Relato corto Un trozo de la Luna

Cuarta semana del reto, y nuevo relato corto para la mochila. Este ha ido por los pelos. Lo terminé anoche y apenas ha reposado, pero estoy orgulloso del resultado final. A ver qué os parece a vosotros.

Relato 4: Un trozo de la Luna

Carlson sólo tuvo dos sueños en su vida. Al menos dos que merecieran la pena, dos por los que luchar hasta la extenuación. Uno lo cumplió pronto. Se llamaba Rose y compartieron pupitre desde que usaban orinal. A los trece se dieron su primer beso. A los dieciséis se prometieron la Luna. Ese era el segundo sueño de Carlson: conseguirle un trozo de la Luna a Rose. 

Aquella mañana, cuando se lamentaba por los años que había perdido, descubrió un conjunto de manchas que no estaban la última vez que miró. Una porción de la pared era un retrato a escala uno cien millones de la cara de la Luna.

Frotó la pared con el estropajo de fregar los cacharros pero la mancha seguía ahí, tatuada, para que no olvidase su promesa. Un sueño que había llegado a convertirse en una condena que pensaba cumplir antes de que finalizase. Eso se juró aquella mañana.

Dos flores de duros pétalos que regaron hasta más allá de los dieciocho años. Con eso les obsequió la vida. Dos hijas de las que sentirse orgullosas. Sacaron los estudios con notas altas. Una se preparó para técnico en seguridad de edificios. «Hay que mirarlo por el lado positivo: a nuestra casa no entrará nadie», bromeaba el padre. La otra estudió arqueología y a los veintidós años se fue a levantar piedras. Pero no a la Luna.

Carlson observó la pared. Era como si la imagen de la Luna se hubiera calcado sobre ella con el cristal de la ventana haciendo de papel vegetal. ¿Y por qué justo aquel día? Para las fechas era tan negado como para cuajar la tortilla de patata: esa mañana se cumplían treinta años desde que se comprometió con su mujer.

Rose tuvo tres sueños en su vida: conocer a Bob Dylan, ver crecer a sus dos florecillas y hacer feliz a Carlson. A Bob le estrechó la mano a la salida de un concierto en Omaha. Sus hijas volaron de casa convertidas en dos mujeres excepcionales. Carlson era razonablemente feliz. Excepto por la promesa que se hicieron cuando eran jóvenes.

Carlson seguía dándole vueltas a la mancha. Era como si la obsesión que le perseguía desde adolescente se hubiera proyectado en la pared. Lo tomó como una señal y salió en dirección al Museo de Ciencias.

Rose había decidido que treinta años eran suficientes como para que el sueño de su marido se cumpliera. Y si de paso terminaba con esa rabia reprimida que a veces asomaba tras sus ojos, mejor. Cogió las llaves del coche y arrancó con el Museo de Ciencias como destino.

un trozo de la luna

Esa mañana, el director del museo echó en falta un objeto en la sala dedicada a la Luna: una pequeña roca que Armstrong recogió en el satélite aquel añorado julio de 1969. El legendario astronauta la había donado unos meses atrás. Se rumoreaba que  de su aventura trajo varias escondidas. Y una de ellas acabó allí, en Springfield, en donde Neal pasó algunos veranos de niño. Además, cierta arqueóloga con la que trató profesionalmente, perseveró hasta conseguirlo.

Rose y Carlson nacieron en Springfield. Sus padres, también. Y sus abuelos. Varias generaciones compartiendo las calles de la ciudad. Los dos conocían el Museo de Ciencias como el salón de su casa. Y sus hijas. Por eso sabían que desconectando un enchufe junto a la entrada, la alarma enmudecía. Que las cámaras estaban apagadas desde hacía años. Y que Roger, el guardia de seguridad, salía cada tarde durante cinco minutos a comerse un perrito caliente.

Carlson tenía la cabeza a punto de explotar. La roca lunar que Neal Armstrong donó unos meses atrás a la ciudad, había desaparecido. Literalmente. En su lugar habían dejado una nota pidiendo perdón. O eso aseguraba Roger, que la leyó unos minutos antes. «Siento mucho tener que llevarme un trozo de la Luna, pero es para cumplir un sueño. El bueno de Armstrong lo entenderá».

Esa noche, a los postres, después de una cena de miradas traviesas, Carlson recordó que era su aniversario. Y le dolió reconocer que, un año más, la Luna y la memoria seguían riéndose de él. Cuando pinchó con el tenedor el suflé que Rose había cocinado y comprobó que estaba duro como una piedra, no podía ni imaginarse que los sueños, a veces, se cumplen.


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