La habitación

Pensó que la luz que conseguía atravesar la persiana distorsionaba las formas de su habitación hasta hacerla irreconocible. O que un exceso de nocturnidad y alcohol había borrado de su memoria muros, adornos, olores y rutinas. O lo más aventurado de todo, que una familia de alienígenas se encaprichó de él, le abdujo una noche de tormenta eléctrica y le construyó una mala réplica de su casa en el último rincón de la galaxia. Aun a riesgo de equivocarse, descartó la tercera opción. No se creía mucho lo de la vida inteligente en otros planetas. Ni siquiera en el suyo.

No recordaba si era miope, así que tanteó buscando una mesilla o un mueble en el que reposaran unas gafas como explicación definitiva a la desorientación. Si iba a levantarse de aquella cama para explorar el resto del lugar, debía proveerse de todas las armas posibles. Pero no encontró nada, ni un simple taburete en el que colocar un despertador. Le entristeció el minimalismo absurdo en el que vivía, aunque concluir que su vista era de lince pese a la edad que se calculaba a ojo, ¿treinta y cinco?, ¿cuarenta?, le animó.

Incorporó su cuerpo lentamente y se sentó en el colchón. Un ligero mareo, aderezado con un leve dolor de cabeza, asomaron la patita. Se acercó a la ventana y tiró de la cuerda de la persiana para subirla. En el exterior, un tanto vidrioso, el sol mostraba ya su cara. Reflexionó sobre su significado: si fuera amanecía, ¿dentro de la casa también, o el interior se regía por las normas de la electricidad, por la tiranía de los enchufes, las bombillas y los interruptores? La tensión en la cabeza creció, rápida y punzante. No era momento de pensar en tonterías.

En un rincón encontró un par de zapatillas con un estampado floral de mercadillo de domingo y se recriminó su pésimo gusto un segundo antes de comprobar que sus pies no entraban ni reduciéndolos con la técnica de los jíbaros. Una mujer, concluyó. Estaba casado. Pero un vistazo a su dedo anular lo descartó enseguida. Un ligue. Sí, eso debía de ser. Una noche loca con final feliz. Ese razonamiento le convenció. Hasta que se miró en un espejo de cuerpo entero que había en otro rincón de la habitación y supo que vestía un pijama. ¿Y si su mente previsora llevaba en el maletero del coche un pijama por si dormía en casa ajena? Eso le gustó. Un tipo organizado. Aunque le pareció raro. En pleno éxtasis, apretados contra la pared y matándose a besos, nadie en su sano juicio detendría la acción para bajar al maletero a por el uniforme de dormir. Y después del coito, menos. No hay mujer que ceda a la separación, ni siquiera momentánea, después de haber compartido fluidos y emociones hasta alcanzar el orgasmo.

Deslizó la puerta corredera de un armario empotrado que hacía frontera en la pared sur y descubrió estanterías repletas de patucos, bodys con corchetes, jerseicitos, camisillas y el resto de telas manufacturadas que acompañan el crecimiento de un bebé. Pero el hallazgo más sorprendente fue comprobar que, la ropa que unos segundos atrás le parecía destinada a vestir a las muñecas, ahora le encajaba como un traje de neopreno. Algo distorsionaba su percepción de las cosas, razonó equivocadamente.

Recorrió la habitación buscando micrófonos, cámaras ocultas, huellas tecnológicas que le ofrecieran una pista. Y, al mirar tras el cabecero de la cama, se golpeó contra el muro invisible. Era una barrera que lo rodeaba todo, como si estuviera en un recipiente de cristal, en una pecera enorme y sin agua, en una botella gigantesca en la que hubieran introducido su dormitorio para gastarle una broma pesada. Que todo fuera un sueño no se le pasó por la cabeza. Y lo descartó completamente cuando un ser de cuatro ojos descolocados, un agujero en el lugar de la nariz, orejas azules y cuadradas y el cuerpo del tamaño de una sequoia, apareció frente a él. El alienígena, se dijo. Sacó del armario unos patucos, un conjunto azul pastel, se vistió como para una fiesta de disfraces y empezó a llorar.

Al principio logró sus deseos berreando. Abrió la boca, hinchó los pulmones y expulsó el aire deformándolo en un chillido jurásico del que se hubiera sentido orgulloso un tiranosaurus rex. Una pasta deforme y maloliente, pero de sabor exquisito, fue el primer recurso que utilizó Xght561K, el nombre de su nueva madre. El hombrecillo se la comió untándose los dedos y llevándoselos a la boca. Con el siguiente berrido, la madre probó a ofrecerle un líquido. No se merecía el calificativo de agua, la concentración de materiales pesados y elementos desconocidos alejaban ese nombre a mil millones de kilómetros de distancia, pero se bebió el recipiente de un trago. El tercer llanto apestó, literalmente. Xght561K no entendía cómo aquel ser diminuto concentraba tal cantidad de residuos y gases malolientes. Afortunadamente su especie tenía un agujero en lugar de nariz y la náusea se disipó rápido. Será el regalo perfecto para mi hija una vez que elimine estas absurdas necesidades, pensó Xght561K al tiempo que arropaba al curioso ser con una réplica de la sábana que encontró en su habitación de la Tierra.

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Despertó con la sensación de haber sufrido la pesadilla más espantosa en la historia de las pesadillas espantosas. Un gigantesco acuario. A eso había quedado reducida su vida. Un pez de colores golpeando su nariz contra un cristal. Se levantó de la cama, aliviado porque todo se había tratado de un sueño, se acercó al espejo del rincón y comprobó con horror que aún vestía su conjunto azul pastel y unos patucos a juego. Y, resignado, berreó exigiendo su comida.

 

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2 comentarios sobre “La habitación

  1. “A eso había quedado reducida su vida.”

    La misma luz que distorce la habitación, puede ser la luz para lo irreconocible demostrar a nosotros mismos.
    Encantada con la luz, lo irreconocible y la vida reducida.

    Podría compartir en el facebook? =)

    Saludo con relatos de poesia.
    Bia

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