Relato corto: La mudanza

Semana número 25 del #RetoRayBradbury. ¡25 semanas consecutivas escribiendo y publicando un relato! Hoy nos vamos de mudanza. O lo intentamos al menos, que engañar a los amigos está cada vez más difícil.

Relato corto: La mudanza

El nombre del grupo de WhatsApp lo decía bien claro: «Toca mudanza. Pago con masaje». Carlos era mi amigo desde la infancia, pero jamás se había dedicado a la fisioterapia o a alguna otra técnica oriental que se le pareciese. Así que asumí que se trataba de una broma y empecé a maquinar una excusa para no participar.

Era la octava mudanza en ocho años, y me había chupado seis de las otras siete. Sólo un esguince de tobillo me libró de hacer pleno. Carlos era un tipo genial, el amigo que te llevarías a una isla desierta si no hubiese que hacer mudanza para ello, pero a mi espalda no la perdonaban los años ni los kilos de más. Escribí el mensaje «lo siento, tío, este año me pillas en un viaje de trabajo» y me olvidé del asunto.

A la semana siguiente, Carlos me añadió a otro grupo de WhatsApp: «Sois los elegidos. Quedan cinco días». Será desgraciado, pensé. Que contrate un camión y a un par de jóvenes fornidos. O que haga un crowdfunding analógico. Seguro que la mayoría de sus amistades preferimos poner quince euros antes que pasarnos la tarde levantando una lavadora, treinta cajas y un sofá cama. Escribí: «Carlos, perdona, ya te dije que no podía ir. Me salgo del grupo». Y me salí.

la mudanza
Organizar una mudanza no es fácil. Yo aconsejo levantar un máximo de tres cajas a la vez.

A los diez minutos, volvió a añadirme sin más explicaciones. Lo extraño era que ninguno comentaba la jugada. Ni una queja, pero tampoco una confirmación. El que calla otorga, concluí.

Curioseé para ver quiénes formábamos parte de los elegidos. No reconocí a ninguno. Ni Sergio, ni Pablo, ni Gonzalo, habituales en las mudanzas, estaban incluidos. A cambio, un tal Dani, un tal Antonio, un tal Jesús y un tal Josué, sí. Eran intrusos en nuestro círculo de amigos, desconocidos que usurpaban los puestos destinados a otras personas afines a mí. Sentí que la amistad quedaba traicionada, que Carlos prefería que la mudanza saliera adelante con extraños.

No se me ocurrió pensar que los amigos más cercanos fuimos los primeros en bajarnos de su nuevo proyecto de vida.

Cogí el móvil y marqué el número de Sergio. Y el de Pablo. Y el de Gonzalo. El sábado estaríamos los cuatro llamando a la puerta de Carlos, dispuestos a levantar los muebles que hiciera falta… Pero no. Cada uno esgrimió una excusa diferente, perfectamente válida. Colgué el teléfono en tres ocasiones, echando humo por las orejas.

Todo aquello me afectaba demasiado. ¿Qué me sucedía? ¿Ahora ejercía una labor de proselitismo mudancero? Me recosté en el sofá y cerré los ojos.

Me despertó la melodía del móvil. Carlos estaba al otro lado.

–Oye, tú, imbécil. ¿Qué narices te pasa?

–¿Por? –me hice el loco.

–¿Vas a ayudarme con la mudanza este sábado o no, capullo?

–Claro –me rendí–. Como siempre.

–¿Has avisado al resto de mamones?

–Pensaba que con el grupo de whatsapp…

–Olvídate de esos gilipollas. No me han hecho ni caso.

–No te preocupes, Carlos. Allí estaremos todos.

–Eso espero. Por vuestro bien. –Una carcajada viajó hacia mí.

Colgué temblando. Entré en el dormitorio, abrí la maleta y metí algo de ropa.

La última vez que consulté el navegador, estaba a trescientos kilómetros de mi casa.

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