Érase una vez un cuento de Navidad

Érase una vez un niño que, como buen niño, lo quería todo y unos padres que, por desgracia, no tenían nada. Érase una vez un niño que no entendía por qué cada año, después de obedecer escrupulosamente a sus padres, los Reyes Magos ignoraban su carta y le dejaban regalos diferentes y juraría que usados. Pero lo aceptaba. Érase una vez unos padres que se empeñaban en luchar contra molinos y gigantes para alimentar la ilusión de su hijo, que invertían hasta la última gota de sudor en que cada noche de Reyes un par de juguetes dibujaran una sonrisa en el rostro de lo que más querían. Érase una vez un niño que perdió la inocencia una gélida mañana de colegio y que empezó a ver a sus padres de otra manera, a comprenderlos, a admirarlos. Érase una vez unos padres que rompieron a llorar cuando su hijo les confesó que había descubierto la verdad, que ya no era necesario que dedicaran sus esfuerzos a colocar bajo el árbol un par de juguetes, que en su cuarto había suficientes para divertirse durante tres vidas. Érase una vez un seis de enero en el calendario, érase una vez un niño que madrugó más que nunca para dirigirse a la habitación de sus padres y regalarles un terremoto de besos, érase una vez dos juguetes que esperaban junto al árbol de Navidad a que las pequeñas manos de un niño rasgaran el papel y dedicara una sonrisa a los padres más afortunados del mundo.

 

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