Doscientas palabras

Doscientas palabras

Doscientas palabras. Sólo tengo doscientas palabras para demostrar mi talento en este absurdo experimento literario. Algunas menos si resto las de esta explicación. Doscientas palabras no dan para casi nada, apenas un esbozo de una idea con la que construir un relato, una nota de la compra con algo de literatura, tomatitos rojos como tus mofletes cuando te pones vergonzosa, dos kilos. Doscientas palabras no permiten andarse por las ramas, ni siquiera talar los árboles y correr por la nueva llanura. Hay que medir con exactitud cada verbo, adjetivo, sustantivo o pronombre, no desperdiciar ni un renglón en banalidades ni en rodeos. Planteamiento, nudo y desenlace, todo en una docena de líneas. Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Me sobran ciento noventa y tres, lástima que un tal Monterroso las utilizara antes que yo. Y casualmente en el mismo orden. Doscientas palabras como máximo, así no hay quien escriba algo decente. Veamos, un planteamiento, el perro vigila al niño, no está mal, un nudo, que delira de fiebre, voy bien, ahora el desenlace, mientras la madre manda mensajes de whatsapp y el padre alinea frutas en el candy crush. Exactamente doscientas palabras. Ni una más, ni una menos. Contadlas.

 

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