Relato corto: el día que vino a visitarme un dragón

¿Alguna vez te ha visitado un dragón de ocho metros de largo? A Óscar, sí. Y le faltaron piernas para correr. Este relato es el número 33 del #RetoRayBradbury.

Relato corto: el día que vino a visitarme un dragón

Podía escuchar al dragón respirar al otro lado. Sonaba como un graznido mezclado con gárgaras, carraspeos y un rugido de león. Mientras Óscar sujetaba la puerta de acero, buscó respuestas en el móvil. «¿Qué hacía un dragón en la entrada de su casa? Allí ya no quedaba ningún príncipe».

Google le confirmó las sospechas: los dragones eran animales mitológicos que interpretaban cuentos y películas, pero cuya existencia era, como mínimo, cuestionable.

Por el ruido, calculó que sería un lagarto de ocho metros de largo. Un lagarto alado que amenazaba con expulsar fuego por la boca y derretir la puerta. Recordó el cuento de los tres cerditos, pero algo no encajaba: él vivía en la casa de ladrillos y acero y no existía ningún lugar mejor al que ir. A no ser…

Un calambrazo activó su memoria. Un amigo y vecino alardeó unos días atrás de que su padre había construido un búnker en el sótano de su casa para sobrevivir a la Tercera Guerra Mundial, que auguraba a la vuelta de la esquina. Quizás el conflicto final enfrentase a hombres y animales fantásticos. Una rebelión de personajes de fantasía y ciencia ficción. Abandonarían las páginas de los libros para vengarse por su mala fama.

El dragón gruñó, inquieto. Óscar tembló e intentó recordar la localización del vecino previsor. Debía llegar al refugio antes de que fuera demasiado tarde. Y con demasiado tarde se refería a en cualquier momento.

La puerta era terreno infranqueable. La ventana era su única opción. Esquivó un sofá de tres plazas y una mesa de ocho, se aproximó y examinó el exterior a través del cristal. Si su abuela le viera saltar por encima de los muebles, se ganaba un azote. Pero había salido a comprar.

El atardecer le insufló ánimos. Semejante belleza debía contemplarse a diario, y él no estaba dispuesto a renunciar a ese privilegio. Por mucho que le doliesen las ausencias.

Abrió la ventana y el olor a quemado se coló en el salón. Escuchó el aleteo de las alas del dragón en la parte posterior del chalé. El miedo a morir trepó desde la punta de los pies y le zarandeó la cabeza.

Apoyó las dos manos en el marco de la ventana y elevó la pierna derecha hasta alcanzarlo. De un impulso salió a la calle. «Si mis padres pudieran verme…». Atravesó el jardín a la carrera, con cientos de agujas clavadas en el pecho. Sentía el aliento del dragón en la nuca. En cualquier momento escupiría fuego y acabaría con su vida.

No se detuvo. Se tragó la última gota de valor y, sin mirar atrás, cruzó la calle y enfiló la manzana. El corazón se le salía por la boca. Recordó la insistencia de su padre en que practicara un deporte, pero él era más de sofá y libro. Discutían a menudo por tonterías como aquella. Al menos él pensaba que eran tonterías. Y ahora echaba de menos llevarle la contraria.

La cabeza le ardía. No podía asegurar que fuera por una llamarada, pero el calor le impedía pensar con claridad. El chalé del amigo se encontraba cerca, pero no sabía si lo suficiente. Alargó las zancadas y redujo a unos metros la distancia con el búnker. ¿Estaría a salvo en él?

La voz de su padre se coló en los pensamientos que le llegaban como ráfagas. Algo así como Obi Wan Kenobi, pero sin túnica. «Hijo, huir no siempre es la mejor solución. Afronta los problemas de cara».

–Qué fácil es decir eso. ¿Cuántas veces te enfrentaste a un dragón en tu vida? ¿Eh? ¡Responde!

«Los dragones no existen, hijo. Son tus miedos».

–Y una mierda como una catedral. Mira.

Óscar se giró. Corría perseguido por una leve brisa. El sol agonizaba detrás de las filas de chalés adosados. Miró al cielo buscando la imagen que refrendara su certeza. Un pájaro con las alas extendidas podría servirle.

«Recuerda esto, hijo: la mente es muy poderosa. Si sabes aprovecharla, el camino de la vida será una cuesta abajo».

Óscar detuvo la carrera. Se dobló hasta apoyar las manos en las rodillas y jadeó como un perro en verano. De nuevo el calor le recorrió todo el cuerpo, pero esta vez le reconfortó.

A lo lejos vio a su abuela, que volvía de la compra. Y con las últimas energías, corrió a ayudarla con las bolsas.

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