La máquina del tiempo era una silla plegable de Ikea

máquina del tiempo de IKEA

Cuando terminamos de discutir, la tristeza lo invadió todo. Alguna vez imaginé la escena en mi cabeza, y nadie salía vencedor; excepto el tiempo, que se paseaba entre Eva y yo sabiendo que, al final, las cosas encajarían en el lugar predestinado para ello. La amistad llegó a un punto de no retorno, traspasó límites para los que no había vuelta atrás. Eva recogió del suelo los pequeños muñecos de plástico, los introdujo en una bolsa de tela y se marchó del parque con pasos cortos. Yo me quedé pensando si tirarme de cabeza por el tobogán o dar patadas a un balón que rodaba sin dueño cerca del arenero de los perros. Tenía siete años, tres semanas y dos días, y una vida entera para reírme de aquello.

La semana transcurrió bajo unos parámetros extraños. Mi padre se subía por las paredes debido a cierto proyecto al que daba los últimos retoques. En varias ocasiones traté de que me contase los pormenores que le agobiaban tanto y que se aprovechase de una mente privilegiada como la mía. No en vano, con dos años ya resolvía divisiones de varias cifras y, con cuatro, había leído hasta el último ejemplar de la biblioteca del salón. Pero mi padre se encerró en su burbuja, una que diseñó y construyó personalmente, y ya no encontré la manera de acceder a él. Y menos mal, porque en aquellas horas dio forma a su elogiada máquina del tiempo. Qué poco podíamos sospechar la repercusión que tendrían esas semanas. Mi madre y yo sentíamos su ausencia de forma diferente. Ella necesitaba de las caricias, de que sacase el más sincero de sus gemidos en la oscuridad de la noche. Yo requería de él un intelecto a mi altura, un rival para debatir sobre ecuaciones de séptimo grado (sí existen, las descubrí yo), para jugar intensas partidas al ajedrez circular (ese lo inventó mi padre), para compartir mis dudas (pocas y concretas) acerca del mundo.

El dieciocho de abril de dos mil diecisiete, una tarde con precipitaciones de siete litros por metro cuadrado y con un viento racheado de veinte kilómetros por hora, a las siete y cuarto según el reloj de pared del salón y las siete y dieciséis según el de la cocina, mi padre desapareció un instante delante de nuestras propias narices. Mucho se escribiría sobre aquellas tres décimas de segundo: un espacio de tiempo insignificante para las rutinas diarias, un mundo a explorar para la ciencia. Esa noche, el hombre de mirada inquieta que recordaba a mi padre y cuyo físico se parecía más a mi abuelo, nos confesaría entre temblores que había estado viajando a través del tiempo durante treinta y cinco años.

Aquella noticia nos costó digerirla. Mi madre calentó chocolate e hizo tortitas con miel. Así superábamos las tragedias en la familia: un enorme tazón de chocolate y una columna de tortitas con un chorro de miel, una tradición que viajaba en el tiempo desde mi tatarabuela. Quizás ahora podría conocerla, pensé. Si mi padre me permitiera usar la máquina, viajaría hasta su cocina y la convencería de que el azúcar a largo plazo es como el arsénico en las distancias cortas.

Mi padre ya no era el hombre que solía ser. Pisar los cadáveres destrozados de una batalla medieval, bañarse en mares custodiados por pterodáctilos, sorber una taza de té frente a Winston Churchill, oler la mierda de caballo que Atila dejaba a su paso, curiosear entre las obras de la pirámide de Keops. Todo eso le había cambiado. No eran sólo las arrugas que deformaban su cara, o las bolsas debajo de los ojos, o el pelo gris que cubría su cabeza. Era algo más profundo, una sabiduría que no parecía estar dispuesto a compartir con nadie, ni siquiera conmigo.

Una noche que cayó rendido en la cama, forcé la cerradura de su despacho alentado por mi madre. Mientras me tomaba un chocolate disuelto en leche caliente, revisé varios montones de papeles y un par de carpetas con una palabra escrita a rotulador: CONFIDENCIAL. En la primera hallé las instrucciones de la máquina del tiempo. Durante la noche memoricé cada detalle y, al amanecer, coloqué la carpeta en su sitio y salí corriendo de allí.

Mi padre nos miraba desde una posición de superioridad, como Neal Armstrong cuando regresó a la Tierra después de hollar la Luna. La máquina del tiempo parecía haber congelado su corazón. Se convirtió en un extraño para nosotros, un tipo que aparecía en el desayuno, nos gorroneaba los cereales y se ocultaba tras la puerta de su despacho hasta que el sol era ya un recuerdo lejano.

La noche siguiente volví a irrumpir en su templo sagrado. Según el manual de la máquina, bastaba con pensar el lugar y la época a la que querías viajar, y ella se encargaba del resto. Lo más difícil fue dar con el aparato. Su apariencia era la de una silla plegable de Ikea. De hecho, era exactamente una silla plegable de Ikea. Mi padre las consideraba el invento que a él le hubiese gustado patentar: cómodas, prácticas y baratas. Para homenajearlas, utilizó una de ellas como asiento. En un rincón de la habitación, detrás de cajas de papeles y pequeños artefactos que yo le ayudé a diseñar, encontré la silla. Era de color negro, y salvo una pegatina con el texto “máquina del tiempo”, no se distinguía del resto de sillas plegables que vendía la multinacional. La rescaté del rincón, la abrí en medio del despacho de mi padre y valoré los posibles destinos del viaje. Descarté la época de los dinosaurios porque el cine los había banalizado. Y en la que navegaban a sus anchas los piratas, porque no quería terminar caminando sobre una tabla para dar de comer a los peces. La tentación fue grande al recordar la promesa que me hice de convencer a mi tatarabuela de resolver los conflictos con una infusión relajante. Pero al final me decidí por viajar en el tiempo una semana hacia atrás.

Cuando llegué al parque, Eva todavía jugaba conmigo. Mi única misión consistía en evitar que dos niños superdotados discutiesen y rompieran su relación. Y que, veinte años más tarde, ella cocinase con la ayuda de sus dos hijos un bizcocho mientras yo escribo estas reflexiones en la habitación de al lado.

 

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