Relato corto: la chica del zapato de doscientos euros

Entramos en la semana 22 del #RetoRayBradbury. La música ha sido otra de las pasiones que ha guiado mi vida. En el relato número 22 me adentro en las sensaciones que un concierto provoca a los miembro del grupo que tocan en él.

Relato corto: La chica del zapato de doscientos euros

Un zapato femenino de doscientos euros me golpeó el rostro. «La cima de mi carrera musical», pensé. ¿Quién está dispuesta a perder un zapato de ese precio sino una fan incondicional del grupo? Lo recogí del escenario mientras tocaba los acordes de la antepenúltima canción del repertorio, «Soñador», y se lo agradecí al público con un beso al aire. Lo sé, un gesto chorra, un estereotipo que no culminaba las expectativas que la dueña del zapato habría puesto en el acto.

Cuando Danny interpretó la última nota de la canción, un do sostenido, yo agaché la cabeza y el torso superior y agradecí los aplausos. Aproveché para encerrarme conmigo mismo y convencerme de que todo aquello era real, que los veinte años que llevábamos luchando por nuestra música habían dado sus frutos.

El zapato seguía en mi mano, junto a la púa que desgranaba los acordes en la guitarra acústica que me regaló mi padre cuando cumplí los dieciocho. El sonido era deficiente, pero la parte emotiva compensaba la ecuación.

zapato de doscientos euros

La banda se preparaba para tocar «Si pudiera hablar», una oda patética a la timidez. Desde el público, una chica me sonrió. El resto también, pero a ella le brillaban los ojos, como si mirase una pepita de oro y ese metal precioso fuera yo. Advertí que saltaba a la pata coja y supe que era la dueña del zapato.

Imaginé una vida a su lado. Media docena de hijos y un perro. O dos. O un perro y un gato. Ella criándolos en una casa modesta y yo recorriendo medio mundo en busca del sustento. El mito de las cavernas de Platón, pero sin Platón y con un garrote y 100.000 años antes.

No hacía falta que imaginase la situación. Existía una mujer. Y un hijo. Y un apartamento que se quedó ella para cuidarle. El perro se lo quedó mi exsuegra.

No hice las cosas bien. La música era toda mi vida y no supe verlo hasta que ya era tarde. Dejé el zapato en el suelo del escenario y me transformé en Willy, mi última interpretación al micrófono. Willy era un tipo que traficaba con hachís en la puerta de los colegios. El hombre de los caramelos, pero cobrando. Un día, su hermano le convirtió en tío. Su sobrino creció y fue a un colegio similar. Y él dejó de vender hachís, se lo fumó todo y se arrojó desde una azotea.

zapato de doscientos euros

La canción se agarraba a mi voz y a unos acordes graves que esparcía Danny. Yo abrazaba el micrófono y Willy escupía su historia.

La chica del zapato de doscientos euros rompió a llorar. «La tengo en el bote», dedujo mi pene. Pero atrás quedaron los días en los que picaba de aquí y de allá como una abeja en celo. En esos años conocí a la madre de mi hijo. Ahora andaba con un cuidado extremo. Contaba las relaciones con los dedos de una mano, algo que Danny me recriminaba constantemente: «el grupo lo creamos para ligar, no te engañes; que nos dé para vivir no quita la idea inicial». Y yo terminaba frente a una barra, soltándole mis mierdas al camarero.

Con el último desgarro vocal, Willy se lanzaba desde una azotea para no despertar jamás. Esa vez me costó volver a ser David. Era frecuente que necesitara un exorcismo para expulsar a alguno de mis personajes. Me metía dentro de su piel, como una dermatitis, y siempre venía Danny a rescatarme con su agua bendita: un pisotón.

—¡Ay! Gracias, tío.

Nos retiramos al backstage a que transcurrieran un par de minutos. El momento de jugar con el público era mi favorito. Ellos nos jaleaban como a un equipo de fútbol y nosotros aprovechábamos para golpearnos el pecho como una panda de orangutanes.

Volvimos a salir.

La chica del zapato de doscientos euros seguía allí, en las primeras filas, esperando que le lanzara un beso. O eso pensaba yo. Hasta que observé cómo el tipo de al lado se carcajeaba de ella.

Dimos las gracias a la ciudad en la que estábamos –ya no recuerdo cuál– e improvisamos –mentira, todo estaba estudiado– una nueva canción: «Azul». Era una versión del clásico de Antonio Vega que hablaba de las drogas. Al menos a mí me lo parecían todas sus composiciones.

Golpeé sin querer el zapato y quedó en equilibrio al borde del escenario, balanceándose entre el más acá y el más allá. Improvisé un ataque epiléptico y me arrojé al suelo entre estertores. La canción seguía fluyendo desde mi garganta a impulsos irracionales. Alargué el brazo derecho y atrapé el maldito zapato. La esperanza de que la chica acudiera a por él al finalizar el concierto e improvisáramos una noche de lujuria, seguía ahí.

Recobré la compostura entre críticas de mi propia banda. A mi favor alegaré que no dejé de pronunciar ni una sílaba de la canción. El escorzo fue cuestionable, pero la interpretación vocal estuvo a la altura de las mejores noches. Por mucho que un par de críticos musicales dijesen lo contrario al día siguiente.

Cuando Danny tocó el último riff del espectáculo, una casi eterno, la chica del zapato de doscientos euros discutía con su acompañante. Quise ver ahí otra oportunidad más de copulación, que ella me usara como pañuelo, como una excusa para reconducir la situación. A mí no me importaba. Al contrario, facilitaba mi huida hacia ninguna parte.

Danny, Fernando, Eduardo y yo, el cuarteto del barrio del Carmen, nos enlazamos los brazos por detrás de los hombros y saludamos al público. Ella miró en dirección al zapato, que yo había dejado junto al altavoz principal. Su pareja le susurró al oído y se revolvió golpeándole en el brazo. «Ya está diez centímetros más cerca de mí», pensé. Y sonreí como un imbécil.

El pasillo hacia los camerinos era estrecho y trastabillado de cables, cajas, altavoces jubilados y decenas de colillas apuradas hasta el filtro. Danny caminaba eufórico, recordando cómo el público ya conocía la letra de varias de nuestras canciones. «Las recitan como jodidos refranes», insistía.

Nos metimos en el camerino y abrimos cuatro latas de cerveza. Brindamos por el éxito y por la paz mundial. Era nuestro sello personal desde adolescentes, nuestra Haka Maorí, la paz mundial, una letanía que nos inculcaron de niños y que no tenía mucho sentido práctico. Una quimera se quedaba corto para describirlo.

Cuatro nuevas latas chasquearon sus anillos de metal. Yo estaba deseando largarme de allí cuanto antes. Calculé que a la salida del recinto me esperaría la mujer del zapato de doscientos euros para recuperar lo que era suyo. Y yo conquistar lo que podía ser mío.

A la cuarta cerveza y con la paz mundial más que conseguida y en vías de ello la interestelar, me escabullí con el zapato en una mano y un cigarrillo en la otra. El humo enturbiaba el pasillo aún más. Tropecé un par de veces antes de ver la luz artificial de la calle.

Allí estaba ella.

Y el chico.

Él fue el primero que habló.

–¿Nos devuelves de una puta vez el zapato?

–Claro. Aquí tienes.

La chica me miró de reojo.

–¿Os ha gustado el concierto? –pregunté.

–Mucho… –comenzó ella.

–El bajista falló varias notas –interrumpió él. Y lo peor era que tenía razón.

Intenté justificarlo, pero se marcharon.

«La próxima vez que tires un zapato al escenario, te quedas tú a recogerlo», escuché a lo lejos.

Ojalá, pensé. Y volví al camerino a salvar mi mundo.

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