El orgasmo

El último miércoles de cada mes era cuando Lucía aprovechaba para masturbarse y alcanzar el orgasmo. Era el día en el que los niños nunca se perdían la clase porque tocaba diapositivas de dinosaurios, su marido salía de la ciudad para la reunión mensual del consejo, la interna hacía la compra gorda del mes y su madre se tiraba gran parte de la mañana en la peluquería.

Lucía se tumbaba en el sofá, recordaba al azar uno de los miles de polvos de su noviazgo (reducidos a cenizas en su matrimonio), y se frotaba hábilmente el clítoris y los labios menores hasta alcanzar uno, dos o tres orgasmos.
Ese día era miércoles y ella disfrutaba en el sofá. Pero el mercado cerraba por obras; y el proyector de diapositivas estaba estropeado; y la reunión del consejo se había aplazado por enfermedad del jefe; y la madre había decidido en el último momento dejarse el pelo largo. Todos entraron por la puerta al mismo tiempo. Y Lucía soltó, simultáneamente, una sonrisa nerviosa y un orgasmo.

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