Relato corto: Un domador de leones borracho

Semana 23 del #RetoRayBradbury. Confieso que, al terminar este relato corto, se me saltaron las lágrimas. Ha sido una de esas veces en las que he hecho míos a los protagonistas.

Relato corto: Un domador de leones borracho

Recuerdo una mano acariciándome. Hacía frío. O tenía miedo. Caminábamos por una calle solitaria de pendiente empinada con árboles que nos acompañaban en silencio.

Mi madre fumaba. No, era el frío, que convertía su aliento en humo. Recuerdo que las caricias se transformaron en una mano fuerte que me arrastraba.

–Mamá, ¿llegamos tarde? –pregunté.

Ella movió la cabeza como una veleta, con los ojos muy abiertos. El aliento salía más deprisa.

–Un poco, hijo –me mintió.

Las papeleras tenían una boca enorme. Detrás de cada contenedor había un lobo acechando. La luna llena dibujaba mi rostro en los charcos de agua. Las piernas me ardían, pero no como las de Flash al alcanzar la velocidad del sonido, sino por dentro.

–Mamá, no puedo ir tan rápido.

–Aguanta, hijo. Aún no estamos a salvo.

No pregunté «¿a salvo de quién?». O no lo recuerdo. Mi madre era la más fuerte del mundo. Si algo la asustaba, mejor correr.

La calle apestaba a váter antes de tirar de la cadena. Yo me olía los dedos, que aún recordaban el sabor del chorizo de cantimpalo, y lo soportaba mejor.

Recuerdo unas horas antes, o unos días, llegar del colegio con la vecina, Carla, que solía recogerme y dejarme en casa de mamá. Mi madre abrió la puerta, apenas una rendija, me cogió del brazo y cerró de un golpe.

Aún le bajaban las lágrimas por las mejillas. No pregunté nada. Un día me atreví y se puso más triste. Yo no quería verla triste. Con su tristeza me picaban los ojos y la nariz. Y terminaba llorando.

Al final de la calle vivía mi tía Sara. O Gloria. No estoy seguro de si era al final de esa o de otra parecida. De niño todas las calles nos parecen iguales.

Al llegar a la altura de un BMW Z3, escuché el primer grito. Lo recuerdo porque ese coche se lo había comprado mi jugador de fútbol favorito, uno que gritaba y se golpeaba el pecho cuando marcaba. Como un orangután.

A lo lejos escuché pisadas. Ojalá yo hubiera sido un indio rastreador para averiguar el origen. Aunque no tardé mucho en enterarme.

–Vamos, hijo, tenemos que llegar a casa de la tía Sara –o Gloria–. Apresúrate. –Y me arrastró del brazo y me llevó en volandas.

Noté cómo su mano temblaba. A mi madre, que no le temía a nada. Aunque llorase.

Muchas noches he recordado la escena y he recorrido la distancia entre mi cama y la de mi madre sollozando. No llegamos a casa de mi tía. Nos cogió antes. A mí me apartó de un manotazo y me estampó contra la pared. A mamá la golpeó por la espalda con su cinturón, como un domador de leones borracho. 

No llegamos a casa de mi tía, pero la sirena de la policía sí apareció antes de que nos matase el señor al que durante un tiempo llamé papá.

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3 comentarios en “Relato corto: Un domador de leones borracho

  1. Tu relato es como el látigo que debía empuñar ese domador de leones borracho. Deja la piel en carne viva. Magnífico. Enhorabuena. Sin admiraciones. Sin aspavientos. Sin emoticonos. No necesita nada de eso, que por algo a los diamantes también se les llama a veces “solitarios”, porque brillan con luz propia.

  2. Muy buenos elementos para convencer que el personaje, no es un personaje, que es un chico: las piernas de Flash, los lobos imaginarios, la precisión para las marcas de autos y la vaguedad para lo que menos le importa, como los parientes. El recurso del olor a chorizo en los dedos de la mano, estoy seguro que es un recuerdo tuyo. Y ese sorpresivo final, que duele como cinturonazo en el lomo. (=

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