Relato corto: El día que conocí a Robert De Niro

Semana 15 del #RetoRayBradbury y otra vez puntual a la cita. No recuerdo tanto compromiso ni el día que me casé. Esta es una historia que habla de uno de mis actores favoritos: Robert De Niro.

Relato corto: El día que conocí a Robert de Niro

Nunca olvidaré cómo la lluvia trajo a casa a Robert De Niro. Miles de gotas acechaban ferozmente tras la ventana y los caminos de acceso estaban impracticables. Mi padre había encendido la chimenea y el parchís estaba ya sobre la mesa. En la televisión emitían una de Scorsese a la que mi madre había silenciado el volumen. 

—Te dejo verla, pero no oírla. 

Jamás comprendí su manía de tenerla encendida a todas horas. Y, menos todavía, que me dejase ver los tiros, pero no escucharlos. De la película sólo recuerdo la escena en la que un taxista se contemplaba al espejo, se apuntaba con una pistola y se hablaba enfadado. 

El tipo era un joven actor al que conocí esa misma tarde. 

En mi familia nadie se apiadaba de mis ochos años. Una de mis fichas azules había vuelto a la casilla inicial y se estaban contando veinte. Alguien llamó a la puerta y pensé que era mi salvación. 

Se levantó mi hermana como un resorte. Siempre corría a abrir, por si venían a buscarla. Así ganaba tiempo y huía antes de casa, cuyas paredes la agobiaban tanto como mi padre. Movidas de adolescente que yo tardé en comprender. La mayoría de las veces era el cartero. Pero no esa tarde.

Tiró del picaporte y asomó, empapado, un señor con una nariz rotunda y un lunar enorme en el pómulo derecho. Mi madre le invitó a pasar. Nunca olvidaré cuando se acomodó en el sofá junto a la chimenea, miró al televisor y soltó la bomba:

–Anda, si ese soy yo. 

robert de niro

El español no era su idioma original, pero se defendía. Nos agradeció que le hubiéramos rescatado de la tormenta. Dijo que estaba enamorado de España y confesó que veraneaba al otro lado del valle, si los rodajes se lo permitían. 

Roberto, como le llamé desde aquel día, era un poco mayor que el actor de la pantalla, pero todavía con grandes interpretaciones que regalarnos. Le calculé la edad de mi padre. Mi madre trajo un cuenco de sopa. Roberto lo cogió con ambas manos y lo sorbió con un ruido espantoso. Mi hermana y yo nos miramos y sonreímos. 

El parchís quedó olvidado sobre la mesa. La distracción de aquella tarde tenía el nombre y el apellido de un actor. Cuando terminó de comer se ofreció a llevar el cuenco a la cocina, pero mi madre no lo permitió. Y a cabezota no le ganaba nadie. De Niro incluido.

Su rostro se fue secando entre anécdotas de Hollywood. A Martin Scorsese no le gustaba la pasta. Al Pacino se volvía loco por un masaje de pies. Y Joe Pesci actuaba con zapatos de suela especial; en realidad medía un metro y treinta centímetros.

Las gotas que una hora antes golpeaban con fuerza la ventana, enmudecieron. Roberto De Niro se levantó del sofá, nos agradeció el avituallamiento y el rato frente a la chimenea, y se despidió apuntándome con una pistola imaginaria y elevando el tono de voz «¿me estás hablando a mí, eh, me estás hablando a mí?». 

No entendí aquella frase hasta que años después vi Taxi Driver con el volumen subido.

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