Relato corto: ‘El lago de los cisnes de 200 kilos’

Hoy toca relato corto, como hago de vez en cuando. Si eres de los que me visita para leer trucos y consejos para escribir y emprender mejor, puedes husmear en el resto del blog. Aunque quizás te apetezca dedicarle cinco minutos a descubrir en qué lago del mundo existen cisnes de 200 kilos. Y si con ese peso desplazan el agua por completo al zambullirse o aún les queda un charco en el que remojarse.

 

‘El lago de los cisnes de 200 kilos’

Bailar era lo único que le importaba. Más que comer. Más que dormir. Y, desde luego, mucho más que enamorarse. Sólo se lo permitiría si se cruzaba en su vida un profesor de danza. Para seguir con su pasión entre las sábanas, o caminando por la calle de la mano, o tomándose un café. Eso lo sufrí en mis propias carnes.

Para Eva, bailar era igual que respirar, y lo practicaba en cada uno de sus movimientos. Un candidato a la altura de esa necesidad no era fácil de encontrar. Por eso, a sus cuarenta y cinco años, conservaba una virginidad anacrónica, unas telarañas espesas, una vagina perfecta en su imperfección. Eso sí, el baile lo ejecutaba como una mariposa.

A los seis meses se balanceaba en la cuna con la melodía de la nana. Su madre se desesperaba. No había forma de dormirla, pero qué gracia debía de tener la chiquilla.

A los cinco años bailaba en fiestas familiares y cumpleaños con la soltura propia de una libélula en un estanque.

A los nueve años arrasó en un programa de televisión para jóvenes talentos. Media España votó para elevar sus actuaciones hasta el olimpo catódico. Entre ellos estaba yo, enamorado como un imbécil de su imagen angelical. Escribí a la cadena. No me facilitaron sus datos. Vamos, lo esperado.

A los doce, tras cinco años pateándome las calles de la ciudad, logré coincidir con ella. Paseaba con sus padres, flotando a dos metros de distancia, moviendo brazos y piernas acompasadamente, al ritmo de la música interna que siempre parecía acompañarla. Yo tenía seis años más, la mayoría de edad recién cumplida, y me abstuve de presentarme.

Hasta los quince la perseguí a diario, en la sombra. De vez en cuando le robaba una foto, o me acercaba en una parada de autobús y olía su pelo. Me cuidaba mucho de que no me viese.

A los dieciocho, me detuve delante de ella y me apartó porque tenía prisa. A mí, que llevaba buscándola media vida. Encajé el golpe y me retiré con el rabo entre las piernas.

A los veinticinco años coincidimos –entre comillas– en un sarao al finalizar el concierto de un tal Camarón. A todo esto, a mí la música me importa un bledo. Me transmite más emociones mordisquear un lapicero. Me acerqué a ella y no me reconoció. Eso me permitió empezar de cero. Le invité a un café, aceptó y mi corazón se aceleró hasta las dos mil pulsaciones por segundo. En cuanto me vio caminar, sin gracia, arrastrando los pies, sin un atisbo de cadencia que pudiese rescatar para obligarse a seguirme el juego un rato más, se tomó el café educadamente, pagó la cuenta y se largó. Y a mí me dejó con una erección de caballo.

A los veintinueve años salió en televisión, en un programa que conmemoraba los veinte años de su éxito. Estuve a dos centímetros de atravesar la pantalla con mi cabeza para rozar sus labios. Entonces se me ocurrió la brillante idea: me convertiría en profesor de baile, el mejor que haya visto el mundo. Tenía treinta y cinco años y mis rodillas, además de torpes, estaban machacadas por un sobrepeso que no sé si he llegado a mencionar: 147 kilos.

A los treinta y nueve años, Eva apareció por mi academia de baile, que me preocupé de publicitar en varios periódicos y revistas locales. Yo había engordado cincuenta kilos más. La ansiedad me obligaba a devorarlo todo. Aunque me movía como una lagartija, en plan ninja, gracias a las enseñanzas de un maestro de yoga, a uno de artes marciales y al séptimo profesor de baile moderno. Los seis anteriores desconocían los términos paciencia y amor propio.

Eva se sorprendió al verme. Un poco porque me reconoció y otro poco por mi volumen corporal. Pasado el primer impacto, echó un ojo a los folletos con los precios y los horarios. La vida había arrastrado al fango su don. Una madre enferma y un trabajo de secretaria le ocupaban la mayor parte del tiempo. Buscaba un resquicio, una grieta en su existencia por la que mirar de nuevo con esperanza. Pero casi acaba con la mía porque no eligió mi academia.

Y aquí estoy, persiguiéndola de nuevo a sus cuarenta y cinco años. Encontró el lugar perfecto para bailar, un centro abierto las veinticuatro horas del día. A la salida de la clase de hoy interpretaré una versión de ‘El lago de los cisnes’ frente a ella. No puede negarse a salir conmigo. Nadie lo ha hecho con ese baile. Se le caerán las bragas al suelo. Un gordo moviéndose como un cisne. Un gordo al que la música se la suda. Literalmente. Un gordo de doscientos kilos enamorado de una imagen angelical. Menudo gilipollas. Deseadme suerte.

 

 

Si aún no te has suscrito a mi blog, puedes hacerlo aquí mismo. Y te llevas “Concursator”, una guía muy chula para participar en concursos literarios. Cada dos semanas te llegará un correo de contenido inédito y exclusivo con enlaces a concursos y a los artículos más interesantes de la blogosfera.

* Campo requerido
Consentimiento *
Responsable: David Generoso Gil Finalidad: gestionar la suscripción Legitimación: tu consentimiento Destinatarios: los datos que me facilitas estarán gestionados a través de Mailchimp. Ver política de privacidad de Mailchimp Derechos: podrás ejercer tus derechos, entre otros, a acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos Información adicionalPolítica de privacidad

9 comentarios en “Relato corto: ‘El lago de los cisnes de 200 kilos’

  1. Me ha encantado el relato. Me gusta tener que hacer el esfuerzo para imaginarme ese hombre de ciento y pico de kilos intentando ser profesor de baile. Me gusta como dejas el relato sin final.
    Me encanta el uso de los tiempos, de los años.
    Gracias por tus relatos.
    Un saludo.

    PD: Creo que hay una errata en “enamorado de un imbécil de su imagen angelical”, te lo digo porque yo odio que me pasen esas cosas 😀

  2. Muchas gracias por leerlo, Laura. Y por detectar la errata 🙂

    Me alegro de que te haya gustado. El final inconcluso es un recurso que utilizo a veces. Dejar a la imaginación del lector lo que pueda suceder, me parece un punto a favor del relato 🙂

  3. A mi también es un recurso que me encanta, pues te hace pensar mucho más tiempo en la historia que el simple momento de leerlo y además cada uno puede ponerle el desenlace que quiera y de ese modo puede llegar a mucha más gente, al menos eso pienso.

Deja un comentario

Responsable: David Generoso Gil Finalidad: gestionar los comentarios Legitimación: tu consentimiento Destinatarios: los datos que me facilitas estarán ubicados en los servidores de Webempresa (proveedor de hosting de davidgeneroso.com) dentro de la UE. Ver política de privacidad de Webempresa Derechos: podrás ejercer tus derechos, entre otros, a acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos Información adicionalPolítica de privacidad

Centro de preferencias de privacidad

¿Quieres cerrar tu cuenta?

Se cerrará tu cuenta y todos los datos se borrarán de manera permanente y no se podrán recuperar ¿Estás seguro?