Relato corto El Sindicato de productos de limpieza

Quinta semana y quinto relato para el #RetoRayBradbury. Este sí que lo he salvado por los pelos. A la vuelta de vacaciones he sufrido una intoxicación alimenticia y apenas no lo cuento (el cuento). Quizás por ello me ha salido… como me ha salido. No digo más.

Relato 5: El sindicato de productos de limpieza

Cuando Estanislao Gómez despertó una mañana tras una noche de pesadillas y visitas al baño, se encontró con el rollo de papel higiénico recostado a su lado. Había adelgazado considerablemente desde la noche anterior, como si una momia hubiera reforzado su traje desenrollándolo. Se sentía utilizado. Habían abusado de él. ¿Veinte metros para enjugarse el sudor y secarse las lágrimas de un mal sueño? Aquel tipo necesitaba un cursillo de optimización de recursos. En la fábrica donde nació el pobre cilindro, a los empleados no los dejaban ir al baño más de una vez al día. Y por prescripción médica.

Estanislao Gómez trató de recordar la colección de sueños que le habían agredido. Un pato con dientes de sierra, un triciclo al que le fallaba una rueda y un ascensor que subía hasta el espacio exterior. Esos fueron los tres elementos que, concluyó, habían causado la hecatombe. La escena de su imagen frente al espejo, con el papel higiénico anclado a la mano derecha, se repetía en su cabeza. Arrancaba porciones del rollo compulsivamente. Secaba los flujos que la pesadilla había exprimido en su organismo y los arrojaba al retrete. Por cada pato carnívoro pedaleando en un triciclo que le arrinconaba en el ascensor de subida eterna, un metro de papel higiénico desaparecía engullido por la cisterna. A ese ritmo terminaría escupiéndolo todo en un par de noches.

El Sindicato de productos de limpieza actuó ante una llamada anónima pidiendo socorro. Llegaron de madrugada, con el Pato WC al mando. Se desplegaron por la casa de Estanislao Gómez cubriendo todas las salidas. Los productos con lejía se hicieron fuertes apestando desde la cocina. Los friegasuelos ocuparon el salón y lo fregaron; ya nadie podría cruzarlo. El limpiador de cristales vigilaba desde la puerta del dormitorio con el arma cargada. Las bayetas se ocupaban de no dejar huellas en ninguna superficie que les pudiera delatar. Entonces el bote de champú agarró el papel higiénico y se lo lanzó al gel de baño, que se lo pasó al cubo de fregar y este lo escondió en su interior.

Salieron de la casa sin dejar rastro. La operación de rescate había sido un éxito.

Cuando Estanislao Gómez despertó una mañana tras una noche de pesadillas y se metió en el baño, le sorprendió en el espejo una nota: 

«No llame a la policía y olvídese de su papel higiénico. En adelante no abuse de ellos. Sea comedido en el ejercicio de limpiarse el culo. Su cisterna también se lo agradecerá».

La nota estaba escrita en el lenguaje de los productos de limpieza y él no entendió ni una palabra. Cuando fue a echar mano del rollo que se llevaría sus residuos y notó que lo suplantaba un cactus, pensó que seguía soñando y se pellizcó. Y siguió pellizcándose hasta que se le durmió el brazo media hora después.

Abrió el ordenador con la intención de hacer un pedido de papel higiénico en la página web de un supermercado. La respuesta que recibió en cada uno de sus intentos fue «agotado». «Que no exhausto», pensó. Bajó a la calle a buscar un rollo y no encontró ni una tienda abierta. Ni una. Un martes. A las diez de la mañana. El establecimiento chino del barrio, que no había cerrado desde que lo inauguraron diez años atrás, mostraba unas rejas impolutas. Desesperado, se metió en todos los bares, diecisiete, con intenciones dudosas, y en cada uno de ellos el rollo de papel higiénico era un cilindro de cartón a la vista.

Regresó a casa y llamó a las puertas de todos los vecinos. Nadie tenía un rollo. Ni medio. Era una confabulación mundial. Jamás podría volver a limpiarse el culo en condiciones. Tendría que recurrir a hojas de periódico, a folletos publicitarios, a piedras lisas, a trapos de cocina, a prospectos de medicina o a envoltorios de caramelos.

En una sala de reuniones de las oficinas del Sindicato de productos de limpieza, se escucharon varias risas y algún corte de manga. Y un rollo de papel higiénico, recostado en una hamaca, sorbía un gin tonic.


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2 comentarios en “Relato corto El Sindicato de productos de limpieza

  1. Hola,
    Creo que no te he animado antes con este reto en algún comentario, así que vengo a hacerlo ahora. He leído el relato del tirón, con desasosiego sobre todo cuando Estanislao salía a la calle un martes por la mañana y estaban todas las tiendas cerradas. En otros momentos me he reído (como lo de “agotado”, “que no exhausto”) pero sobre todo me fascina el ritmo del relato. Literalmente, te deslizas sobre él. Al menos, esa es mi experiencia.
    Aquí estás tú sacando el reto adelante y aquí estamos los demás, pendientes.
    Un saludo,
    Óscar

    • Hola, Óscar. No, no habías comentado nada al respecto del reto, pero con este comentario lo compensas todo. No sabes lo que me animan tus palabras, porque escribir un relato a la semana no es tarea fácil. De verdad, GRACIAS.

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