El peligro del amor

La primera vez que la vi, caminaba descalza por la calle; digamos que levitaba y por eso no usaba zapatos. Pertenecía a ese club exclusivo de mujeres que quitan el hipo, que activan nuestros instintos más primarios, que primero aderezan nuestra vida con picante y luego lo revuelven todo, pretendiendo guisarnos con patatas.

La segunda vez, disolvía un pedacito de carne en su boca, o martilleaba una grasienta hamburguesa entre sus fauces, según otros puntos de vista descaradamente sesgados. Habían transcurrido apenas cinco minutos desde el primer encuentro, pero yo ya tenía claro que no iba a separarme de ella nunca más. Vestía sábanas de algodón que me acariciaban desde la distancia, olía como un mamífero en celo, como una tigresa en peligro de extinción con una sola idea en su mente: reproducirse y salvar a su especie, que era la mía, su causa era la mía, desde aquel día sincronizaríamos nuestros corazones, igualaríamos las zancadas y caminaríamos rumbo a las entrañas de nuestra historia en común. Ella desconocía su destino, pero yo guiaría sus pasos.

Para empezar, encargué una hamburguesa doble y me senté en su mesa. Elevó un segundo su mirada, me despreció con todas las letras y regresó a libar el grasiento néctar. El destino, ese aburrido tema de conversación, se me resistía. Agarré su mano suavemente, buscando imperfecciones, por ejemplo, un anillo oculto a simple vista. Ella paró de masticar, resopló, retiró su brazo como con un resorte y se aplicó a la bebida. Enseguida se levantó, cogió su bolso y se dirigió a la calle. Mastiqué la hamburguesa atropelladamente y continué la evangelización.

La tercera escala fue en una zapatería. Nada reseñable más allá de unos hermosos e hidratados talones. En la cuarta parada del 106, la besé. No me pude resistir. Había sacado del bolso una barrita hidratante y se la estaba aplicando a sus labios. Fue como un guiño, un semáforo en verde. Le planté mi lengua en su boca e intenté corretear por allí dentro. El mordisco rechinó hasta en mis rodillas. Cuando el autobús llegó y abrió sus puertas yo ya tenía el clínex enrojecido. Subí los tres escalones magnetizado por su trasero, piqué el billete y me aposté tres filas más atrás de la suya. Ella no se inmutaba, sumergida en una lividez serena. Me dio la impresión de que se relamía, como si algún resto de mi sangre aún perdurase en su interior. Me sentí enteramente definido, delineado por un lapicero manipulado con dedos ágiles y seguros. Me rellené de confianza, mi camisa se infló con gas helio y mi culo se elevó del asiento medio palmo. Desde esa altura comprobé que no tenía calvas en su pelo, y vi asomar del escote dos protuberancias que grabé a fuego en mi retina. El subidón duro poco. La señora de al lado se asustó de mi levedad y me atrapó del brazo como a un globo. Le di las gracias, por no darle una hostia, y me arrellané en el asiento. Estaba yo estudiando el origen etimológico de arrellanar, dudando de si provenía de rellano o de relleno y dónde narices entraba el asiento en todo el asunto, cuando ella pulsó el timbre de parada y se levantó.

Lo siguiente que recuerdo es a un tipo vestido de SAMUR, probablemente del SAMUR, toqueteándome los pezones con unas ventosas y abriéndome los párpados con saña, como para despertarme de un mal sueño. Según comentarios que empezaban a taladrar mis oídos, tropecé en el escalón del autobús y me abrí la cabeza contra la acera. Pero ella acudió al rescate.
–Cariño, esta vez se nos ha ido de las manos. ¡Te has abierto la cabeza!
Yo asentí, planeando ya nuestra próxima travesura.

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