La extraordinaria e inolvidable epopeya de un par de gafas

Érase una vez un par de gafas olvidadas sobre una mesa junto a un plato de croquetas y una ensalada de la casa a treinta y cinco con cincuenta. El propietario, en un arrebato de pánico, había colgado el móvil, se había levantado de la mesa y había huido del restaurante como si su coche, en doble fila, estuviera luchando contra la grúa para evitar que lo devorase. 

Érase una vez un par de gafas olvidadas que recogieron sus patillas y se arrojaron al suelo, junto a las servilletas de papel, los huesos de aceituna y el barro de los zapatos. Y recorrieron mundo de punterazo en punterazo hasta que un cliente las recogió y, en silencio, se las guardó en la chaqueta.

Érase una vez un par de gafas encerradas en un bolsillo, a oscuras, sin nada que ver más que unas monedas, el ticket de un aparcamiento y un diente ensangrentado que al dueño le habían arrancado en una pelea y que guardaba con la esperanza de que un dentista competente se lo colocara en el futuro.

Érase una vez un par de gafas sin su nariz habitual y recluidas en una casa ajena, que sobrevivían inquietas aguardando su momento de salir por la puerta y coger un taxi. Pero pasó el tiempo y la oportunidad no surgía. Y a fuerza de rutinas y resignación empezaron a considerar aquellas cuatro paredes como su hogar. Les compraron una funda de terciopelo, una toallita y un spray para limpiar sus cristales y las apoyaron en una nariz con una horrible cicatriz.

Érase una vez un par de gafas que ya apenas recordaban a su primer dueño. Los puños silbaban habitualmente a su alrededor. Pero su dueño, solucionado su problema de miopía, los esquivaba con facilidad. Y las gafas, cómplices de aquellas victorias, fueron felices para siempre.

 

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