Relato corto: El paso de cebra

Llegamos al relato número 29 del #RetoRayBradbury. Un paso de cebra puede dar lugar a muchas historias, y no todas agradables. Veamos qué nos depara la siguiente (en realidad, yo ya lo sé, muahahaha).

Relato corto: El paso de cebra

La sopa fría, el pan duro y la cerveza caliente. Es su forma de castigarse. Como colgarse una pinza de la ropa de cada uno de los párpados o encender el aire acondicionado con dos grados bajo cero en la calle.

Antonio Astudillo atropella a peatones en pasos de cebra y se da a la fuga. Comete los crímenes de noche, en lugares poco transitados. Necesita escuchar cómo crujen los huesos contra el capó del coche. Ha desarrollado una habilidad auditiva que le permite distinguir la tibia del peroné, el cúbito, del radio.

Sorbe la sopa sin respirar, una cucharada tras otra hasta provocarse arcadas. Se obliga a regurgitar sobre el plato y comenzar el proceso todas las veces que sea necesario. Hasta pagar por la incursión nocturna de una hora antes. El sentimiento de culpa le atraviese como una lanza, desde la boca hasta el ano. Está empalado en la mesa del pequeño salón. Le asusta tragar una cucharada más y que le salga por cualquier orificio de su cuerpo.

Antonio Astudillo ha provocado ochenta y siete impactos en su Renaul Clio del 95. Por la mañana trabaja en un taller de coches de su propiedad. Cuando cierra al público, se esmera en volver la chapa a su estado original. Un trabajo casi de orfebrería que le permite recordar el momento del golpe y recrearse como en un polvo glorioso.

Bebe la cerveza calentada en el microondas. Aún le hierve la lengua al jugar con el líquido en su boca. Y le abrasa la garganta cuando decide tragárselo. Añora la sopa fría por un instante, pero se repite que la culpa debe ser expiada.

Antonio Astudillo arranca el Renault Clio con el número ochenta y ocho en su cabeza. No es una cifra que se planteara al principio de la actividad, pero ahora le ilusiona porque es el año en el que sus padres fallecieron en el accidente.

El tenedor le atraviesa el dedo índice. El labio inferior sangra por el corte del diente. Su gemido es de perrillo asustado, pero empuja un poco más el tenedor contra la mesa mientras se aprieta las pinzas de los párpados.

A Antonio Astudillo Carrascosa y a Pilar Gallego Rey los atropellaron en 1988, en un paso de cebra. Dejaron un hijo de dieciocho años, un piso pagado y un negocio de reparación de automóviles. El conductor se dio a la fuga y nunca fue identificado. Durante semanas se comentó en el barrio la ironía de morir a manos –a ruedas– de lo que les daba de comer. Antoñito, el chaval, recibió las mismas muestras de cariño que su padre cuanto entregaba un coche reparado.

–Anda, majo, anímate. Dentro de unos meses te estás riendo de todo esto.

No volvió a sonreír.

Recoge la mesa y procura golpearse en las rodillas de camino a la cocina. Un vaso estalla en la pila por un descuido premeditado. Manipula los trozos de cristal como si separase lentejas. Abre el grifo del agua caliente hasta que la temperatura se asemeja a la de un volcán activo y coloca los dedos ensangrentados debajo.

Descarta a una pareja de ancianos porque el contador de atropellos se pondría en ochenta y nueve, y ahora le ilusiona terminar su proyecto en ochenta y ocho. Un niño que ha soltado la mano del padre y se abalanza sobre el paso de cebra sería un punto y final demasiado doloroso. Y ese perro que parece sonreír, no es humano por mucho que se empeñen algunos en creer.

Se tumba sobre la cama, desnudo, sin cubrirse con las sábanas, y con el aire acondicionado helando la habitación. Fuera, los termómetros susurran que hay seis grados bajo cero.

Dentro de un abrigo de plumas se oculta un candidato razonable, piensa Antonio Astudillo. Enfila el paso de cebra. La calle permanece en silencio, aguantando el aliento. Diez metros y se producirá el impacto. El abrigo se gira y al hombre que hay dentro apenas le da tiempo a abrir mucho los ojos, como si estuviera viendo un túnel de luz. Recuerda la cara del conductor. La vio en la prensa durante varios días. Era el hijo de la pareja que él atropelló. Ese fue su último pensamiento.

Antonio Astudillo amanece congelado sobre la cama, sin sospechar la identidad de su última víctima. Quizás una leve sonrisa lo anuncie.

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