Relato corto: El pensamiento reversible

Superada la decena, vamos a por la docena. Esta semana toca el relato número 11 para el #RetoRayBradbury. A veces los pensamientos obsesivos convierten las anécdotas en problemas, y los dramas en comedias. ¿O era al revés?

Relato corto: El pensamiento reversible

La misma capacidad que tiene para crear un relato casi de la nada, asoma en sus relaciones personales y convierte en una bola de nieve de proporciones incontrolables la situación más nimia. Frente a la hoja de papel es una gran ventaja. Rasca tras una simple frase, tras una idea de apariencia anodina, y la moldea hasta que brilla con luz propia. En la vida real enturbia el ambiente, entorpece el camino asfaltado de baldosas amarillas y coloca trampas que más tarde le costará deshabilitar. En otras palabras: la caga.

Esa mañana dulce, tras catar el placer prohibido –para casi todos– de sus besos, deja arreglándose frente al espejo a la mujer por la que bebería agua de los charcos si ella se lo pidiese. El corazón le late desbocado cuando cierra la puerta. Un torrente de emociones le recorre el canal sanguíneo y afecta a todo su cuerpo: le tiemblan las rodillas, los brazos parecen flácidos cuando no la abraza, las mejillas se ruborizan, la voz tartamudea como un niño al que han pillado mangando un chicle. «Esto es amor o una gripe», piensa.

En sus treinta y siete años de vida ha cogido innumerables virus, supongamos que noventa y cuatro. Traducido a cajas de ibuprofeno, las suficientes como para justificar el sueldo de un auxiliar de farmacia un par de meses. El amor no entiende de convalecencias. Las resuelve con besos y abrazos. El ibuprofeno brilla por su ausencia en los botiquines de los enamorados. Ana y Jon no tienen botellitas de suero fisiológico, ni agua oxigenada, ni siquiera una caja de tiritas. El amor los transforma en dos superhéroes sin miedo a la kriptonita, en dos cuerpos inmunes a la gripe, a las quemaduras, a los arañazos, al dolor de los pisotones. Nada puede vencerlos si están juntos. Excepto, quizás, la bola de nieve.

Jon se da cuenta de que lleva los calzoncillos al revés a media mañana, cuando sale a fumar un cigarrillo prestado y aprovecha para orinar. Es como un mazazo en el pecho, un golpe a su autoestima. Se ve con siete años en una habitación adornada con juguetes y su madre riéndose del pequeño despiste. Hoy no existen motivos para reírse. Su torpeza no tiene gracia. «Un mal presagio», intuye, y regresa a conquistar las columnas de documentos del escritorio.

La mañana transcurre entre facturas e imágenes del calzoncillo al revés. La anécdota se arremolina en su cabeza y crece como uno de sus relatos. Al mediodía se le ha ido de las manos. Culpa a su madre de una infancia demasiado protectora. A su padre de no haberle enseñado las verdades de la vida. Y a Ana la convierte en protagonista del pequeño desastre. Ella tendría que haberle avisado antes de pisar la calle. Es su deber como compañera sentimental ahorrarle malos tragos. Vaya estafa. Qué decepción tan grande.

A media tarde, Ana es su enemiga feroz. No entiende cómo se fijó en ella ni qué le mantiene enganchado a sus faldas. El sexo no es tan bueno. Los besos, pasables. Nada de ello compensa el que haya salido con la ropa interior al revés. Menudo despropósito. Ya se lo insinuaba su madre: «esa chica flacucha no te conviene, mi niño», pero él, erre que erre, apostando por la relación e ignorando las sabias palabras maternas. Esa misma noche le soltaría lo que pensaba. Vaya que si lo haría.

 el pensamiento reversible

La cerradura de la puerta de casa es incompatible con el temblor de sus manos. Llama al timbre y le responde el silencio. «Tranquilízate, Jon. Será lo que tenga que ser». Cinco minutos después, logra franquear el sistema de seguridad que se ha montado en la cabeza.

Ana no está. «Ha reconocido su error y se ha largado», supone. Pero no. Ana, ajena a las tarántulas que corretean por el cerebro de Jon, disfruta de la velada con unas amigas.

Jon se prepara un gin-tonic en la cocina mientras picotea un trozo de queso y una lata de aceitunas. La calefacción central le asfixia. Se quita el jersey, la camiseta, los pantalones y va en busca del sofá en ropa interior.

Al tercer gin-tonic ha practicado mil veces el discurso que planteará a Ana, si es que vuelve alguna vez. Por fin, se queda dormido con los calzoncillos al revés.

Ana llega justo después. Lleva los zapatos en la mano derecha y camina a cámara lenta con una sonrisa de niña traviesa. Cuando ve a Jon en el sofá, se acerca a él y comienza a acariciarle el pelo hasta que logra despertarle.

–Cariño, te has quedado dormido en el sofá.

–Imposible –balbucea.

–Por cierto, alguien te va a hacer un regalo. Llevas los calzoncillos al revés.

–¿Al revés? Precisamente…

–No importa –le interrumpe–. Estás adorable igualmente.

Y mientras se besan, Ana le quita los calzoncillos y los arroja al suelo. Al revés.

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