Quince microrrelatos sobre un coche y un atropello

accidente de coche

Vi volar a una persona atropellada por un coche que iba delante de mí. Esa es una de las premisas que dejasteis en los comentarios del anterior post. Y, como os prometí, he escrito quince microrrelatos en base a esa idea. Si queréis dejarme alguna más en los comentarios, prometo repetir la experiencia. Aquí van los de hoy:

Cambio radical

La chica iba pensando que su vida necesitaba un cambio radical, cuando el impacto del coche la estrelló contra una papelera. Las pequeñas bolsas de basura con cacas de perro se desparramaron por la acera, junto a su cuerpo sin vida.

El parte

Vi cómo el conductor se llevaba las manos a la cabeza. El impacto del hombre había abollado el capó de su coche. De inmediato llamó por el móvil. Una ambulancia, pensé. Pero leí sus labios y entendí perfectamente la frase «quiero dar un parte».

Orden de alejamiento

La mujer sobrevoló el paso de cebra debido al choque. El conductor no se detuvo ni a mirar si seguía con vida. Yo me acerqué, arrimé la oreja a sus labios y me susurró: «estaba a punto de conseguir la orden de alejamiento». Y murió.

El récord

El hombre salió impactado a diez metros de distancia. Eso es un récord mundial de algo, pensé. Efectivamente lo era: el pensamiento más inoportuno de la historia.

Hora de la muerte

El Ferrari Testarrosa partió la columna vertebral de la chica por la mitad. Eso deduje por la forma en la que el cuerpo quedó abatido sobre el suelo. El conductor salió del automóvil, la tomó el pulso y dijo en voz alta: «hora de la muerte, catorce y treinta y siete». Y siguió camino del hospital a realizar una cirugía de urgencia.

El perro

Diez minutos antes había discutido con su novia. Todavía resonaba la última frase en su cabeza, no quiero volver a verte, cuando se cruzó por delante un paso de cebra y no supo frenar a tiempo. «Daría lo que fuera para que el perro no haya sido tal perro si no mi ex novia». Pero era un perro de pelo oscuro que guiaba a un invidente.

La abducción

Justo cuando el morro del automóvil iba a impactar en las piernas del hombre, el haz de luz de un platillo volante apareció sobre la escena y lo abdujo. Lo devolvió al año siguiente en otro paso de cebra, con veinte kilos menos de peso y los ojos perdidos en el infinito. Esta vez el coche impactó de lleno.

Youtube

La cámara del copiloto grabó cómo su coche lanzaba el cuerpo de la mujer por los aires. La repetición del vuelo a cámara lenta se convertiría en el vídeo con más visitas de internet durante la semana siguiente. Y los seguidores de su canal de Youtube se multiplicarían por mil.

Una pastilla de tranxilium cada ocho horas

La lluvia no era excusa. Ni los frenos rotos. Ni siquiera la llamada de móvil que descolgaba en ese instante. Debía haber detenido el coche. Aunque fuera tirando del freno de mano. La chica falleció en el acto. Y el tranxilium se presentó como su único amigo en la interminable agonía en la que se convirtió su existencia.

El polígono

El coche arrolló al hombre. El conductor no se detuvo. Ni siquiera llamó a los servicios sanitarios. Era de noche. No había nadie en la calle. La zona era un polígono industrial, desierto a esas horas. El hombre se desangró sobre el asfalto, y el conductor hizo la llamada que debía confirmar que su trabajo como asesino a sueldo se había cumplido.

El balón

No le gustaba envejecer ni ver a ancianos que le recordaban en lo que se convertiría. Hoy había decidido que el anciano del paso de cebra no merecía dar un paso más, pero al acelerar el coche se le cruzó un niño que salió de la nada a por un balón.

The walking dead

Llevaba pensando en la última escena de The walking dead desde que había cogido el coche. Por eso no se dio cuenta del hombre que cruzaba la calle. El golpe seco a la altura de la cadera a setenta y cinco kilómetros por hora le habrá matado, pensó. Pero el hombre se levantó, apoyó en el capó el brazo casi descolgado, y escupió una bola de saliva y sangre contra el parabrisas mientras se arrastraba hacia él gruñendo.

Ojos que no ven

Debido al impacto, el cuerpo saltó por encima del vehículo y aterrizó detrás de él. Ojos que no ven, corazón que no siente, pensó el conductor. Y arrancó el coche procurando no mirar por el espejo retrovisor.

El descuido

Cada día cruzaba por el mismo paso de cebra. Y cada día miraba a ambos lados desde que, en una ocasión, se llevaron por delante a la joven que caminaba delante de ella. La torticolis de hoy le impidió mirar a la izquierda. Y el impacto del coche no perdonó su descuido.

La ganga

Vio venir de lejos el automóvil. Un BMW Z3, el coche que siempre había querido. Si tenía que morir, que al menos lo hiciera atropellado por un cacharro con clase. El impacto desparramó los sesos sobre el capó. No hubo túnel de lavado capaz de desincrustarlos del metal. El dueño vendió el coche por la décima parte de su valor. Una ganga.

 

 

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Foto: Lulu Vision

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4 comentarios sobre “Quince microrrelatos sobre un coche y un atropello

  1. ¡Geniales los relatos!
    La idea que tengo para los próximos es tan aterradora que hiela la sangre en las venas. ¡Un examen de «mates»! Y no estoy hablando de baloncesto…

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