La metamorfosis

Cuando Gregorio Samsa despertó una mañana después de un sueño intranquilo, retiró las sábanas y descubrió horrorizado que se había convertido en un monstruoso bebé. De su boca surgían apenas balbuceos y la percepción que tenía de las cosas había cambiado, como si se hubiera tragado la galleta “Cómeme”. Todo era enorme, desde la almohada en la que se recostaba hasta las gafas de la mesilla. Trató de incorporarse pero rodó hasta el borde de la cama, se balanceó y cayó al suelo.

Lloró durante horas. Hasta que las lágrimas inundaron la habitación y empezó a bucear como si de una enorme placenta se tratara. La presión del líquido abrió la puerta y la corriente le arrastró hasta el salón. Para entonces sus padres habían abandonado la casa y se habían marchado a vivir a París, atraídos por el aroma intelectual y las baguetes recién horneadas. Huérfano pues, gateó hasta la cocina y empezó a alimentarse de monstruosos insectos negros que correteaban por los rincones. No fueron días fáciles, pero un poco con ayuda de la vecina, y otro poco con su instinto de superviviencia, salió adelante.
Años más tarde desapareció en el intestino de un laberinto burocrático.

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