Mi vida como escritor (II)

influencias literarias

A raíz de la publicación de la primera parte de la entrevista conmigo mismo he recibido numerosas amenazas de muerte de mi propio yo. Esto lo escribo dentro del armario, con la luz de una vela, sin un espejo cerca para que yo no pueda encontrarme. Desde este escondrijo trataré de confesar algunos otros vicios que adornan mi escritura, tics que colecciono casi desde niño, rutinas que impiden que caiga en el pozo de las páginas en blanco, mentores, influencias literarias y excusas para procrastinar. Huy, qué tarde. Mejor lo dejo para mañana…

Ya es mañana. He sustituido el interior del armario por el baño. He echado el pestillo, enviado al espejo de cara a la pared y aplicado desodorante en barra a mis sobacos ya que pasaba por aquí.

Vicios

Comenzaré confesando mis no vicios: no fumo, no bebo y no consumo drogas, tres de los más extendidos. En ocasiones me los he planteado como lanzadera creativa: un porro de marihuana para describir la escena de un unicornio amamantando a un bebé, seis copazos de güisqui con los que recrear un delirium tremens o una raya de coca para simular la estupidez humana, pero el miedo a que el monstruo me atrape ha vencido a la curiosidad.

Mi vicio secreto es merendar a diario un vaso de leche con una docena de galletas. No creo que de ahí extraiga la fórmula de la novela perfecta, como mucho caries, dolorosas visitas al dentista y una silueta redonda. Otro vicio: las libretas. Si algún día me da por convertirme en un asesino en serie, los detectives que lleven el caso descubrirán decenas de ellas al registrar las estanterías de mi casa. Como en Seven. Cierto es que las nuevas tecnologías (en qué momento dejaremos de adjetivarlas así, nuevas) les empiezan a robar protagonismo, pero me resisto a dejar de escribir en ellas, aunque sea ideas sueltas.

Tics

Colecciono tics desde niño. Eso he confesado en el primer párrafo. Una licencia poética para llamar la atención y arrastraros a leerme. Y si habéis llegado hasta aquí, exitosa. De niño sí tenía tics, de los que por fortuna sólo conservo uno, y esporádicamente. Es un tic mental que me sirve para poner los pies en el suelo, para recordar de dónde vengo, que aún soy aquel pequeñajo, aquel adolescente imberbe e inocente, aquel joven torpe y asustado que soñaba con escribir la gran novela española del siglo XX y que aún aspira a conseguirlo en el siglo XXI si el otro tic, el del reloj, no avanza demasiado deprisa.

Rutinas

Rutinas también tengo. Ya adelanté una en la primera parte de Mi vida como escritor: madrugar y aprovechar el silencio para crear. Ahí va otra: antes de añadir una palabra, releo lo que escribí el día anterior para comprobar si se parece más al balbuceo de un bebé que a un trozo de literatura. Otra más: renovar mi pacto diario con el diablo bebiendo la sangre de una rata que haya matado con mis propias manos. Esta cuesta más. No todos los días encuentro ratas en mi casa, y en mi barrio hay varios restaurantes chinos, así que ni hablamos de cazar una en la calle.

Mentores

Mi único mentor fue un señor al que yo adoraba de niño y al que acorraló la paranoia durante gran parte de su vida. Terminó perdiendo la cabeza de tal forma que un día me acusó de enviarle fantasmas desde mi Spectrum 48 K. En otra ocasión estuvo a punto de incendiar la casa en la que vivía junto a sus hijos. Que mi abuelo haya sido mi mentor dice muy poco de mi habilidad a la hora de elegir referentes, pero fue el único que alentó mis escritos, que me confió los suyos y que me hizo prometerle que un día los continuaría. Algún día, abuelo. De verdad. Primero tengo que exorcizar mis propios demonios. Y quizás necesite unos cuantos años más.

Influencias literarias

Suelto chispazos: la facilidad de la prosa de Paul Auster, la originalidad de los cuentos de Quim Monzó, el sendero por el que nos va guiando hacia lo inesperado Cristina Fernández Cuevas, la suciedad de Bukowsky, los ensayos literarios de Ray Bradbury, lo intrincado de Borges, la narración interior de Muñoz Molina, la imaginación de Boris Vian, el interminable vocabulario de Miguel Delibes, el mecanismo de las historias de Agatha Christie, los laberintos de Kafka, El guardián entre el centeno, La conjura de los necios… Con que mis historias transpiren la décima parte de su talento, me doy por satisfecho.

Los comics forman parte de mi biblioteca desde niño. Con mi primer sueldo empecé a fomentar otro de mis vicios, el coleccionismo, y hoy empapelan la pared de mi estudio historias de Joan Sfar, Moebius, Pratt, Hergé, Paco Roca, David B., Peeters, Jaime y Beto Hernández, Luis Durán, Bill Watterson, Quino… No sé si mejor o peor, pero desde luego no sería la misma persona sin ellos.

Otras influencias

Devoro series de televisión, decenas de ellas, desde Game of Thrones hasta The Affair. A veces me pregunto si no me roban un tiempo precioso que podría dedicar a escribir. Pero no lo puedo evitar. Necesito alimentarme de ellas. Y creo que ellas alimentan a su vez mis relatos, así que es un intercambio justo.

He crecido junto a su hermano mayor, el cine: Tarantino, Wilder, Chaplin, Nolan, Almodóvar, Berlanga, Ernst Lubistch, Clint Eastwood, Woody Allen, Scorsese… Sus películas dan vueltas dentro de mi cabeza como una melodía que no se quiere ir, que me atrapa en los momentos más inoportunos. Maldigo a los hermanos Lumiere por crear el cinematógrafo y toda la belleza que trajo con él. Fin de la psicología negativa.

La música es imprescindible en mi vida. Excepto cuando escribo. No logro concentrarme, da lo mismo el estilo. Tan solo aguanto compases de la instrumental o la clásica, pero entonces me influye su ritmo. Si escucho algo triste las comedias me salen dramas. Si es alegre, mis párrafos se aceleran y escribo las escenas íntimas a la carrera, que no digo yo que en ocasiones no le venga bien esa velocidad para que los amantes echen el polvo y eviten las sospechas de sus parejas oficiales. Evitar la música mientras escribo. Esa es una de mis premisas innegociables.

La publicidad, un diálogo en el Metro, los folletos del Mercadona, el prospecto de una medicina, una discusión familiar… A todo se le puede sacar jugo. Sólo hay que acercar el oído y llevar una libreta para anotarlo. Sí, una de esas por las que me condenarán cuando mi asesino en serie interior salga a la luz.

Muchas otras cosas influyen en mi escritura, como la muerte de mi padre, o haber conocido a mi mujer, o el nacimiento de lo mejor que he creado nunca, mi hijo. En realidad casi todo lo que pasa alrededor afecta a mis historias para bien o para mal. La literatura es como un gigantesco robot de cocina en el que vas echando ingredientes hasta que pulsas el botón y te sale un salmorejo delicioso o un puré que no hay invitado que se trague. Mi objetivo es conseguir al menos una estrella Michelín en el proceso de conocerme. Que no es poco.

Ahora os dejo, que tengo que cambiar de escondite antes de que yo mismo me encuentre y me interrogue para sonsacarme con quién he estado. Y no os conviene que mi otro yo sepa que ha sido con vosotros.

 

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4 comentarios sobre “Mi vida como escritor (II)

  1. Y dices que no te drogas?

    Pues no lo llevas mal compañero.

    Enhorabuena de todas maneras, has conseguido que me lea los dos relatos de un tirón y eso sólo lo consiguió Tolkien con el señor de los anillos en siete días.

    Muy bueno David!!

    1. ¡Muchas gracias, Pablo! Que conste que eso no era un relato, sino un texto reflexivo. Te invito a que leas algún relato en mi blog o en mis libros que sé que guardas como un tesoro en casa, entre otras cosas porque las portadas son tuyas 🙂

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