Mi vida como escritor (I)

Mi vida como escritor. David Generoso sorprendido ante la cámara

Miles de lectores me asaltan a diario por la calle y justo después de pedirme un autógrafo me preguntan cuáles son mis rutinas a la hora de escribir… ¿Cómo que exagero? Yo no exagero nunca. Bueno, está bien. Me ceñiré a los hechos.

Decenas de lectores me envían correos de vez en cuando para conocer mis manías como escritor… ¿Tampoco? Qué perspicacia. Ni que llevaseis encima la lupa y la pipa de Sherlock Holmes. Reinicio.

Una vez mi madre, medio drogada por un par de nolotiles, pronunció un susurro casi indescriptible que yo traduje al instante: hijo, háblame de tus rarezas de escritor. Y la palabra de mi madre es casi tan sagrada como la de mi mujer. Pero antes de enfangarme hasta la cintura, confesaré que de los siete mil millones de habitantes del planeta, sólo yo mismo he accedido a entrevistarme. El resto ha ignorado mi propuesta por aburrida, innecesaria, intrascendente o porque había fútbol.

Me recibo en una salita con las persianas entornadas, como si no quisiera saber nada del resto del mundo. No me ofrezco ni un vaso de agua, quizá para obligarme a terminar enseguida.

Soy David Generoso, encantando de conocerme.

—Lo mismo digo.

—Me envía mamá a que nos cuentes tus hábitos, rutinas, manías y cualquier otra tontería que hagas para sentirte escritor.

—Los que intentamos juntar palabras con algún sentido y sin muchas faltas de ortografía, somos muy poco dados a encadenarnos a un esquema.

—David, estoy dentro de tu cabeza. SOY tu cabeza.

—Supongo que no tengo muchas más salidas que vomitar la verdad.

—Exacto.

Coge aire, mucho, como si fuera a hinchar un globo. Se acomoda en el sofá y se dice a sí mismo:

—Al final te (me) mataré y nada de esto saldrá publicado.

—No te preocupes de eso ahora y limítate a contestar. ¿A qué hora escribes?

—De lunes a viernes a las seis de la mañana y sábados y domingos a las siete. Procuro madrugar mucho más que el resto de mi familia y robarle tiempo al sueño. Pero esto, que debería ser una rutina inamovible si quiero publicar con regularidad, varía en función de cómo haya ido la noche. A ciertas edades el cuerpo te exige más horas de sueño y no le vale con escuchar el pitido de una alarma para arrancar el día.

—¿Te tiras a por el café o primero te duchas?

—Nada de eso. Me olvido de mi yo exterior por mucho que me chille al oído que necesita café, sentirse limpio, o evacuar la vejiga, y me centro en la creación literaria. Ya vendrá después el cuidado personal, cuando el silencio haya abandonado mi hogar.

—David, soy tu cabeza. Si vamos a empezar con mentiras lo cuento yo todo.

—Está bien. Tú lo has querido.

—Yo no. Tú.

—Déjame explicarme. El retrete es mi amigo fiel de seis a seis y cuarto. Lavarme la cara con agua gélida para despejarme es fundamental. A veces lloro en el cuarto de baño rogándome unos minutos más en la cama, pero nunca me los concedo. Uso el desodorante en barra y el cepillo interdental.

—Al final va a resultar que los escritores sois (somos) personas y no deidades literarias. ¿Te consideras una especie de D.I.O.S.?

—Absolutamente. Mi capacidad de dar vida, matar, secuestrar, robar, enamorar, engañar o hacer feliz a mis personajes, me autoriza a ello.

—Estás chalado. Y que mantengas una conversación contigo mismo frente al mundo, tampoco ayuda a desviar esa idea.

—Tú has empezado.

—Ya, pero es que yo soy tú.

—Joder. ¿Y cuándo podré salir de este laberinto?

—Cuando te contestes a unas sencillas preguntas. Por ejemplo, ¿escribes siempre en el mismo sitio?

—Lo intento, pero un cachorro de teckel me lo impide desde hace unas semanas.

—¿El perro de los vecinos?

—Ojalá. Tengo al enemigo en mi propia trinchera. Al intenso esfuerzo de madrugar, he de añadir la habilidad de acoplar a mi rutina la necesidad de cariño y juego que requiere el animal.

—¿Alguna otra queja que quieras compartir con nosotros?

David se levanta a por una cerveza, la abre con habilidad y brinda consigo mismo.

—Sí. La fuerza de voluntad tiene un límite. Noto que me estoy acercando demasiado y madrugar para escribir depende de ella.

—Acuéstate antes.

—No tendría vida familiar y eso podría derivar en no tener vida familiar, pero con mayúsculas.

—Así escribirías a tu antojo.

—No querría. El tiempo ya no sería un problema, claro, pero saldrían a la luz otras cuestiones mucho más importantes relacionadas con el fundido a negro, la falta de cariño, el alejarme de mi hijo o el no poder abrazar a mi mujer. Todo contribuiría a amontonar páginas en blanco.

—Ya que has (hemos) sacado el tema, ¿cómo la afrontas?

—Desde que escribo en un procesador de textos, no existe la página en blanco. Los párrafos se van acumulando en cascada sin delimitaciones. Pero como sé que te refieres a la sensación de empezar de cero, te voy a responder muy clarito: lo llevo jodidamente mal.

—Como diría nuestro temido profesor de historia de COU, desarrolla tu respuesta.

—Es una sensación angustiosa, de tocar el fracaso con los dedos, como si corrieras a coger un tren y siempre llegases dos minutos tarde.

—Espera al siguiente.

—No hay otro hasta el próximo día. Y el proceso vuelve a empezar: troto como un desesperado, golpeo paredes, me llevo por delante a la gente, abandono por el camino la maleta y hasta la vergüenza, pero nada.

—Nada, no. A veces llegas a tiempo. Hoy, por ejemplo. Esto lo escribes a las siete de la mañana y el vagón parece cómodo. Yo me quedaría un rato más.

—Tienes razón. Hoy he picado el billete de milagro. Veremos si llego a la estación final o me arrojan por la ventanilla en un giro de los acontecimientos.

—¿Además del ordenador, escribes a mano?

—Siempre que puedo. Las libretas me inspiran más. Quizá sea porque desde pequeñito escribo en ellas y hay algo de revivir la infancia, de convertirme en mi yo bajito y verlo todo con sus ojos. La mirada de un niño. Esa sí que no entiende del miedo a la página en blanco.

—Lo vamos a dejar aquí.

—¿Para siempre? Empezaba a gustarme esta introspección a dos bandas.

—No. Sólo de momento. Otro día seguimos. Ahora hemos de despertar a nuestro hijo y prepararle para enfrentarse al mundo.

—Esa página en blanco me da más miedo.

—Y a mí.

—Pues nada, te dejo que cojas los mandos.

—Por favor, sigue tú.

—De verdad, no me importa.

—He dicho que dirijas tú.

—Insisto. Sigue tú…

—¡Papá! ¡Me hago pis!

Abandono la incomodidad de la entrevista y corro a abrazar a mi hijo un día más.

(Continuará)

 

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