Relato corto: La azotea

Semana número 16 del #RetoRayBradbury y relato 16. Esta vez he empleado un narrador cámara para alejarme de la historia, porque no quería involucrarme en ella.

Relato corto: La azotea

El hombre subido a la azotea de un edificio de siete plantas se asoma al vacío. El viento balancea su cuerpo, pero no da marcha atrás. Mantiene el equilibrio como uno de esos temerarios que desafían a la gravedad caminando sobre un cable. El sol dibuja sombras alargadas a los pies del improvisado antenista.

Retrocede unos metros y dobla las rodillas. Respira aceleradamente. Las piernas tiemblan. El tronco se curva hacia la derecha y termina apoyándose sobre el suelo.

El hombre se agarra las rodillas con ambas manos, en postura fetal, y rompe a llorar. El suelo de granito, de un gris ceniza, absorbe las lágrimas.

La sombra que el sol arranca de su cuerpo se ha desplazado unos metros. Aún no se ha producido el parto. El bebé sigue en la placenta, alimentándose de las entrañas del edificio.

Un tendedero despliega las velas. El hombre se sube el cuello del jersey. Tirita como una lavadora centrifugando. Se incorpora y se sienta sobre el suelo. Cierra los puños hasta que la punta de los dedos se hunde en su palma. Aprieta los dientes y baja la cabeza. Los ojos contemplan el granito. Parece que cuenta el número de piedras. Al menos balbucea algo.

En la calle se escucha la risa de unos niños. El hombre arrastra su cuerpo hasta que asoma la nariz por encima del muro de la azotea. Sus ojos brillan por un instante. Los niños juegan a golpear una lata con las mochilas a la espalda. Uno de ellos lanza el balón de metal contra un vehículo aparcado. Todos echan a correr como hormigas que han esquivado un pisotón.

Desde la azotea del edificio, el hombre sonríe. Uno de los niños mira hacia arriba y grita mientras le señala. Los compañeros elevan la cabeza y gritan. En el tercer piso, una señora se asoma al balcón y cotillea. Enciende un cigarrillo y se acomoda apoyándose en la barandilla. En el cuarto, otra señora sale al balcón y contempla la calle. No tarda ni dos segundos en torcer el cuello y observar al hombre que surge de la azotea.

El barrio cobra vida. Varios inquilinos se unen al espectáculo. Al fondo de la calle se escuchan unas sirenas y se adivinan luces de colores. Un vecino apaga el cigarrillo en la suela de la zapatilla y se mete en casa. La ambulancia aparca a la altura del portal. A su lado, un coche de policía añade a dos agentes de la ley a la escena.

El hombre corretea sobre el granito. En cinco minutos ha recorrido casi un kilómetro. La ropa del tendedero se retuerce. Una paloma aletea en un rincón. Otra picotea el suelo buscando comida. A través de un megáfono le llegan sugerencias.

–¿Se encuentra bien? No haga ninguna tontería, por favor. 

Él sigue caminando en círculos mientras se agarra la cabeza con ambas manos. Las palomas han volado. La ropa del tendedero se abraza a las cuerdas. La puerta de acceso a la escalera golpea contra el marco. En el cielo, un grupo de nubes cubre parte del sol.

–¿Quiere hacer el favor de bajar de ahí? No nos obligue a subir a buscarle–. El agente de policía aparta el megáfono y escupe en la acera.

El hombre se asoma al vacío.

–Estoy tendiendo la ropa –susurra.

–¿Cómo dice? Hable más alto, por favor.

–¡Estoy tendiendo la ropa! –y saca el cuerpo hasta el pecho.

La gente grita en la calle. Una madre planta las manos sobre la cara de su hijo. La mujer del balcón alarga el brazo y golpea en la ventana de la vecina, que la abre y se suma al espectáculo. Una docena de palomas posadas en la acera vuelan, sobresaltadas, hasta alcanzar la azotea.

–¡Señor, hágase el favor de volver al tendedero!–. El agente chilla a través del megáfono, que se acopla y produce un pitido que obliga a parte del vecindario a taparse los oídos–. ¿Me ha escuchado?

El hombre de la azotea recula y se arrodilla. Las palomas pululan a su alrededor. La puerta se ha cerrado. Las nubes han oscurecido el día.

Comienza a rascar el suelo con las uñas. Los ojos, fijos en un punto que parece estar en su interior.

–¿Sigue ahí?–. De nuevo el megáfono.

Continúa rascando el granito. Una de las uñas vomita un hilillo de sangre.

–¿Sabes quién es? –pregunta una de las mujeres asomada al balcón.

–Carlos, el del cuarto –responde la vecina del balcón adyacente.

–¿Y Marina? ¿Y la niña?

–Ni idea, chica.

Del muro de la azotea aparece una pierna. Luego otra. El hombre, sentado sobre él, resopla y llora. Llora y resopla.

–¡Qué hace, desgraciado! ¡Se va a matar! –el agente de policía habla sin el megáfono–.¡Apártese de ahí!

El hombre apoya las palmas de las manos en el muro y se asoma un poco más. La calle atrona.

–No me jodas… ¿Ha llegado Clares, el de los pirados?

–Tenía el día libre, señor.

–¿Y no hay otro agente que sepa embaucar a los chalados suicidas?

–Me temo que no, señor.

–Pues que se tire deprisita, que me esperan en casa a cenar.

–¿Señor?

–Que sí, que ya subo. Me cago en la madre que le parió–. Deja el megáfono en el suelo y desaparece por el portal.

A los dos minutos, abre la puerta de acceso a la azotea. El hombre sigue sentado sobre el muro, más fuera que dentro. Cuando escucha al agente de policía, se gira.

–¿Cómo se llama, amigo?

–Fernando, responde.

–Yo Eugenio. ¿Por qué no se acerca hasta aquí y charlamos?

–No querría oír mi historia.

–Quiero. De verdad. Pero venga, por favor.

–No puedo. Esto termina aquí y ahora. Y gira el cuerpo hasta contemplar el abismo.

–No me jodas, Fernando. Ven aquí te digo.

Eugenio da cuatro pasos en dirección a él y se detiene.

–Está bien, tírate. Pero antes cuéntame el motivo. Así el informe estará completo. 

El zapato del agente se mueve centímetro a centímetro. Su cuerpo es un caracol y Fernando la planta de la que alimentarse.

–Ya lo descubrirá. Es mejor así.

–¿Te has despedido de tu familia?

–No hay nadie… Sé lo que está haciendo. No llegará a tiempo. No puede. Nadie puede evitarlo. Los actos tienen consecuencias–. Fernando rompe a llorar.

–Está bien. Me importa una mierda si te tiras o no, pero quiero evitar que caigas sobre alguien y te lo lleves por delante, así que no te muevas ni un milímetro–. Eugenio saca un arma y le apunta.

–Dispare. Sería adelantar la sentencia–. Se sorbe los mocos.

–¿De qué coño estás hablando? ¿Qué sentencia?

–Yo sólo quería un poco de tranquilidad al llegar a casa. Nada más. Un rato de silencio.

–¿Qué has hecho, Fernando?–. Le apunta a la cabeza.

–Marina era todo lo que quería en la vida. Y mi niña, mi preciosa Sara… Sólo quería un rato de tranquilidad. No pedía tanto. Unos minutos de silencio.

–¿Dónde está tu familia? Dímelo o te vuelo la cabeza ahora mismo.

–En casa. Descansando. Voy con ellas.

Suena un disparo. Avanza un paso y se arroja al vacío mientras la sangre dibuja hilillos en el aire, que se confunden con la lluvia que empieza a caer.

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