Relato corto: El monstruo de debajo de la cama

Semana número 13 del #RetoRayBradbury, que casualmente llega en Halloween. ¿Casualidad? No lo creo. El relato de hoy habla de monstruos, de sueños y de pesadillas.

Relato corto: El monstruo de debajo de la cama

Cada noche se citaba con el monstruo de debajo de la cama. Los brazos como ramas de árboles subían por los cuatro costados del colchón y le abrazaban en un ejercicio reconfortante. Hacía años que le faltaba el aire y el monstruo se lo suministraba. Suplicaba en silencio que no se fuera, que hiciera desaparecer la presión en el pecho, que aquellos brazos eternos no regresaran junto al polvo de debajo de la cama.

A sus veintiséis años, Manuel M. creía en el monstruo de debajo de la cama.

Despertaba con la lengua fuera, como si el amanecer estuviera a cien kilómetros de distancia. Revisaba bajo el somier que todo había vuelto a la normalidad y suspiraba.

Vivía solo desde que falleció su madre cinco años atrás. Hijo único con un padre que se esfumó apenas él saltó de la placenta a los brazos de su madre, Manuel M. sobrevivía acorralado por el polvo, las pizzas congeladas y la soledad.

Cada mes recibía la visita de una amiga de su madre que le cantaba las cuarenta. Él usaba la misma respuesta recurrente:

–Mañana me pongo las pilas. Se lo prometo.

Pero las pilas se agotaban al acostarse. Las pesadillas le visitaban y no siempre lo defendía de ellas el monstruo de debajo de la cama. Le robaban la energía del sueño y despertaba más cansado aún. 

Manuel M. trabajaba en un almacén de Amazon preparando pedidos que cumplirían los sueños de otros. Era un compañero silencioso, una sombra incómoda que te acompaña a todas partes. Nunca había pronunciado una palabra más alta que otra. Las quejas por el ridículo salario se las guardaba o no existían. Las huelgas eran para otros, los discursos defendiendo sus derechos frente a los superiores, un sueño disfrazado de pesadilla.

el monstruo de debajo de la cama
 Lo que no se ve te mata antes.

El día que cumplió diez años en la empresa, le organizaron una fiesta y él no supo cómo actuar. Y se escondió en el servicio.

Nadie preguntó por él. Después de las primeras copas, ninguno recordaba por quién brindaba. Cuando llegó el momento de mear todo aquello, Manuel M. corrió el pestillo de uno de los cuartuchos del baño y permaneció en silencio ante el peregrinaje de los compañeros. Jugó a reconocer las voces, a ponerles un rostro, a clasificar a cada uno por la potencia al orinar y el tiempo que le dedicaba. Averiguó que dos de cada tres no se lavaban las manos después. Esas manos que chocaban al final de día en un ritual absurdo.

Manuel M. añoraba las pizzas congeladas y el sofá del salón. Y más allá, a su madre.

Cuando despertó abrazado a la taza del retrete, la oscuridad seguía ahí. Desplazó el pestillo y abrió la puerta cuidadosamente, como si comprobase dentro de su frigorífico qué podía improvisar de cena.

El servicio de caballeros lo era del hombre invisible, que había perdido la voz. Caminó a cámara lenta hasta que observó en el reloj del pasillo que eran las tres de la mañana.

–¡Las tres de la mañana! ¡Las tres de la mañana!

Por mucho que repitió la hora, el reloj no se retrasó un solo segundo.

Manuel M. estaba desorientado. Y decepcionado. Una fiesta en su honor y nadie le había echado de menos lo suficiente como para encontrarle. Tampoco lo había puesto tan difícil. Rebuscó un interruptor y acertó a la primera. La oficina se mostró a sus ojos. Le parecía igual de fría que con la luz natural. Esquivó una botella de champán y una silla recostada en el suelo y pensó que el equipo de limpieza iba a recordar aquella noche. Casi tanto como él. Enfiló la salida mientras memorizaba cada puesto de trabajo. Se prometió que un día no muy lejano él ocuparía uno de ellos.

La madrugada engullía la ciudad. Deambuló hasta que, perdido y reventado, las piernas se arrodillaron junto a un banco. La noche le susurraba nanas al oído y Manuel M. veía en el banco un cómodo colchón sobre el que descansar. Se tumbó y cerró los ojos. Imaginó que dormía en su cama, dentro de la zona de confort, y que su madre aún vivía. Imaginó que su padre no huía de casa al nacer él, y que le enseñaba a caminar, a gestionar las emociones, a ensamblar rompecabezas, a aprender de las derrotas, a beber cervezas a morro. Imaginó que su madre le acariciaba el pelo y le prometía estar siempre a su lado, de una forma u otra.

El monstruo de debajo de la cama alargó los brazos como ramas y abrazó a Manuel M. desde los cuatro costados del banco, reconfortándole.

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