Relato corto: ‘La muerte tenía un precio’

relato corto

Hoy te traigo una pequeña sorpresa: un relato corto. Desde hace unos meses me limito a publicar artículos centrados en el proceso de escribir. Creo que todos tienen mi toque personal, y algo de literatura, pero entiendo que una píldora de ficción de vez en cuando le viene bien al cuerpo.

Para escribirlo he empleado algunas de las técnicas que te he ido contando estas semanas, como la de escribir en la nube o los trucos para evitar las distracciones. Te puedo asegurar que he trabajado en el texto muchas horas, porque lo de la inspiración es una trola muy gorda. Y a la hora de corregirlo, he releído este artículo: borrar para escribir los mejores relatos cortos.

Así que, lo que te llevo contando estas últimas semanas, funciona. De verdad. Si yo he sido capaz de escribir, con el huracán de fuerza cinco que ahora mismo amenaza mi vida, tú también puedes.

Un último consejo: oblígate a escribir todos los días. Aunque sea diez minutos.

Te dejo con el relato. Espero que cumpla tus expectativas. Si es así, por favor, compártelo.

Se levanta el telón.

 

La muerte tenía un precio

Elizalde aprieta el bote y el champú cae sobre su mano derecha. Junta las palmas y se frota con ellas los ojos. El líquido entra en las cuencas y se desliza por los recovecos hasta que el escozor le obliga a chillar. Entonces gira el grifo y coloca la cabeza bajo la ducha, buscando que el jabón se diluya con el agua.

Repite el proceso cada mañana desde que, en un arrebato, mató a su mujer. El sentimiento de culpa le obliga a hacerse daño de forma rutinaria, una tarea más que añadir a beberse el café o a limpiar la cera acumulada en sus oídos. El lunes se arrancó una uña del pie haciendo palanca con un destornillador. El martes se desgajó un trozo de mejilla al afeitarse. El miércoles se puso los zapatos al revés y caminó hasta que las ampollas deformaron sus pulgares. El jueves arrojó un puñado de chinchetas entre las sábanas y se durmió pensando en su mujer. El viernes hirvió agua en un cacharro y metió la mano simulando un accidente. El sábado dio una patada a la pared con el dedo sin uña y vio las estrellas de cerca. El domingo, descansó.

Sabe que a su mujer ya no la resucita ni el doctor Frankenstein, pero en un arrebato de lucidez tardía le prometió compensar el mal que le ocasionó en vida. Para ella no significaron nada esas palabras. Pesaron mucho más los golpes acumulados a lo largo de los años. Sin embargo, falleció acariciando el brazo con el que su marido la apretaba el cuello.

Elizalde disfrutó el gesto de cariño. Lo que iba a convertirse en un alivio, la muerte de su mujer, derivó en una inesperada derrota.

Escondió el cadáver en el congelador del trastero y lo cubrió de guisantes, helados y judías verdes. «Si no la veo, no pensaré en ella», se dijo. Lo que no tiene forma de controlar son las pesadillas o las imágenes que le asaltan a cualquier hora. En ellas, su mujer se le aparece disfrazada de árbitro de fútbol y, a base de pitidos, le ordena que cumpla su promesa. Siempre ha odiado ese deporte. En el colegio quedaba condenado a jugar con un grupo de niñas, las únicas que le acompañaban en su negativa a dar patadas a un balón. Así que lo entiende como una penitencia. Y ahora, su mujer muerta sopla el silbato para recordar todo aquello. «¡Más sacrificios!», exige. Y él se martillea un dedo mientras cuelga un cuadro. O mete las falanges en un enchufe sin bajar el diferencial de la luz. O salpimenta el café.

Unos días más tarde llaman a la puerta. Elizalde levanta la mirilla y ve a la vecina de enfrente, en bata y con gesto preocupado. No abre. Se mantiene en silencio, con la respiración ahogada, esperando a que se marche.

Esa tarde, después de freír un huevo y salpicarse con el aceite hirviendo en los brazos, baja al trastero a comprobar que el cadáver de su mujer sigue allí. Enciende la luz, levanta una bolsa y aparece. El frío ha azulado el tono de la piel, aunque sigue intacta. Entonces improvisa un plan: cortará el cuerpo en pequeños trozos y los desperdigará en diferentes contenedores del barrio.

Cuando coge el cuchillo, no puede evitar utilizarlo sobre su propia muñeca. Entre alaridos, corta la mano izquierda y la introduce en una bolsa. «La sangre es muy escandalosa, no tengas miedo», le decía su madre cuando de pequeño su nariz se convertía en una fuente. En eso piensa al ver el líquido rojo fluyendo a través del muñón del brazo y regando el suelo. El dolor es insoportable, pero se dirige hacia el rostro congelado de la mujer y lo calienta con su propia sangre.

Transcurren los minutos. A Elizalde le abandonan las fuerzas. Sonríe y apoya la espalda contra la tumba a dieciocho grados bajo cero. Se imagina a la policía bajando al trastero y descubriendo la escena. Entonces arrastra el cuchillo con el pie y lo oculta bajo el congelador. Durante unos minutos pensarán que el asesino es otro. Que el mismo tipo que ha cortado su mano, ha asfixiado a su mujer hasta la muerte. Y no estarán equivocados.

Le cuesta mantener los ojos abiertos. El dolor de la muñeca ha desaparecido. Recuerda la visita de la vecina. Seguro que a esas horas ya ha dado la voz de alarma. Aprieta el puño que le queda y se golpea la cara. «Ya voy, mi amor; enseguida estoy contigo». Y se golpea otra vez. A lo lejos, le parece escuchar una sirena.

 

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2 comentarios sobre “Relato corto: ‘La muerte tenía un precio’

  1. Acabo de quedar anonadada con este relato, sin duda alguna el segundo párrafo es impactante. Es complicado, pero en un relato de este estilo una se cree que va a sufrir angustia, pero a parte de eso y del repelús, me he reído. Considero la risa un sentimiento difícil de provocar, al igual que en el cine, hacer llorar es fácil, pero hacer reír es un don que se le concede a unos pocos. Sin duda muy bueno y desde luego, los minutos entre estación y estación, de cola en el Dia y demás, muy bien aprovechados.

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