Érase una vez (o dos)

érase una vez

Érase una vez un rey despiadado que en otra época fue bondadoso y justo. Érase una vez una torre con la altura de mil hombres y la superficie resbaladiza como el jabón, que un hechizo levantó junto a un castillo. Érase una vez una princesa, encerrada en lo alto del cilindro desde que cumplió doce años, que jamás había pisado discoteca alguna ni plaza con botellón. Érase una vez una rana con el exterior de rana y el interior de princesa, que croaba entre nenúfares esperando la llegada de un caballero que besara sus babosos labios. Érase una vez una bruja de nariz puntiaguda, verrugas de champiñón y un humor de perros, que pagaba con las princesas sus nulas opciones de ser la portada del Elle; ni siquiera la imagen que acompañaba al cupón de suscripción y que solía ilustrar un granjero con pelos en las orejas. Érase una vez un dragón borracho, el último de su especie, que escoltaba una biblioteca legendaria, una fuente absoluta de conocimientos. Érase una vez un reino desolado por el hambre, esquilmado por su odioso rey para disfrute personal. Érase una vez una reina cansada de la crueldad de su marido, que ya no justificaba ni la ausencia de sus dos hijas.

Cuenta la leyenda que, un día de glorioso recuerdo, llegó al reino un caballero venido de lejanas tierras. Cabalgó varias leguas, hasta que el caballo no pudo más; se bajó del animal, acarició su crin parda, sujetó la brida y siguió a pie el resto del camino. Se asombró ante la belleza de los árboles, el canto de los pájaros o la luz del sol reflejada en el río. El caballero se entretuvo en la orilla jugando con una rana que croaba dulcemente y, sin querer, la aplastó. Apesadumbrado, recogió al animal, lo acercó a sus labios y le dio un dulce beso que rompió el hechizo. A su lado surgió una hermosa princesa con un dolor de cabeza espantoso que, lejos de recriminarle al caballero el pisotón, le agradeció su gesta. Los escritos narran que se miraron a los ojos durante unos segundos, pero que en verdad fueron horas, y ya no pudieron separarse el uno del otro: quizás el hechizo original se había convertido en una poción de amor. O en pegamento. Cabalgaron a lomos del caballo hasta alcanzar el castillo del padre de la joven. La muralla los recibió con los brazos abiertos. Los rostros de los soldados se iluminaron a su paso, los aldeanos cuchichearon excitados y corrieron de un lado para otro transmitiendo la noticia; hasta los perros ladraron de alegría: la hija del rey había regresado.

Cuenta la leyenda que el rey, borracho como un puñado de marineros en tierra, salió a recibirles con los pantalones por las rodillas. Y, viendo que en verdad era su hija, rompió a llorar. La princesa fue a abrazarle y juntos crearon un charco a sus pies del que empezó a brotar una pequeña planta. Y juran los que allí estuvieron que el tronco creció ante sus ojos y enseguida alcanzó una altura considerable. Durante varias jornadas se fue enredando en la torre, abrazando la estructura circular y creando una vía de acceso. El caballero, queriendo agradar a su futura suegra, prometió que esa misma mañana subiría hasta lo alto.

Los primeros metros fueron fáciles. Sus poderosos brazos trepaban como un mono y el cansancio no aparecía. A medida que acortaba la distancia a la cumbre, los músculos flojearon y se agarrotaron casi hasta desfallecer. Al anochecer se ató a una rama de grosor considerable y descansó. Aquí las canciones de los trovadores no coinciden: unas hablan de que la cuerda falló y el caballero se precipitó al vacío, en donde le recogieron unas hadas que depositaron su cuerpo en el mismo lugar; otras, las más razonables, cantan la gesta describiendo una noche de ronquidos hasta el amanecer. De una u otra forma, al día siguiente continuó la escalada. Al mirar hacia abajo las personas eran hormigas y, un par de horas más tarde, apenas huevos de hormigas. El caballero, experto en mil batallas, disputaba la más importante: vencer su miedo a las alturas. Por eso, al comprobar el minúsculo tamaño de los que horas antes eran princesas, reyes y reinas de la misma altura que él, le temblaron las piernas. Pero se afianzaron en cuanto observó un punto negro a lo lejos: la princesa asomada a una ventana. Esa pobre chica necesitaba su ayuda. Él era lo que la separaba de la libertad. Y de las discotecas.

Cuentan que el caballero sacó fuerzas de flaqueza y subió con cierta agilidad. La cumbre se acercaba, y la princesa adquiría una proporción similar a la suya. Entonces el caballero se fijó en su rostro: nariz redondeada, ojos enormes, una sonrisa que parecía dibujada para captar pretendientes y una luz en su mirada que le iluminó el camino. De repente, todo le parecía más fácil: las manos se agarraban a la rama correcta, los pies se enganchaban en el punto exacto para no caer y la cabeza procesaba cada resquicio vegetal para elegir la ruta más rápida. Antes del siguiente anochecer, el caballero pudo abrazar a la princesa, hermana de su anterior hallazgo, y rivales en belleza. Y narra la leyenda que ella se montó sobre su espalda, cruzó los brazos alrededor de su cuello y ya nunca quiso separarse de él. La bajada fue más rápida. El caballero estaba familiarizado con el camino, y parecía flotar por encima de las ramas. En una mañana y una tarde, pisaron tierra firme. El rey y la reina los recibieron con gran alegría y, durante semanas, el vino, la carne y las bromas de los juglares estuvieron a disposición de cualquiera que se acercase. Y ya nunca más exprimirían a su propio pueblo.

El caballero fue recompensado con un pequeño castillo más allá de los mares del Norte. La vida se le ponía de cara. Hasta que llegó el momento de pedir la mano de una de sus hijas al rey. La elección de su consorte se paralizó mientras resolvía un pequeño detalle: acabar con la bruja que les había privado de sus hijas durante años. Nadie había sido capaz de acercarse a ella. Su poderosa voz pronunciaba hechizos a distancias considerables. Era intocable incluso para el rey.

Cuenta la leyenda que, al amanecer, tras una noche de reflexiones, el caballero marchó en busca del tesoro custodiado por el último dragón. Y después de cabalgar durante jornadas, alcanzó la biblioteca en la que, pensaba, hallaría un modo de acabar con la bruja. El legendario animal deambulaba borracho, así que el caballero saltó sobre él, escaló por su escamoso cuerpo hasta alcanzar su cabeza, y gritó detrás de sus orejas: «¡espabilaaaaaa!». El dragón abrió un ojo, pero era viejo y tenía sueño, y lo volvió a cerrar. «¡Espabilaaaaaa, guardián de la sabiduría!», insistió el caballero. Esta vez resopló e hizo un esfuerzo por abrir los dos. Una voz que podría surgir de lo más profundo de una montaña, y que apestaba a cerveza, eructó:

—¿Qué buscas aquí, hombrecillo?

—Necesito encontrar la manera de acabar con la bruja para poder casarme con una de las hijas del rey —respondió.

—Hacía mucho tiempo que no escuchaba a alguien hablar de amor. Desde que falleció mi adorada Falfiar. Está bien. En la estantería de remedios caseros, en la T, busca un libro titulado Cómo soportar el hechizo de una bruja sin morir en el intento. Y ojalá triunfe el amor.

El caballero agradeció la generosidad del dragón y corrió hacia la biblioteca. Horas le llevó dar con el ejemplar aconsejado. Cuando lo tuvo entre sus manos, miró en el índice y enseguida dio con la solución: necesitaba buscar dos piedras redondas con el tamaño justo para introducírselas en los oídos. «Vaya estupidez», pensó. Y se puso a ello. En los alrededores de la biblioteca encontró guijarros de diversos tamaños, pero ninguno que se ajustase al hueco: o eran muy pequeños —en un par de ocasiones estuvieron a punto de quedarse dentro— o eran demasiado grandes y no cabían. Cuenta la leyenda que, desesperado, el caballero tuvo un instante de inspiración que no se repetiría durante el resto de su vida: anudó unas hierbas hasta lograr el diámetro exacto de su agujero y, comprobando en el oído derecho que encajaban, fabricó un segundo tapón para el izquierdo. Si cualquiera de las princesas hubiera visto lo cerca que estaba de un espantapájaros al introducirse los dos hatillos en los oídos, la descendencia del caballero habría corrido serio peligro. Trató de subir al caballo de un salto, su maniobra habitual, pero el animal se asustó de las orejas de su amo y desplazó las patas unos metros. Resultado: el caballero se estampó contra el suelo. Se recompuso y, tranquilizando al equino, introdujo el pie en el estribo, agarró la brida y, por fin, marchó en pos de la bruja.

Narra la leyenda que, llegando a territorio enemigo, escuchó unos susurros, que en realidad eran alaridos de la bruja. Y no afectándole los hechizos, se aproximó hasta su guarida, desenvainó la espada y, de un solo tajo, cortó la cabeza de la anciana; aún estuvo un rato moviendo la boca y bailando los ojos, como un rabo de lagartija que se retuerce agarrándose a la vida. Metió la cabeza en un saco y cabalgó raudo hacia el castillo, con intención de casarse ese mismo día. Ya no recordaba la última vez que exploró el cuerpo de una mujer. Las sangrientas batallas no le dejaban tiempo más que para recomponer sus heridas, y él no era hombre de prostíbulos. Ahora por fin haría caso a su madre y sentaría la cabeza. «Y en buena silla», pensó. Alcanzó la muralla y enseguida le reconocieron. La puerta se abrió y accedió al interior al galope, esquivando a aldeanos que sólo querían felicitarle por su hazaña. El fuego le consumía por dentro. El rey y la reina, junto a sus dos hijas, le esperaban en el salón del trono. El caballero confió su montura al paje de las cuadras y atravesó la estancia a la carrera, sudando de deseo como un cerdo. A la altura de la familia real, desenvolvió el saco y quedó a la vista la cabeza de la bruja. Cuenta la leyenda que el rey la reina se abrazaron aliviados, y que las dos princesas saltaron de alegría, se arrojaron sobre el caballero y llenaron su rostro de besos.

—Debes escoger a una de mis hijas —le pidió el rey.

—No puedo elegir a una, su majestad —respondió.

—¿Cómo que no? Es una orden, no un ruego.

—No se trata de eso.

—¿Entonces qué te ronda por la cabeza?

—Estoy enamorado de ambas. Nunca podría escoger a una por delante de la otra —confesó.

El rey y la reina se miraron largo rato, como si la telepatía fuese para ellos una comunicación habitual. De vez en cuando dirigían la mirada a sus dos hijas, que sonreían. «Lo cierto es que, si no fuera por él, nuestras queridas niñas seguirían bajo el hechizo de la bruja», pensó la reina de manera tan intensa que el rey escuchó las palabras en su cabeza. «¿Qué insinúas? ¿Que debe quedarse con las dos?», preguntó el rey. «Eso depende de ellas, aunque no me parece una solución disparatada», dijo la reina. «¡No nos importaría!», interrumpieron ambas princesas. «Pero bueno, si os estoy escuchando», dijo la reina con un tono de felicidad. «Sí, mami. Tantos años encerrada en una torre dan para muchas cosas. También he aprendido a silbar sin las manos y a darle la vuelta completa a mis ojos», dijo una de ellas. «Y yo a hacer nudos con la lengua», interrumpió la otra. «Está bien, no nos desviemos del tema. Aunque lo de la lengua me parece una gran idea para una serie de televisión. Cuando existan la televisión y las series, claro», dijo el rey. «Cariño, que te vas por las ramas tú también», dijo la reina.

Mientras todos estos pensamientos tenían lugar, cuenta la leyenda que al caballero le dio tiempo a hacerse las uñas, a aprenderse de memoria el número de baldosas con las que contaba el salón del trono —mil seiscientas treinta y cuatro—, a componer un poema épico y a echarse una cabezadita. La telepatía exigía un esfuerzo intenso y consumía demasiado tiempo. No le veía mucho futuro.

«Siempre he sido fiel a vuestra madre, hijas. La monogamia me parece lo correcto como forma de matrimonio. Sabéis que no soy perfecto, y últimamente he cometido barbaridades que no son dignas de vosotras tres. Pero lanzo una idea: deberíais contemplar la posibilidad de compartir las dos vuestra vida con este caballero», dijo el rey entra lágrimas. «¡Sí, queremos!», respondieron de manera sincronizada las princesas. «Pues no se hable más… Quiero decir, que no telepatiemos más, o como narices se diga. Corto y cierro», se lio la reina.

—Hemos tomado una decisión —aseguró el rey.

—Ardo en deseos de conocerla —y en verdad el caballero ardía en deseos. Era mucho tiempo ya sin catar mujer.

—Te casarás con mis dos hijas.

—Me parece una gran idea, su majestad. ¿Puedo besarle la mano?

—¡Qué dices, insensato! Bueno, un beso corto.

Y, tras besuquear el dorso de la mano del rey y achuchar a la reina con un interminable abrazo, agarró de la cintura a las princesas, morreó a una y a otra alternándose, y salió corriendo hacia los aposentos más cercanos. Y cuentan los que pasaron por allí, que esa noche hubo aullidos y fuegos artificiales en el dormitorio, y que, al día siguiente, y durante el resto de los días de sus vidas, comieron perdices entre lágrimas de felicidad.

Narra la leyenda que el reino recuperó todo su esplendor. El rey nunca más volvió a perder los papeles, y la reina le amó hasta el último estertor. El dragón borracho siguió escoltando la biblioteca, hasta que aparecieron los libros electrónicos y murió de pena. Y de cirrosis. Y la cabeza de la bruja, clavada en una estaca del patio del castillo, se convirtió en lugar de peregrinación para gente de todo el mundo, que dejó un buen dinero en las arcas del reino.

————— Fin ——————-

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4 comentarios sobre “Érase una vez (o dos)

  1. Domingo, siete y media de la madrugada, no encuentro palabras adecudas ni para calentar el café, así que “me ha gustado mucho el cuento” es suficiente. Mañana más

    1. Domingo, nueve y media de la noche de un día agotador. Me alegra leer el comentario de alguien que ha disfrutado con uno de mis relatos. En cuanto al café, la clave está en gritar muy fuerte a la cacerola: ¡caliéntate o te dejo que se te beba el perro!

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