete. Esa precocidad acabó pasándole factura, porque a los cinco años cayó enfermo. Y la cama se convirtió en su refugio recurrente.

Marcos abre los ojos y gime durante unos segundos. Los huesos quieren salirse de la piel, escapar del presidio en el que cumplen su condena. La habitación se mueve levemente. Y con ella, la cama. La ventana golpea el marco una y otra vez. Se tapa la cabeza con la almohada y repite una nana que le canta su madre: «duerme mi niño, no sufras más; duerme mi niño, todo pasará; despierta tus alas y echa a volar; alcanza la luna y descansarás».

Del semáforo vuela a la azotea del edificio de cinco plantas. La gente que pasea por la calle se ha reducido. Podría aplastarlos a todos entre sus dedos, pero prefiere ahorrar energías. Alcanza el helipuerto del rascacielos de enfrente. El aire le golpea la cara. Cuanto más se eleva, más debe mover los brazos. Si fuera una batidora, ya estaría en la velocidad siete.

Lo que antes eran personas al alcance de la mano, ahora son hormigas a las que podría desterrar con un soplido. Los edificios son piezas de Lego desmontables. Lo único que mantiene el tamaño original son las aves. Gorriones juguetones que revolotean a su alrededor. Palomas que enfilan veloces la ruta al parque más cercano para racanear unas migas de pan. Halcones vigilando posibles presas.

Atraviesa una nube, que es como algodón de azúcar de veinte metros de altura. No se atreve a probarlo. Su madre se lo prohíbe. Mucho más arriba que las nubes, preside el sol. No lo mira de frente. Lo hizo durante un segundo y el paisaje se volvió blanco. Si conociera el mito de Ícaro, lo temería. Echa de menos las gafas que le compró su madre cuando fueron a esquiar. 

Las nubes vuelven a formar figuras, aunque las mira desde arriba. No siente los brazos, para bien o para mal. Se mueven como un motor con el depósito lleno. No hay oxígeno, pero sus pulmones no parecen notarlo. Detrás de él, el escenario es de color negro. En su cabeza suena una nana: «duerme mi niño, no sufras más; duerme mi niño, todo pasará; despierta tus alas y echa a volar; alcanza la luna y descansarás».

Ya puede tocarla con la punta de los dedos. Es una canica gris, una bola de golf, una pelota de tenis, una de béisbol, un balón de balonmano, el esférico de un partido de fútbol, una bola de baloncesto, una apetitosa sandía. La atracción de la luna ayuda a Marcos en el último impulso. De un salto pisa la superficie y se convierte en Neal Armstrong. «Despierta tus alas y echa a volar». Se tumba a la sombra de una roca, cuenta hasta diez y abre los ojos. «Alcanza la luna y descansarás».

—Mamá, ya no me duele nada.

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