Relato corto Una hora

Tercera semana del reto y esta vez me inspiré en mi reciente viaje a Praga para escribir la historia.

Relato 3: Una hora

Aquel restaurante apestaba. Lo advertí con la primera inspiración. Aunque la embriagante ciudad de Praga nos empujó a él.

–Tienen que esperar una hora para cenar, señor.

El tipo pegado a una coleta nos hablaba en inglés, aunque era checoslovaco.

–¿Una hora? ¿Está usted loco? Pero si tiene el local más vacío que mi estómago –. Todo esto lo pensé, no lo dije en voz alta. No por falta de ganas, sino por una exquisita educación que recibí de mis padres y que a veces me gustaría ignorar.

El Coleta desapareció hablando solo –supuse que a poner el reloj en hora– y mi acompañante y yo nos aventuramos al interior del local. En él confirmamos que cuatro de cada cinco mesas estaban vacías, y la quinta aún no tenía comida en los platos. Era como si no quisieran ganar dinero esa noche, como si el local fuera una tapadera en la que padres económicamente poderosos dejaban a sus hijos para que se iniciasen –poco– en el mundo laboral.

Un frío extraño se instaló dentro de nosotros. Intentamos sentarnos en una de aquellas mesas huérfanas de clientes, pero otro camarero, este sin coleta aunque con un bigotillo hitleriano, nos espetó:

–Para cenar, una hora.

Y nos rendimos. Nos habían hablado muy bien de las excelencias culinarias de aquel local, así que reservamos y salimos de allí con la sensación de que nos estaban tomando el pelo.

–Amor, no te enfades. Piensa que en España, para cenar en alguno de los templos gastronómicos de los que disfrutamos, hay que llamar con meses de antelación.

–No me enfado, de verdad. Paseemos por la ribera del Moldava mientras estos checos tan simpáticos fabrican nuestra mesa con la madera de un roble que acaban de plantar.

Y nos metimos mano en aquella ciudad de ensueño durante una hora. Eres tonto, puedes pensar, tú que aún sigues atento a la narración. Una hora acariciando los muslos de tu amada es una actividad tan satisfactoria que deberías agradecer la hora de retraso. No te lo discuto, lector, primero porque el cliente siempre tiene la razón; segundo, porque dedicarse al masajeo lascivo de unos muslos, al besuqueo adolescente de unos labios expertos, al roce sutil de unos pezones a través de la ropa, no tiene rival posible. Ni siquiera una final con el equipo de fútbol de tus amores incluido en ella.

Así que paseamos mi erección por la linde norte del río Moldava hasta llegar al Puente Carlos. Parecía que sus lúgubres estatuas cobrarían vida en cualquier instante. Mientras atravesábamos el puente, nos abrazamos y planeamos el futuro. No todo iban a ser morreos y caricias.

Decidimos que nuestro primer hijo se llamaría Carlos, como mi difunto padre; el segundo Roberto, como el padre de ella; y la tercera, una niña preciosa que nos desvelaría más de adolescente que de bebé, Catalina. Como mi abuela, que en paz descanse.

una hora

Después de rescatar de la muerte segura a un gato negro que maullaba aterrorizado sobre la barandilla y de gastar no sé cuántas coronas checas en un dibujo diminuto que jamás colgaríamos en casa, pusimos rumbo al restaurante.

Efectivamente, la hora llegaba a su fin. Como en el cuento de Cenicienta, la carroza se transformaría en una calabaza –esperaba que sobre un plato–.

–Buenas noches –afirmamos sin convicción.

–Para cenar, una hora, señor –nos amenazó el Coleta mientras observaba una mesa vacía.

No se encuentra el uso de la violencia entre mis argumentos para zanjar una discusión. Ni siquiera para defenderme. Soy más de ofrecer la otra mejilla y que sea lo que dios quiera. Pero esa noche, en ese momento preciso, mi puño tembló por la presión a la que lo sometí. Era como si hubiera engullido una lata de espinacas y una pipa hubiese aparecido en mi boca. Justo cuando mi brazo adquiría la apariencia de un mazo y un ancla se tatuaba sobre él, mi pareja ejerció de heroína por partida doble: me salvó de la cárcel en el último segundo porque me relajó como un pinchazo homónimo.

–Amor, no merece la pena. Busquemos al otro camarero, al que nos tomó nota.

Y entramos al restaurante con cara de muy pocos amigos. Concretamente, de ninguno a diez kilómetros a la redonda.

–Teníamos una reserva. Nos dijisteis que en una hora volviéramos.

–Claro, señor. Esa mesa de ahí es la suya.

Un cartel de RESERVADO anunciaba claramente que éramos los dueños. Sentía el deseo de restregárselo al Coleta por las narices, pero el eco de mi estómago repetía «tengo hambre».

La cena estuvo correcta. Ningún alarde con los fogones, una materia prima de calidad media, un vino caro pero con cuerpo y unos postres que endulzaron el amargor anterior. Y durante toda la velada no dejamos de preguntarnos por qué la mayoría de las mesas permanecían vacías y el Coleta seguía citando a los comensales para dentro de una hora.

Con la quinta cerveza vi el primer halo de luz. «Estás un poco borracho, cariño». Podría ser, pero algo me atravesó el pecho. El primer chupito de licor a cuenta de la casa trajo a mi vista tres halos más. Y el segundo, otros tres. Con el gintonic que me pidió el momento, los contornos luminosos se transformaron en cuerpos. El restaurante se llenó de seres con una presencia dudosa, pero que engullían como cerdos de trescientos kilos. En el más allá se pasaba hambre y tenían que recurrir al más acá, me imaginé. Las almas de los clientes que habían muerto esperando que los sentaran a una mesa transitaban por los rincones de aquel restaurante para saciar su apetito. Invisibles a los ojos sobrios, los camareros debían ponerse hasta el culo de gintonics, cervezas y copas de vino para sacar rédito a la peculiar fuente de ingresos.

Una vez que rebañaban los platos, aquellos seres fantasmagóricos trepaban a las mesas y bailaban una mezcla de salsa y breakdance que dibujaba fuegos artificiales en el aire. Ese momento no lo olvidaré jamás. Sobre todo porque me vomité en los pantalones, resbalé con los restos del primer plato y me partí la crisma.

Ahora ceno aquí cada viernes. El Coleta borracho me sirve mucho antes de una hora, aunque el bailecito de las narices no se me da nada bien.


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