El reloj despertador

Reloj despertador R2D2

La mayor parte de mi infancia la pasé vigilando obsesivamente un reloj de Star Wars para que no le faltase cuerda. El cabrón de mi padre me metió en la cabeza que si el tiempo se detenía, mi vida también. Lo hizo a esa edad en la que asumes cada frase enunciativa de tus progenitores como un mantra, como si estuviera grabada en piedra, desde la mentira más gorda hasta la verdad más evidente. Cómo si no íbamos a tragarnos el cuento de los tres Reyes Magos y su generosa noche o el del ratoncito Pérez y su vocación de odontólogo.

Un par de años antes habían estrenado La Guerra de las Galaxias y toda su poderosa maquinaria de marketing se puso en marcha para conquistar el imperio. En la balda superior de mi estantería, junto a dos peluches de Donald y Mickey, descansaban las figuritas de metal de Luke Skywalker, Han Solo y la Princesa Leia. Y en la balda inferior, fabricado en plástico duro, un reloj que imitaba la forma del entrañable robot R2-D2, mi pesadilla nocturna.

Cada noche giraba la manecilla de su espalda hasta llegar al tope con la esperanza de despertar al día siguiente. Aun así, dormía con un ojo abierto, o eso pensaba yo. Escuchaba hasta caer rendido el tictac del mecanismo, la rutina perfecta, su ritmo cardíaco que aprobaría con nota cualquier examen médico. Vivía completamente convencido de que, si se detenía aquel reloj, mi vida habría terminado. Soñaba con gigantescas ruedas dentadas que giraban aprovechando el impulso de las anteriores, con olas que se deshacían en la playa una y otra vez, con espirales infinitas, con serpientes que se mordían la cola. Mi vida era un reloj de cuerda atado a mi cuello.

A los nueve años se me olvidó dar vueltas a la rueda. Fueron dos semanas de fiebre alta y vómitos descontrolados. Pero cada mañana seguía despertándome. Mientras a la rueda le quede cuerda, todo irá bien, pensaba entre alucinaciones.

Al décimo día el reloj se paró. Yo no me di cuenta hasta cuarenta y ocho horas después. Cogí a R2D2 del pescuezo, entré en el despacho de mi padre, me acerqué a él y le exigí una explicación. Todavía resuenan sus palabras en mi cabeza, era una broma, hijo, no pensaba que te lo fueras a tomar así, anda, ve a jugar con tus cosas.

—Esa noche y las que siguieron dormí a pierna suelta, pero con una contrapartida: desde ese día ronco, cariño. Ronco como un ogro en su caverna.

—Me traen al fresco los traumas de tu infancia. Quiero que vayas a ver a ese especialista mañana mismo. Eso, o habitaciones separadas.

 

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4 comentarios sobre “El reloj despertador

    1. Tienes razón. Quizás funcionar una respuesta del tipo “una noche vinieron unos alienígenas y me advirtieron que si ese despertador dejaba de funcionar, la Tierra sería conquistado. Y ahora déjame que siga preparando esta maleta, que me voy a un sitio de paredes muy blancas y ataduras muy cortas”. 🙂

  1. Jajaja, sí, yo también me esperaba un final más filosófico-existencialista y no tan prosaico, pero me ha sorprendido y me ha sacado una sonrisa, así que nada mal!

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