Navidad de cinco jotas

Alcanzamos la semana 20 del #RetoRayBradbury. En esta ocasión, el tercer (y último) cuento de Navidad. Aprovecho para felicitarte el nuevo año. Espero que las letras te acompañen en 2019.

Relato corto: Navidad de cinco jotas

Érase una vez una Navidad sin niños y unos niños sin Navidad. Érase una vez unos Reyes Magos sin cartas y unas cartas sin Reyes Magos. Unos camellos sedientos y un cubo de agua lleno. Sonrisas entre lágrimas y lágrimas de alegría. Una Navidad vacía y un vacío en Navidad.

En Navidad, Juan, Jorge y Jaime quedaron huérfanos. En el camino de casa al hospital, un taxista borracho les arrebató a sus padres y un milagro les permitió salir ilesos del accidente.

En un accidente Julia y Javier perdieron a sus tres hijos a los pocos meses de vida. Un camión de reparto impactó contra el lateral trasero del coche y quedaron destrozados. Los cinco.

Cinco años viviendo en casas de acogida, compartiendo cuidadores, camas, sudor y lágrimas. En ocasiones, si el personal se afianzaba en su puesto, los tres hermanos se dirigían a ellos como papá o mamá.

Mamá es lo que Julia había deseado toda la vida que le llamasen. «Mamá, tengo pis», «mamá, tengo hambre», «mamá, ¿me enseñas a bailar?», «mamá, me voy de casa».

De casa en casa de acogida. Juan, Jorge y Jaime, las tres Jotas, como les apodaban cariñosamente en algunas de ellas, no encajaban en ningún hogar. Eran inseparables. Por eso la dificultad se multiplicaba por tres.

«Por tres décimas de segundo», se repetía Javier a diario. «Por tres malditas décimas no esquivé a aquel camión de reparto». Y hundía la cabeza entre las piernas. Julia quería consolarle, pero no sabía cómo. Por el agujero que tenía en el pecho se escapaba el poco amor que le quedaba. Hasta ese 24 de diciembre.

Ese 24 de diciembre, un trineo recogió a Juan, Jorge y Jaime. Se subieron a él y sobrevolaron la ciudad hasta entrar por la chimenea de una casa llena, pero vacía. Todo aquello les pareció un asunto de cuento. El bagaje literario era amplio, a pesar de su corta edad. «¡Estamos volando en el trineo de Papá Noel!».

Papá Noel era un viejo gordo y antipático, apenas un recuerdo amable de su lejana infancia, un producto de marketing de una marca de refrescos. Julia y Javier no creían en él desde hacía miles de años. No encontraban motivo para lo contrario.

Lo contrario a subir. Eso le tocaba ahora. El trineo, que sobrevolaba la ciudad, enfiló hacia la azotea de un edificio triste. Los renos que arrastraban de él conocían la misión. Aterrizaron sobre el terrazo rojo y frío. Los niños bajaron del vehículo y, de una forma mágica, como sólo sucede en los cuentos, supieron a qué casa entrar.

Entrar en la vida de Julia era lo mejor que le había pasado a Javier. Más allá del drama, el viaje hasta allí había merecido la pena. Esa Nochebuena decidieron acostarse pronto y amarse. Y, quizás, empezar de nuevo.

De nuevo en un salón desconocido, en una casa extraña. Sin árbol de Navidad. Apenas un espumillón rodeando el pomo de la puerta. Juan, Jorge y Jaime se acurrucaron en el sofá y se quedaron dormidos.

Se quedaron dormidos profundamente. Julia apoyó la cabeza sobre el pecho de Javier y por un instante pensó que todo estaba bien, que el mundo seguía girando y el dolor desaparecería como un golpe en el pulgar del pie con la esquina de una mesa.

Una mesa cuadrada y seis sillas tapizadas en rojo acompañaban al sofá en el que dormían los tres pequeños. Eran como un pequeño milagro salido de un sueño.

Un sueño maravilloso. Javier y Julia despertaron de él y se abrazaron durante más tiempo del que lo habían hecho el último año. Después se encaminaron hacia el salón.

El salón brillaba y olía a vida. Juan, Jorge y Jaime, los tres regalos, abrieron los ojos y se encontraron a Javier y a Julia llorando. A través de la ventana, un trineo arrastrado por renos cruzaba el firmamento en busca de otro érase una vez.

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