Mi vida con Natalie Portman

natalie portman

Por una de esas felices casualidades que asoman de vez en cuando a la vida, una tarde coincidí bajo la parada de un autobús con Natalie Portman. Os lo juro. La adolescente protagonista de León y Beautiful Girls, la anodina reina Padmé del universo Star Wars, el cisne negro de final trágico, estaba dando buena cuenta de una hamburguesa frente a mí. Aquella pseudo carne sobresalía de su boca al ritmo que la masticaba, como si el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo se hubiera reencarnado en Natalie. Un verdadero asco. Pero yo no podía dejar de imaginar mi lengua dentro de su boca, removiendo aquel bolo alimenticio en el camino hacia su garganta. Sí, lo sé, de nuevo una imagen asquerosa, pero embriagadoramente tentadora.

—Buenas tardes —me atreví.

—Mbuemas fardes —respondió ella en un perfecto español atropellado por la hamburguesa.

He aquí una primera sospecha de que estaba inmerso en un sueño: la Natalie Portman real no habla ni una palabra del idioma de Cervantes.

—Admiro mucho su trabajo. Me enamoré de usted en Beautiful Girls, y hasta hoy. Veinte años masturbándome con su imagen en el televisor y ahora la tengo delante de mí. Gracias, dios mío.

La mayoría de esas palabras debería haberlas pronunciado dentro de mi mente, pero se las solté a la cara, como un secreto contado en la penumbra de un confesionario.

—Mfrafias, majo. —Tragó el último trozo de hamburguesa e introdujo el dedo meñique en su boca hasta alcanzar la muela del juicio y rescatar un amasijo de carne y pan agazapado tras ella.

—Esto es un sueño, ¿verdad? Voy a despertar en cualquier instante y las sábanas serán mis únicas compañeras.

—Seguramente. O no. Quién sabe. Aguarde un segundito… —Retorció su cuerpo y expulsó una ventosidad que se escuchó en la otra punta de la ciudad.

—Sí, debe de ser un sueño. Mi Natalie nunca se acercaría a cien metros de un tugurio de comida rápida. Y no se tira pedos.

—¿Cuántos años tiene? ¿Ocho? Pobre. La realidad siempre es más fea —y me dio un beso en la frente, como invitándome a que me metiera ya en la cama y la dejase en paz.

El autobús llegó, abrió sus puertas y subimos los dos. Otro signo de que estaba en un sueño: no picamos el billete y el conductor ni se inmutó. Esperé a que escogiese asiento y me acoplé a su lado.

—No me creo que mi pierna esté a punto de rozar la de Natalie Portman —confesé, de nuevo en voz alta.

—Ni yo. Y si lo hace, cuente con mi mano estampada en su cara.

—Me arriesgaré. Los sueños no dejan marca física. —Y nuestras pantorrillas se besaron.

El tortazo resonó en todo el autobús. Y dolió como un apendicitis. Casi deseé despertar, pero mi obsesión con Natalie me amarraba a aquella historia. Masajeé mi mejilla derecha con la mano opuesta y contraataqué.

—Te quiero. —No podía estar haciendo ridículo mayor.

—Ajá —pronunció con un suspiro. De su bolsillo sacó una chocolatina.

Entonces ocurrió algo que agradeceré eternamente al conductor del autobús: pegó un frenazo de narices. La ley de la gravedad y que el sueño se regía por mis reglas colocaron el trasero de Natalie sobre mis piernas. Llevaba un pantaloncito corto y estaba recién depilada. Faltaría más. ¿Os imagináis a toda una actriz de Hollywood con pelambrera en las piernas? La chocolatina voló por los aires y aterrizó en el escote de un pez globo, que dio buena cuenta de ella. Yo a esas alturas ya no me preguntaba por la misteriosa naturaleza de los acontecimientos. Seguía su curso como si el profesor fuera un gurú con seis másters y amplio reconocimiento docente.

—¿Y cuál es tu siguiente proyecto, Natalie, cielo, cariño, cosita linda?

—Deshacerme del lastre.

—Pero qué palabras tan bonitas conoces, amorcito: lastre. Si le añades una ese parece que estás diciendo la hora. Jejeje.

Mis réplicas rozaban el patetismo más deleznable. Ahora, desde la distancia que otorga la realidad, sé que debía haberme pellizcado el brazo para despertar antes del truco final, del triple salto mortal con doble tirabuzón que intenté. Pero no. Me empeñé en ahondar en la herida vergonzante que me estaba infligiendo. Y la cagué del todo.

—Escucha. Tengo una casa muy bien apañada. Y sé cocinar un arroz blanco con tomate decente y te puedo freír unas croquetas y unos calamares.

—¿Me estás proponiendo una cena? ¿En tu casa? Ni en sueños.

—Mantenía al menos esa esperanza… ¿Y si te pago por ello?

Y se echó a reír. Mucho y a un volumen altísimo. Para que se diera cuenta todo el mundo. Humillado en mi propio sueño.

—O sea, que no —insistí. De perdidos al río. O from lost to the river, como dirían sus compatriotas.

—No. Te lo puedo decir también en inglés: no.

La bajé de mis pantorrillas y me despedí de ella como de la nómina la primera semana de cada mes.

—Adiós, mi princesa. Te veré en las pantallas de cine o en los emekauve de las páginas de torrent.

Pulsó el botón de aviso para la siguiente parada y se desvaneció al mismo tiempo que pitaba la alarma de mi mesilla. Curiosamente, me levanté con la energía de un atleta, me duché como para una primera cita, me afeité como para una entrevista y desayuné como si estuviera en un bufé de lujo.

Justo antes de abrir la puerta para salir de casa, Natalie Portman la aporreó desde el otro lado reclamando sus croquetas y su arroz blanco con tomate. Y no la abrí.

 

Suscríbete y te regalo la Guía definitiva que te ayudará a comprobar que tu relato está listo para enviarse a un concurso literario. Y cada dos semanas te enviaré un correo de contenido inédito, varios enlaces de interés y un recordatorio de mis artículos por si te los perdiste.



¿Qué te gusta?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.