Érase una vez un cuento de Navidad

Érase una vez un niño que, como buen niño, lo quería todo y unos padres que, por desgracia, no tenían nada. Érase una vez un niño que no entendía por qué cada año, después de obedecer escrupulosamente a sus padres, los Reyes Magos ignoraban su carta y le dejaban regalos diferentes y juraría que usados. Pero lo aceptaba. Érase una vez unos padres que se empeñaban en luchar contra molinos y gigantes para alimentar la ilusión de su hijo, que invertían hasta la última gota de sudor en que cada noche de Reyes un par de juguetes dibujaran una sonrisa en el rostro de lo que más querían. Érase una vez un niño que perdió la inocencia una gélida mañana de colegio y que empezó a ver a sus padres de otra manera, a comprenderlos, a admirarlos. Érase una vez unos padres que rompieron a llorar cuando su hijo les confesó que había descubierto la verdad, que ya no era necesario que dedicaran sus esfuerzos a colocar bajo el árbol un par de juguetes, que en su cuarto había suficientes para divertirse durante tres vidas. Érase una vez un seis de enero en el calendario, érase una vez un niño que madrugó más que nunca para dirigirse a la habitación de sus padres y regalarles un terremoto de besos, érase una vez dos juguetes que esperaban junto al árbol de Navidad a que las pequeñas manos de un niño rasgaran el papel y dedicara una sonrisa a los padres más afortunados del mundo.

 

 

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2 comentarios en “Érase una vez un cuento de Navidad”

  1. … un telescopio
    Mientras le lanzaba piedras y palos al mango que estaba en el centro del oscuro solar, en medio de la noche fría y llena de punticos de luz como los del techo de su cuarto, se quedó contemplando las estrellas y decidió qué le pediría al Niño Jesús ese año.
    Llegó el 24. Y como todos los años, se dijo y se prometió, firmemente, que éste año sí lo esperaría despierto para descubrir quién era realmente el Niño Jesús. Sin embargo, siempre se quedaba dormido en la salita y amanecía en su cuarto. E inmediatamente, se asomaba debajo de la cama y conseguía lo que le había pedido, que invariablemente era un carrito de madera con ruedas de chapas. Pero este diciembre, la pequeña radio que un día su papá le había traído a su madre,único objeto de lujo en el miserable rancho, lo distrajo y lo hizo cumplir con su promesa.
    La madre, que se había quedado dormida, rendida por el cansancio, se despertó sobresaltada por el llanto de su hijo. Se incorporó, se dirigió hasta el rincón donde estaba el niño chorreando lágrimas que se confundían con el jugo amarillo del mango, y le preguntó: «¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?» Y el muchacho, que con una mano se estrujaba un ojo, le señaló, con la otra, donde tenía una fruta a medio comer, la radio.Y le dijo llorando: «¡Que mataron al Niño Jesús!» En el momento en que el rostro de la mujer se iluminó,como la superficie de un pozo cuando la toca cualquier partícula,con una sonrisa que desapareció apenas esbozada, como las ondas del pozo al llegar a la orilla, el locutor dijo: «¡La hora en su emisora feliz:la una y treinta de la madrugada…! Repetimos la información anterior: ¡Hace pocos momentos fue muerto a balazos un hombre en el interior de una tienda! El desconocido no portaba documentación alguna. Solamente se encontró, en uno de sus bolsillos, una carta donde se le pide al Niño Jesús un telescopio… ¡La hora en su emisora feliz: la una y …!»
    Del pecho de la mujer brotó un quejido corto y frágil, como si fuera el último que le quedara dentro, y cayó. Produciendo ese ruido opaco y odioso, como el de las frutas maduras al estrellarse contra la tierra húmeda del solar.
    Pedro Querales. Del libro «Fábulas urbanas».

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  2. Espíritu de Navidad I
    Conmovido por el espíritu de Navidad, que invadía a todos y a todo, el dictador ordenó que pintaran el paredón de fusilamiento y que lo adornaran con campanas, guirnaldas, lazos de colores, bambalinas y otros motivos navideños.

    Espíritu de Navidad II
    Conmovido por el espíritu de Navidad, el dictador se levantó muy temprano, en la madrugada, tomó un pote spray y escribió sobre el paredón de fusilamiento: ¡Feliz navidad!

    Espíritu de Navidad III
    Como era Navidad , el dictador ordenó que antes de fusilar a los cuatrocientos presos, pintaran y adornaran con motivos navideños el paredón de fusilamiento.

    Dictador humanista
    Era muy tierno el dictador. Hizo sembrar un bello jardín de margaritas a un lado del paredón de fusilamiento.. Los días de ejecuciones, tomaba una y la hacía girar entre sus dedos. La veía enternecido y arrobado durante unos instantes. Se la acercaba a la nariz y aspiraba su dulce aroma con los ojos entornados. Después la volvía a poner frente a sus ojos y empezaba a deshojarla: «Sí… No… Sí… No…Sí… No…Sí… ¡Fuego! El siguiente» Y tomaba otra margarita.

    Pedro Querales. Del libro «Fábulas urbanas»

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