Relato corto: aquella casa al lado del cementerio

Llegamos a la semana 17 del #RetoRayBradbury. El relato número 17 incluye un cementerio, una casa adyacente, güijas y varias velas.

Relato corto: Aquella casa al lado del cementerio

En aquella casa al lado del cementerio nací yo. Mi infancia cabalgó entre balones de fútbol y güijas, entre monstruos que vivían debajo de la cama y espíritus que paseaban al otro lado de la ventana del salón. Sí, has oído bien: los espíritus existen. Al menos en la imaginación de un niño. Tan cierto como que al agua moja. Salvo que lleves un paraguas, claro. Ja, ja, ja.

Con siete años tenía una legión de amigos cuyo nombre estaba grabado en una lápida. Alberto Plaza, Eugenio Carrera, Luis Ángel Moratinos, César Moreno… Cada noche me visitaba uno y charlábamos. Ellos me contaban cómo era su vida anterior y yo les ilustraba acerca del hierro que contenían las lentejas y de la importancia de cepillarse los dientes o de acostarse pronto. Aprendí mucha basura esotérica, pero también una docena de enseñanzas terrenales que me acompañaron toda la vida.

Aquella casa al lado del cementerio pertenecía a mi abuela, que nos dejaba vivir a cambio de un cuarto de litro de sangre diario. Los lunes le tocaba a mi madre. Los martes a mi padre. Los miércoles a mi hermana. Los jueves a mi hermano pequeño. Los viernes a mí. Los fines de semana descansábamos. Tardé en averiguar por qué necesitaba tanta sangre. Y no. Vampiresa no era. Pensaba que padecía de una anemia recalcitrante y le salvábamos la vida cada noche. Ella era enfermera, así que sabía muy bien cómo actuar.

En el colegio nos enseñaron los tipos de sangre, y que había uno que los admitía todos. Ese era el de mi abuela. Y le funcionó, porque llegó a vivir tantos años que perdí la cuenta.

Algo más tarde descubrí que la sangre la utilizaba para aumentar el dramatismo de sus ceremonias.

Los sábados, la casa se llenaba de gente desconocida. La abuela los recibía con una sonrisa que a mí me ponía los pelos de punta y los acompañaba a la buhardilla, el lugar destinado a las sesiones de güija. Venían buscando consuelo, una última conversación con un ser querido que pululaba por el más allá, una señal de que seguían bien. ¡Bien! Ja, ja, ja. Su marido está muerto, señora. Quizás la visite de noche en forma de espíritu, pero destierre de su cabeza la idea de que está bien.

aquella casa al lado del cementerio
¿Quién sería capaz de dormir cinco minutos en un paisaje como este sin un desfibrilador a mano?

Mi abuela era una médium experta, un vínculo entre el más allá y el más acá con centenares de familias consoladas a sus espaldas. La forma de consolarlas era lo cuestionable, aunque muchas de esas mujeres y de esos hombres no se lo planteaban. Les bastaba con escuchar la voz de su familiar filtrada por las cuerdas vocales de mi abuela.

A los 10 años, empecé a encargarme del interruptor de la luz. Debía encenderlo y apagarlo en determinados momentos para crear un efecto de dramatismo que aumentase la propina. El ventilador que sofocaba las velas alrededor de la güija lo manejaba mi hermana. El imán debajo de la mesa lo instaló mi padre y la sangre la esparcía él por la buhardilla. Y mi madre le daba al play del casete con los gemidos y sonidos del más allá. Del más allá. Ja, ja, ja. Todo un puñetero engaño.

Nunca olvidaré la tarde que llegaron las gemelas. Su madre había fallecido una semana atrás y necesitaban conocer la combinación de la caja fuerte del dormitorio. Mi abuela era una actriz cojonuda, pero averiguar los números que sólo sabía una muerta… Digamos que sus dotes no eran ilimitadas.

Así que utilizamos el plan B. Y todo se fue a la mierda.

En los casos difíciles, mi abuela retrasaba la sesión por motivos de salud. Mi padre se colaba en la casa del cliente y recopilaba toda la información pertinente. En esta no dio con lo que necesitábamos porque un enorme gran danés le arrancó medio brazo y una pierna. La ambulancia no llegó a tiempo pese a los gritos de socorro que alarmaron a los vecinos. Se desangró en el dormitorio, junto a la caja fuerte. Y ni mi abuela con su exceso de sangre pudo hacer nada.

Días más tarde lo enterramos en el cementerio junto a nuestra casa. Y su espíritu se me apareció durante muchos años.

¿Que si seguía bien? Bien jodido.

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