Marcos

Tras noventa minutos de sudoroso y denodado esfuerzo, guiada por las órdenes de la matrona y jaleada por enfermeras y por su propio marido, la mujer trajo al mundo a un niño. El padre miró asombrado al pequeño, y no tuvo más remedio que confirmar todas y cada uno de las advertencias de algunos de sus amigos, ya padres expertos, que insistían en la caricatura de persona que era un recién nacido; pero intentó convencerse a sí mismo de que, una vez aseado, vestido y bajo el prisma del amor incondicional, huiría cuando menos de la imagen que ahora le venía a la cabeza: aquel ser digital de la película de El señor de los anillos que suplicaba que le devolvieran su tesoro.

Con una sonrisa que venía a decir más o menos “no sabes la que te espera”, la matrona le plantó al bebé entre sus brazos. Se resistió a llamarle Marcos, nombre convenido con su mujer, o hijo, más genérico pero que, pensaba, comprometía mucho más. Le sujetó la cabeza como si agarrara una valiosa joya y observó que de sus pequeños ojos, precozmente abiertos, procedía un leve tono azulgrana que plantó la primera decepción en su cara.

Era pequeño, pensó, su cuerpecito apenas completaba la distancia entre su mano y su codo. Y no hablaba. Nada. Ni una palabra. Ni siquiera un saludo al entrar en el campo de juego que era la vida. Había mucho trabajo que hacer con él: enseñarle a sonreír, a no aceptar caramelos de desconocidos, a silbar a los árbitros, a no rebasar el saldo del móvil, a masticar veinticinco veces los alimentos, a aplaudir las buenas jugadas, a no robar, ni matar, ni extorsionar, por mucho que la televisión dijera lo contrario.

En el paritorio había sangre, líquido amniótico, restos de placenta, sudor justificado, lágrimas de felicidad, sutura que cosía tejidos con precisión más o menos milimétrica, una luz cegadora como de mil focos, miles de aplausos y vítores, pañales todavía blancos, una toquilla de punto, un gorro minúsculo con su cabecita incorporada, dos ojos ahora casi cerrados, una boquita que seis meses después pronunciaría mamá por primera vez, una radio de fondo que narraba goles en un español acelerado… El hombre aguzó el oído. Su mujer, que luchaba contra el dolor del vaciado y la sutura con apenas restos del calmante corriendo por sus venas, se aventuró a decir:

–¿No es lo más bonito del mundo?

Él quiso componer una sonrisa, de veras que lo intentó, pero enseguida se le llenó la cabeza del realmadridunobarcelonacuatro que justo ahora terminaba y él, que era merengue hasta la médula, no pudo sino apretar los puños, morderse los labios y pronunciar:

–Precioso. Como un gol por toda la escuadra.

Si te ha gustado este post, compártelo en tus redes sociales y suscríbete para recibir un correo con nuevos contenidos. Y si te apetece leer alguno de mis libros de relatos, en Amazon o aquí slider1

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.