Relato corto En el spam está la felicidad

Parece que fue ayer cuando empecé el #RetoRayBradbury y van ya seis semanas y seis relatos. ‘En el spam está la felicidad´ creo que es francamente divertido. Está basado en un correo real que me llegó el otro día. Empecé a tirar del hilo y lo que pasó a continuación os sorprenderá.

Relato 6: En el spam está la felicidad

Me llamo Esther y soy su mensajera angelical. «¿Y qué coño desayunan las mensajeras angelicales?», pensé al leer el correo que me llegaba dios sabe de dónde.

La imagen de una anciana sonriente recortada de otra fotografía y pegada con Photoshop sobre un fondo de nubes y una escalera celestial, casi desvía los cereales por un agujero que suelo utilizar para respirar. Menos mal que había dado con una mensajera angelical, que aseguraba que tenía a un Ángel de la Guarda velando por mí. Ya podía vivir más tranquilo. Nada me pasaría.

Salí a la calle a ponerle a prueba. Crucé la vía sin usar el paso de cebra y con dos vehículos acechando desde ambos sentidos de la circulación. La pitada fue ensordecedora, pero mi Ángel de la Guarda hizo que frenasen a tiempo. Compré un paquete de tabaco en un estanco y me lo fumé compulsivamente, asfixiando a mis pulmones hasta que un furibundo ataque de tos casi me lleva al otro barrio. Pero en el último segundo noté unos brazos poderosos que me elevaron de aquella nube de humo y recuperé el resuello.

Me sentí inmortal, como Jordi Hurtado o José Padilla. Esto de tener un Ángel de la Guarda que me vigilaba era un chollo. Afortunadamente esa mañana había revisado el spam a conciencia antes de tirarlo a la basura. Como aquella vez que di con un sistema revolucionario que alargaba el pene siete centímetros. Todavía hay amigos riéndose a carcajadas. Lo malo es que tiré por adelantado los calzoncillos y me compré dos tallas más. Demasiado optimismo. Debí comprobar antes el resultado final. Juraría que el pene disminuyó.

Para costear el alargamiento del miembro contaba con una inversión que no salió bien del todo. Un príncipe nigeriano me escribió pidiéndome socorro. Y yo, que tengo un corazón generoso, no pude resistirme a los efluvios solidarios. Me pidió de buenas maneras que le adelantase un dinero para huir de su país. A cambio él me obsequiaría con un buen pedazo del tesoro nacional. Pero en algún paso del proceso debieron de pillarle y ahora estará encarcelado en un lugar inmundo. Y yo con 1.500 euros menos en la cuenta. Si hubiera conocido antes a mi Ángel de la Guarda, la operación habría salido redonda.

en el spam está la felicidad
 Os prometo que este correo es real.

Al atravesar el parque que rodea el barrio se me cruzó Sultán, el pitbull asesino del portal número ocho. El resto de perros gimen a veinte metros de distancia. Y los dueños, también. Pero ese día contaba con la protección de mi Ángel de la Guarda y me atreví a acercarme. El animal no dejaba de gruñir. Y yo de temblar. Cuando elevé la mano sobre su cabeza de melón, me lanzó una dentellada mortal. ¿La esquivé? No estoy seguro. Recuerdo una luz cegadora. Y una sirena. Pero no una imagen angelical que me apretase la muñeca y me dijera que todo saldría bien.

Desperté en el hospital, entre sábanas del material opuesto a la seda. Mi Ángel de la Guarda estaba de vacaciones, seguro. El pobre también tenía derecho. Llegaría en el último instante para salvarme la vida. Las miradas que se lanzaron los personajes de bata blanca tras leer el informe a los pies de mi cama, no auguraba nada positivo. Yo no me sentía desde el codo derecho hasta la punta de los dedos. No quería girar la vista y comprobar el resultado del mordisco. Mi Ángel de la Guarda. Él me salvaría.

Aquella noche soñé que Katia, la mujer rusa que buscaba un amigo y algo más en un correo que recibí la semana anterior, aterrizaba en la ciudad e iba directamente a visitarme al hospital. Hacíamos el amor con cuidado de no aplastarme la mano y yo le prometía que la protegería hasta el fin de sus días. Sería su Ángel de la Guarda.

Desperté empalmado y sin rastro de mi protectora. Pensé que el correo no era más que un timo. Y como aquellos doctores no daban con la cura para mi extremidad, que ardía más que la noche anterior, me planteé avisar a Otanga.

Le conocí hace un par de años en una avalancha de spam. Ese día borré setecientos correos, pero el suyo sobrevivió junto a otro en el que me confirmaban como ganador de un suculento premio por ser el visitante 1.000.000 de no sé qué página web. Otanga se presentaba como experto en varias ciencias, entre otras la medicina. También se defendía con el vudú y aseguraba dominar el arte del amor. En aquella época yo pasaba por una mala racha sentimental y me sacó del pozo. Con un brebaje que cociné siguiendo las órdenes que él me enviaba por correo electrónico y con un par de sesiones de vudú que Otanga practicó sobre el nuevo amante de mi dulce Inés, casi vuelve a mis brazos. Pero quemé la tarjeta y la cuenta bancaria rechazó el último pago. Un coitus interruptus.

Así que allí estaba, debatiéndome entre localizar de nuevo al hechicero o seguir esperando la llegada de mi improbable Ángel de la Guarda, cuando entró por la puerta la rusa Katia con un talón de 100.000 euros por haber sido el visitante 1.000.000 del hospital y a mí me creció el pene siete centímetros.

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