Relato corto: El taller literario

¿Alguna vez te has planteado apuntarte a un taller literario? Te presento a uno muy especial. Demasiado especial. Especialísimo. El relato número 24 del #RetoRayBradbury es un canto a la hoja en blanco. ¿Te atreves a llenarla de historias?

Relato corto: El taller literario

–¿Cuántas veces procrastinó la semana pasada? ¡Responda!

No me atreví a confesar que a diario. Aquel tipo pegaba fuerte. Mi mandíbula podía confirmarlo.

–Una…

–¿Una? ¿Y así pretende usted escribir un relato corto? –Y me arreó otro puñetazo.

–Perdón. Tiene usted razón. Soy un mierda –reconocí.

Me apunté a aquel taller literario porque un colega escritor habló en las redes muy bien de sus métodos. Lo que desconocía era el gusto por el masoquismo del escritorcete.

–Es usted basura.

–Sí, señor.

Agaché la cabeza y facilité el capón.

–¿Cuántas palabras escribió?

–Veinticuatro –y sollocé.

–Veinticuatro patadas en el culo. ¿Así como quiere convertirse en escritor de éxito?

–Lo siento. La presión me está superando. Yo me sitúo frente a la página, pero las ideas no fluyen. Quizás, si no me pegara tanto… –Pronuncié las últimas palabras casi en un susurro.

El taller literario se impartía en una pequeña calle perpendicular a la Gran Vía de Madrid. Prefiero no dar más pistas para que ningún otro incauto caiga en sus fauces.

–Túmbese ahora mismo y hágame cien abdominales.

–¿Cien abdominales?

–¿Además de falta de compromiso, está sordo? Menudo muerto me ha caído. ¡Cien abdominales! ¡Ya!

No le encontraba sentido a aquello. Yo necesitaba clases de estructura narrativa, de creación de personajes, una guía para construir diálogos, y no un puñetero entrenador personal que me usaba como saco de boxeo. Recordé la célebre frase «dar cera, pulir cera» de la película Kárate Kid y acepté el reto.

–Siete… o… cho…

Qué barbaridad. Lo que costaba ejercitar un músculo que sólo actúa para levantarnos de la cama.

–¿Está de broma? –Aquí venía de nuevo.

–N… u… e… v… e… –Parecía que daba mis primeros pasos en la lectura.

La patada en las costillas la recordaré siempre. Y los zapatos de mi profesor de creatividad, también. La vomitona se los dejó hechos un asco.

–Será desgraciado. A ver si ahora no voy a poder soltarle una patada sin que me deje un regalo.

Me agarré la tripa con las dos manos. Pensé que se me salía.

–Lo siento, señor. Me han debido de sentar mal los seis platos de sopa de letra obligatorios. Ahora friego el suelo.

Cuando volví con los bártulos, Chuck Norris ya maquinaba la siguiente tortura.

–Escriba cien veces en una hoja «soy un mierda y jamás llegaré a nada en la escritura».

–Pero…

–Doscientas veces.

Mis costillas no estaban para recibir más caricias, pero me atreví a preguntar.

–¿Y el propósito? –y me tapé el rostro con las manos.

–Perder el miedo a la hoja en blanco –y rompió a reír como un psicópata.

Yo solo quería llorar. Y huir de allí. Aprender a escribir ya no me importaba un carajo. La letra con sangre entra, decía el lema del taller literario. A mí ya no me entraba más hostias. La experiencia estaba siendo para no olvidar jamás.

Entonces fue cuando se me ocurrió la idea para el relato corto.

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