Procrastinación sin remordimientos

Pulsó el botón rojo del mando y envió la señal del televisor al olvido. Pronunció en alto una cifra de neuronas, trescientas cuarenta y seis. Calculó que, con esa pérdida progresiva, en diez años alimentándose de programas absurdos su inteligencia ya no estaría ni para resolver la sopa de letras impresa en el menú infantil de los restaurantes.

Se asomó al espejo del cuarto de baño con un cepillo de dientes en la boca. Mientras lo deslizaba por los molares y jugaba a imaginar que la espuma de la pasta dentífrica que sobresalía era un ataque epiléptico, vio el reflejo de su padre. Era él, pero de alguna forma el rostro de su progenitor se había reencarnado en el suyo veinte años después de su muerte. Arrugas parecidas, la mirada que había tras sus ojos, decenas de gestos imperceptibles, incluso la misma forma de perder el pelo, desde la frente hacia la coronilla. Le saludó mientras escupía un poco del agua que viajaba por el interior de su boca arrastrando dentífrico y restos de alimentos, secó sus labios con una toalla deshilachada y se dirigió a la taza del váter.

En el fondo del embudo de cerámica había una pasta de papel higiénico abandonada a media tarde y restos de orina a la espera del crujido de la cadena para iniciar su camino al mar. Taladró el papel con el chorro que bombeaba su vejiga y sopesó si tirar de la cadena o si aún soportaría una tercera evacuación. Una de las ventajas del divorcio era esa, la procrastinación sin remordimientos. Los platos de la comida y de la cena formaban un casteller en la pila de la cocina, las sábanas de la cama se retorcían como una serpiente buscando su presa bajo la arena, el cesto de la ropa sucia rebosaba en forma de cucurucho, las pelusas de las esquinas empezaban a construir apartamentos adosados.

Rebuscó su pijama en el primer cajón del armario, entre camisetas, calzoncillos y calcetines abandonados a su suerte y lo rescató más arrugado que uno de esos perros chinos a los que dan ganas de coger del rabo y de la cabeza y estirar su piel. Se quitó las zapatillas, las estampó contra el rincón, se vistió con los pantalones y la chaqueta, se tumbó en la cama y se arropó con las mismas sábanas de ayer, de antes de ayer y de la semana pasada. La lámpara de la mesilla, moribunda, lucía de manera intermitente. Un par de muelles del colchón chirriaban cada vez que se movía, como si sus relaciones sexuales fueran habituales y no un largo camino por el desierto. Un trozo de pintura se descolgaba del techo y amenazaba con suicidarse contra el suelo. Se arreglará, pensó, seguro que mañana al despertar todo habrá vuelto a la normalidad. Se revolvió, inquieto, sin atender el lamento de las cañerías, obviando la luz de la farola que entraba por la ventana a través de la persiana rota y se durmió ignorando el leve pero constante olor a gas que salía de la llave rota en la cocina y que afectaría a la habitación antes de que se diera cuenta.

 

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6 comentarios sobre “Procrastinación sin remordimientos

    1. En mi libro de relatos hay varios. Pero tienes razón, el optimismo pasa de refilón en lo que publico últimamente. Espero sorprenderte con los próximos 🙂

  1. “(…) como si sus relaciones sexuales fueran habituales y no un largo camino por el desierto. Un trozo de pintura se descolgaba del techo y amenazaba con suicidarse contra el suelo. Se arreglará, pensó, seguro que mañana al despertar todo habrá vuelto a la normalidad.”

    Prefiero este desierto intenso a normalidad. Estoy segurísima =)

    Genial!

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