Relato corto: Una vida en silencio

Esta semana acontece algo que parecía impensable hace seis meses. Al menos, muy difícil: hoy publico el relato número 26 del #RetoRayBradbury. La mitad del camino ya está andado, en silencio o acompañado de vosotros, los lectores. Gracias por estar ahí y animarme.

Relato corto: Una vida en silencio

A la derecha del plato, un tenedor y un cuchillo. A la izquierda, una cuchara con restos de algo seco en la punta. Un vaso de agua. Un trozo de pan. Una servilleta usada.

Enfrente, los mismos ingredientes. Sirve dos cazos de sopa a los dos platos y se sienta a sorberla en uno de ellos.

De niño, tenía prohibido sorber la sopa, como maltratar animales o insultar a su hermana. Ahora, se venga. Sorbe la sopa crujiéndola en la boca. Nadie se lo puede reprochar. Tan solo el silencio.

Se comenta las anécdotas del día. Un monólogo consentido. En ocasiones sonríe con el lado derecho de la boca. O afirma con el izquierdo. O niega conceptos. Se lleva la contraria. Duda. Vuelve a sonreír porque sabe que terminará ganándose la conversación.

Recoge los cacharros en un solo viaje. Los acumula en la pila, abre la ventana y enciende un cigarrillo. Ve a un vecino asomado al patio, lo apaga y cierra antes de que advierta su presencia.

La vajilla tiene una estructura que recuerda a la forma de un acordeón. Los cacharros inferiores están asfaltados con una costra orgánica. Los superiores parecen sonreír. A ellos no les pasará, es imposible crecer más. En un momento cercano, los fregarán. Pero el hombre sale de la cocina y se mete en el baño.

Cuenta los azulejos de la cara Norte con los pantalones bajados. La cara Este tiene setenta y seis menos, que roba el hueco del espejo y el lavabo. Cuando termina, deja la tapa levantada.

La pila de cacharros lloriquea desde la cocina. Él amaga con acercarse, pero desvía la trayectoria y se dirige a la librería del pasillo. Acaricia una docena de libros hasta que se decide por uno: «La insoportable levedad del ser», de Milan Kundera. Se sienta allí mismo, con las piernas en posición de yoga, y devora la novela hasta altas horas de la madrugada.

La luz de la bombilla parpadea. Quiere acostarse. Su dueño, no. Aún continúa pegado a la obra del checo. Casi se la come de un bostezo. Sus piernas, dormidas, mantienen la postura de yoga. Una bola de pelusa le saluda desde el rincón.

Se incorpora, deja el libro en el suelo y se dirige a la cocina. Abre la puerta del frigorífico, rebusca y caza la presa. Salmón ahumado y queso untable. El reloj de la pared anuncia las cinco de la madrugada. Él se queda observando el calendario de la puerta del frigorífico. El queso le resbala por la comisura de los labios. Se duerme de pie, arrullado por una fecha marcada en rojo y acompañada de la frase “aniversario de boda”.

El salmón se le suicida desde las manos. El recipiente del queso se engancha entre el pulgar y el índice, pero el temblor del primer ronquido lo arroja contra los azulejos. Una pasta blanquecina barniza el suelo. Un par de ratones asoman el hocico bajo el mueble. Las piernas gigantes no se mueven ni un milímetro, así que acercan sus cuerpecitos al queso y lo devoran durante diez minutos. Y el hombre ni se inmuta.

Amanece y abre un ojo. El otro tarda unos segundos. No sabe cómo, un resto de queso ha dormitado en las pestañas y las ha pegado. Se moja un dedo en la boca y lo pasa por encima. Su madre le enseñó el método en sus propias carnes. Cualquier mancha de la cara se la limpiaba con saliva y la yema de los dedos.

Su madre. Doce años ya sin escuchar sus consejos.

Arranca la página del calendario, hace una pelota de papel y la encesta en el frutero, que se ha convertido en una papelera improvisada. Coge una taza de la pila, la limpia con un trapo de cocina y añade leche. Sobre los fogones hay una cafetera que vierte en la taza. Y se bebe el contenido en silencio.

Lo único que ha mejorado es el silencio. Ha aprendido a convivir con él. A buscarlo entre el caos de su propia existencia.

El sonido de la cadena de un váter le rompe por dentro.

Los tacones le taladran la cabeza. Si se los clavaran directamente en el cráneo, no habría diferencia. Coge una escoba colgada tras la puerta de la cocina y golpea el techo. Nadie interrumpe el silencio sin pagarlo caro.

Los pasos continúan. Se rasca la barba de tres días, se calza y sale al descansillo. Sube las escaleras apoyándose en el palo de la escoba, golpeando cada escalón con fuerza. Al llegar al piso superior, su mandíbula está desencajada y blande la escoba.

El vecino abre en pijama y recibe el escobazo a la altura del pecho. Su mujer, con vestido largo y tacones, grita.

El silencio es ya solo un recuerdo. Dirige el palo hacia el rostro maquillado y lo cuela dentro de la boca. Varios dientes se resquebrajan. Más ruido.

El vecino en pijama, tumbado en el suelo, lloriquea La escoba no entiende de súplicas y acaba insertada en el pecho, como si fuera un vampiro al que acaban de crucificar.

Por fin, el silencio.

Escucha sus latidos y el goteo de la sangre que desde la punta del palo bautiza el suelo. Al moverse, pisa un trozo de diente, que crepita contra la zapatilla. Alguien abre una puerta y la cierra enseguida.

Baja las escaleras y no puede soportar el taconeo de sus talones contra las baldosas. Salta de dos en dos los escalones pensando que el sonido se reducirá a la mitad, pero cada paso amplifica la caída.

Le rechinan los dientes. Le crujen las rodillas. Le zumban los oídos. Escucha cómo la sangre le hierve a través de las venas.

Entra en casa y se mete en el baño. En el espejo hay un tipo al que apenas reconoce. Se golpea contra él una, dos veces. A la tercera, cae inconsciente mientras sonríe. Por fin, un rato de silencio.

A lo lejos, el chillido de una sirena irrumpe en escena.

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