Fuego en las manos

Qué escribir - Fuego en las manos

Me he despertado con frío. Los dedos encogidos, los pies como si paseara descalzo por la nieve. Me he abrigado con un batín, unos calcetines y he frotado las manos hasta que ha salido fuego. Es una pequeña habilidad que tengo desde la infancia: siempre que escribo, creo fuego con las manos. Da lo mismo si el texto posee un tono realista o se trata de una fantasía espacial; el protagonista, en algún momento de la historia, se frota las manos y genera llamas que suelen quemarlo todo. Es el precio que debe pagar por la habilidad. Sueña con el día en el que lo controle, en el que sepa aplicar la fricción adecuada para encender un cigarrillo, o tostar el pan del desayuno, o chamuscar el pelo de quien se lo merezca. De vez en cuando se plantea disfrazarse y salir por las noches a vigilar la ciudad. ¿No debería poner ese don al servicio de los vecinos? Defenderlos de atracadores, de psicópatas, de políticos a los que se les ha subido el cargo a la cabeza. El fuego lo purifica todo.

Luego está lo de las barbacoas. Los amigos le llamarían para que las encendiese y mantuviese vivo el fuego. Chuletas, chorizos, morcillas y cerveza cada fin de semana. Una tentación tan grande como los niveles de colesterol, que en su caso ya rozan el límite de lo analizable. Por eso, piensa, mejor que no controle la habilidad. Y si un día abrasa a la vecina sin querer y tiene que esconder las cenizas entre la basura, es el precio mínimo que la humanidad debe pagar porque exista un tipo con semejantes poderes.

Al despegar los dedos del teclado, el fuego desaparece. Vuelvo a ser una persona normal, con mis rutinas, mis desesperantes manías, mi calvicie congénita, mi asombro ante lo absurdo. Una persona que trata de comprimir las tareas para realizarlas en el menor tiempo posible. Y dedicar el resto a escribir. A generar fuego con las manos. A viajar a lomos de un dragón a mil pies de altura. A tragarme mariposas para que revoloteen por el estómago. A zurcir calcetines y calzoncillos rojos para disfrazar la realidad. A crear vidas de mil años y días de minutos. A sorprenderme con un giro de la trama que no había contemplado. A enamorarme de un personaje. A odiar a otro. A no perder la esperanza con un tercero. A escarbar en el jardín del nuevo vecino y descubrir un cadáver. A pilotar un avión que se precipita hacia el mar. A cocinar una tortilla de patata en casa de Natalie Portman, que está en el salón principal esperando con una servilleta anudada al cuello. A sobrevivir doce días en el interior de un ascensor, recibiendo la comida por una pequeña rendija entre los pisos cuarto y quinto.

Escribir es como vivir, pero también morir, en la medida en que los personajes lo hacen. Soy cada uno de ellos, aunque la protagonista sea una entrañable anciana de ciento doce años. Forman parte de mi ADN. Comparten conmigo el intestino, un pulmón, un riñón, sueños y actitudes. Si ellos sangran, yo me levanto a por agua oxigenada. Si lloran, me sueno la nariz y me enjugo las lágrimas. Por eso es tan excitante escribir: porque tengo mil vidas, mil razones que acarician mi rostro cuando suena la alarma a las seis de la mañana y me susurran que vaya con ellas, que destape las sábanas y corra a por la libreta y un bolígrafo, que prepare café porque la sesión va a ser intensa y me necesitan despierto para captar todo lo que tienen que contarme. Y yo me lavo la cara con agua muy fría, añado un par de cucharadas extra de café molido a la cafetera, enciendo la vitrocerámica, saco una taza del armario de la cocina, encesto un cubo de azúcar desde un metro de distancia, bailo un tango con la escoba al compás de la música que suena en mi cabeza y apago el fuego eléctrico cuando la cafetera crepita avisando de que está lista para ser consumida.

Y mientras bebo el café a tragos cortos, froto las manos y el fuego comienza a insuflar vida a todas aquellas palabras en una especie de rito primigenio, de hechizo aprendido de otros libros, de otros autores que a su vez recibieron el conocimiento de libros y autores diferentes. Todo está ya escrito, contado de una u otra forma, como una sensación de déjà vu. Juraría que he tecleado las mismas palabras en decenas de ocasiones. Quizás un matiz diferente en algún punto, pero, en esencia, el resultado no cambia: escribir es un juego con un tablero infinito, cuyas reglas dicta el escritor e interpreta el lector de acuerdo a su experiencia vital. Y el premio es un viaje a donde tú quieras.

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