Noventa y nueve escalones

escalera

Noventa y nueve escalones hasta el piso cuarto. Cada día de su vida. Noventa y nueve escalones que les provocan aguijonazos en los gemelos. Al final de la cumbre, la puerta de entrada a lo que una vez fue el paraíso. Noventa y nueve escalones que impiden la huida hacia la libertad. Demasiado esfuerzo físico. Como una cárcel sin rejas en medio del desierto.

Todavía recuerdan la época en que él subió con ella en brazos, tambaleándose de risas y debilidad, y cómo cruzaron la puerta de su hogar con la esperanza de un futuro de cuento. No importaba que la caldera fallase cada dos por tres, o que el colgador de la toalla se soltase a menudo, o que las lentejas se quemasen un poco; la aspiradora de la felicidad lo absorbía todo y lo dejaba impoluto. Nunca fueron tan dichosos como en aquella época. El salón de la casa parecía una pista de baile. Sus cuerpos transitaban por él, en trance, deslizándose con movimientos sincronizados al compás de una música deliciosa que sonaba en sus cabezas. Solían terminar en la cama, en donde fundían los cuerpos en una suerte de ceremonia satánica, en un baño de flujos, en una cacofonía de gemidos, en un homenaje a cada una de las películas pornográficas que habían visto en su vida. Eva aprendió a desinhibirse al conocer a Adrián. De estricta educación religiosa, sus muslos apenas habían sido rozados por la esponja del baño y un par de ginecólogos. Él la enseñó a disfrutar de su cuerpo, a estremecerse con cada embestida, a susurrar los deseos como si fueran mantras. En la primavera de su vida en común, Adrián fue el delicado jardinero y el extasiado visitante. Y Eva, la fruta prohibida.

El verano llegó exultante. El sol brillaba desde horas tempranas a través de las ventanas en la playa de su hogar. La bandera se izaba de color verde en la mayoría de las ocasiones y, cuando su tono era otro, Adrián y Eva se sumergían en busca de una ola que excitase sus vidas, que los arrastrase sin control, ignorando si volverían al reducto de paz en el que habían convertido las cuatro paredes.

En uno de esos veranos conocieron a Óscar y a Sara, los nuevos vecinos de enfrente, dos ejemplos de vidas echadas a perder por la droga. Ella se esnifaba hasta la harina de los bizcochos y él agujereaba su brazo como si ensartara aceitunas. Una noche, a Eva le pareció oír gemidos ahogados a través de la pared del salón. Adrián llamó a los servicios de emergencia, que aporrearon la puerta hasta que decidieron derribarla. Óscar y Sara bajaron los noventa y nueve escalones inconscientes, en brazos de los enfermeros. A los tres meses, un cartel de SE VENDE apareció colgado de la terraza.

En septiembre tuvieron una idea que les pareció brillante: «propongamos a los vecinos instalar un ascensor en este maldito edificio», pensaron casi al mismo tiempo. Y tras bucear en el proceloso mundo de los presupuestos, recolectaron media docena y lo soltaron en la reunión anual de vecinos. Las risas se escucharon a diez manzanas de distancia. Los costes eran inasumibles y perdieron la votación veintisiete a uno. Ahí comprendieron que subir esos noventa y nueve escalones era su penitencia por ser felices, y no había nada que pudieran hacer para cambiarlo.

El otoño llegó como un vendaval que amenazaba con arrasarlo todo. Discutían al ritmo que se caían las hojas de las plantas de su terraza. Los árboles, de tonos rojizos, inspiraban a sus mejillas, avergonzadas ante la batería de reproches que escuchaban. Hacía falta muy poco para que saltaran chispas, apenas un plato mal colocado o una tapa del váter sin bajar. Lo que al principio de la relación les parecía un gracioso defecto, se convirtió en una insoportable tara, un agujero de difícil escapatoria. La carrera de obstáculos exigía demasiada concentración, quemaba excesivas energías, y el público no aplaudía lo suficiente cuando superaban las vallas. El sexo era casual y torpe, una obligación física que no calmaba las ansias de ninguno. Lo que fue llama, ahora sólo era chispa. Y llegó el invierno.

Noventa y nueve escalones de subida al infierno. En el fondo, enterrada bajo capas de reproches y rencillas, la esperanza de un cambio, de que un interruptor encienda una luz inesperada e ilumine su vida. Adrián ha trepado hoy los noventa y nueve escalones con un mazo golpeando su cabeza. Eva los ha escalado entre lágrimas. La cumbre los esperaba a ambos congelada. Adrián ha encendido un pequeño fuego, un último intento de caldear su hogar. Eva ha acercado las manos y ha sonreído. Algo se ha iluminado en el rostro de Adrián, un recuerdo lejano, un rubor antiguo, una promesa de amor infinito. Eva le ha rodeado con los brazos invitándole a rectificar su huida, a buscar un sendero que coincida con el suyo, a que se hagan compañía hasta el final del camino. Esa noche Adrián y Eva se acuestan juntos, exploran sus cuerpos como dos recién enamorados, se sorprenden ante el hallazgo de un lunar o de una cicatriz, se entregan el uno al otro hasta que los volcanes entran en erupción y arrasan con todo.

De madrugada, las llamas devoran el edificio. Comienzan por el bajo y van subiendo sin dar muestras de cansancio hasta el cuarto piso. Adrián y Eva duermen plácidamente, enroscados entre las sábanas, con el amor renovado. Ella es la primera en escuchar el chillido de la sirena de bomberos y abrir un ojo. Despierta a Adrián, se envuelven en la manta y la colcha y se asoman al balcón. Abajo los espera una cama hinchable gigante. Y, mientras se arrojan al vacío, saben que han vencido, que los noventa y nueve escalones son pasto de las llamas y ellos han sobrevivido.

 

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7 comentarios sobre “Noventa y nueve escalones

  1. Menos mal, David. Esta vez nadie se achicharra. Final feliz o vuelta a empezar, según se mire y una vez más, un fragmento de realidad.

    Me encanta.

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