Relato corto: el placer de fumar

¿Te gusta fumar? ¿No puedes resistirte al placer de tragarte el humo de un cigarrillo? Bienvenido al relato número 34 del #RetoRayBradbury.

Relato corto: El placer de fumar

El ladrido me despierta a las tres de la madrugada. La persiana está a medio subir. A través de la ventana entra la molesta luz de una farola y el resplandor plateado de la luna.

Un segundo ladrido me sobresalta. Viene del piso de enfrente. El capullo cuatro ojos no sabe controlar a su mascota. Además de tocar las narices en las reuniones de vecinos con reivindicaciones de izquierda trasnochada, ahora el perrito.

Me remuevo en la cama e intento conciliar el sueño. Las sábanas aún huelen a Caridad. Mordiscos en el lóbulo se entremezclan con síntomas de ahogo. El médico especialista me detectó el tumor en la laringe por culpa de una tos mal curada. Yo habría preferido morir en la ignorancia. Seis de meses de vida, pero los dos paquetes de Winston al día no los perdono.

Enciendo un cigarrillo y lo sujeto entre dos dedos amarillentos. Otra de las ventajas de fumar: te colorea la piel. Los niños deberían probarlo y convertirse en fumadores compulsivos. Ellos que están en la edad del arte sin tapujos, apreciarían esa paleta de colores.

El placer del humo colonizando mi garganta como vía para arrasar los pulmones, me tranquiliza. El ladrido del perrito ya me parece del pasado. El labio deja de temblarme y las ganas de meter un guantazo al vecino repelente, se esfuman.

Qué puñetera maravilla consumir un cigarro hasta el borde de la boquilla.

Mi padre compraba un cartón de tabaco cada lunes. Veinte cajetillas que el domingo después de comer ya agonizaban. El cabronazo murió con las botas puestas, fumándose un cigarrillo detrás de otro, como una bolsa de pipas. Tengo el recuerdo de él recostado sobre al almohada, oculto tras una nube de humo y echando espumarajos de sangre. Y esa tos rompiéndole el pecho… Qué gran espectáculo.

No se preocupe, padre, voy a dejar el listón muy alto.

Las tres y cuarto y el desvelo se ha instalado en la habitación. Escucho jaleo en casa del rojo. Habrá llegado su pareja a pedirle dinero para meterse un par de rayas. Esas relaciones tóxicas deberían estar reguladas por la Seguridad Social. Al final pagamos todos. Caridad y yo lo dejamos en el momento justo. Antes de arrojarnos la vajilla a la cabeza y reprocharnos mil mierdas.

Necesito otro cigarrillo que hurgue en los pulmones. Un paquete más y seré el hombre chimenea. Me asignarán un parque de bomberos e instalarán en el salón un par de extintores. Lástima que mi profesión no sea la de comercial: vendería humo con absoluta naturalidad.

Las tres y media. Con el estertor del cigarrillo enciendo otro. El vecino de enfrente ya no me sirve de excusa para mantenerme despierto. Fumar, sí. Beso el filtro suavemente, como si Caridad se hubiera reencarnado en él. La analogía final es que ambos me quitan la vida.

Abro un ojo y son las siete treinta y cinco. La luna plateada es ahora un círculo amarillo que amenaza con quitarnos la ropa. Otra circunferencia de bordes negruzcos agrede la sábana. Me envuelvo en ella y asomo la cabeza y el torso por la ventana. Un perro pasea a una mujer y la obliga a recoger sus excrementos. Un funcionario vestido de amarillo abre una papelera y rescata la bolsa de basura. Un yonqui se tambalea como un zombi desorientado.

La boca me sabe a cenicero. Los labios me exigen el contacto con un cigarrillo. A lo lejos de la calle asoman el perro y el vecino. Saco un winston de la cajetilla y lo enciendo. A la tercera calada, el chucho está a la altura de mi ventana. Engancho el cigarro con el pulgar y el dedo corazón y se lo lanzo. El quejido del animal me reconcilia con el mundo. Para celebrarlo, inauguro otro cigarrillo con la esperanza de que, este sí, sea el definitivo.

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