Relato corto: Demasiada inteligencia artificial

La inteligencia artificial lo abarca casi todo. Demasiado, quizás. En realidad, asusta hasta dónde puede llegar. Con esa premisa, he escrito el relato número 28 para el #RetoRayBradbury. Espero que lo disfrutes y corras la voz. Aún estamos a tiempo de cambiar el mundo.

Relato corto: Demasiada inteligencia artificial

La inteligencia artificial fue el principio del fin. Pensamos que era el mayor avance desde que inventamos la imprenta. El mundo cambió a pasos agigantados. En pocos años, el progreso fue exponencial. La IA pasó de resolver una ecuación por segundo a miles de millones en un nanosegundo. Y a crearlas y planteárselas a sus semejantes en un juego de lógica.

La perspectiva era maravillosa. El conocimiento humano explotaría en una miríada de estímulos, de emociones, derribando barreras impensables apenas unos años antes…

El punto de inflexión llegó cuando las máquinas superaron a los humanos y empezaron a tomar mejores decisiones. O, al menos, más racionales. Qué paradoja. Las máquinas usando la razón y sacándonos ventaja también en eso.

Todos sabíamos que la especie que conquistaría el universo no sería la nuestra, sino la de ellos. ¿Quién vivía –perdón por la licencia— sin necesidad de oxígeno, alimentos o descanso?

El viejo sueño de la humanidad de construir colonias en el espacio, tenía fecha de caducidad. Y no precisamente de una lata de conservas; más bien la de un yogur.

Cuando las máquinas de inteligencia artificial tomaron decisiones más acertadas que la humanidad, nos reunimos y, en una de esas interminables sesiones de encorbatados, concluimos que ya era el momento de soltar las riendas y que las cogiesen otros.

Y sellamos nuestro final.

inteligencia artificial

Primero eliminaron cualquier forma de transporte que contaminase. Excepto las bicicletas y los patines, no dejaron nada. Bueno, sí, nuestras piernas con sus correspondientes pies.

En segundo lugar, desintegraron las armas. Aleluya, gritamos algunos. Pero la intención no era evitar que nos matásemos los unos a los otros.

Después desconectaron los dispositivos de comunicación. Ahí ya cuestionamos la orden.

La cuarta medida fue de altura olímpica: destruyeron los campos de alimentación genética. Uno tras otro. Y los reemplazaron por bosques, praderas, lagos artificiales… Una vuelta a los orígenes.

Hace unos meses, el alto mando de la inteligencia artificial, tomó una decisión cantada: exterminar a la raza humana. Tenía sentido si lo que buscan es preservar el planeta.

Ellos son más inteligentes que nosotros. Y, con cada nueva generación de máquinas, la diferencia aumenta millones de kilómetros. Seguramente sea la única salida. Pero no nos rendiremos jamás. El instinto de supervivencia, algo de lo que carecen las máquinas, nos lo impide.

En este sector de la ciudad, la comida desapareció hace semanas. Los números impares de las calles salieron elegidos por sorteo para alimentar a los pares. Pocos son los resignados a ceder su cuerpo para salvar al resto y muchos los que trataron de huir. No duran ni cinco minutos. De lejos se ve el resplandor azul y el olor a quemado se expande por toda la ciudad, como un aviso a navegantes.

La espera es lo más angustioso. Maldigo el día que elegí el portal número diecisiete para vivir.

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