El Día del Padre de un escritor de relatos

Otro año más sin nadie a quien felicitar el Día del Padre. Y van 19 meses de marzo. Desde hace 9 primaveras existe un hombrecito que me llena de amor y dibujos ese día –y el resto de días–, pero a veces echo de menos a mi padre. Aunque casi desapareciera de mi vida 20 años antes de su muerte. Es lo que tienen los divorcios y despreocuparse de tu familia anterior. Esa lección sí la aprendí y en mi separación, obviamente –sí, papá, es de cajón—, lo primero fue mi hijo.

Mi padre se quedó sin conocer a sus nietos y a sus nueras, la evolución profesional de sus hijos, mis libros de relatos, los teléfonos móviles inteligentes, el auge de las redes sociales, el hundimiento de la prensa en papel, el 11S, el 11M, las pizzas de chocolate, la crisis financiera mundial, la barba y la cabeza afeitada de su primogénito –el menda–, las start-up, mi blog, dos campeonatos de Europa y un mundial de la selección española de fútbol, tres europeos, un mundial y tres medallas olímpicas de la de baloncesto, a Rafa Nadal, a Fernando Alonso –con la de veces que nos llevó al Jarama a ver los grandes premios de automovilismo–, Breaking Bad, Netflix, los envíos instantáneos de Amazon, la realidad virtual, los primeros capítulos de la novela de fantasía que está escribiendo su nieto de 9 años… El alcohol le robó media vida. Murió a los 51. No me imagino lo que sería desaparecer en unos pocos años, con la cantidad de cosas que me quedan por soñar, por vivir, por aprender y, quizás, por enseñar.

Día del Padre

Hoy quiero compartir contigo el relato corto ‘Cenizas’ que incluí en mi primer libro ‘D.I.O.S.’. Son las últimas horas con mi padre y también un ejercicio de exorcismo, que es para lo que a veces usamos la escritura. Al menos yo. Si te gusta, me encantaría que lo compartieras. Y después corre a dar un abrazo a tu padre.

 

Cenizas

Mi padre murió con setenta y pico años, aunque en el carné de identidad sólo contabilizaran cincuenta y uno de ellos. En una ocasión mi madre lo describió como una inmensa estantería en la que se iban apilando centenares de volúmenes. También pronosticó, en un alarde de lógica que mis hermanos y yo no supimos ver, que los estantes se derrumbarían por sobrepeso. A nuestro padre se le derrumbaron los riñones, el hígado, los pulmones y el corazón y él se empeñó hasta el último de sus alientos en negar la evidencia: sus estantes se habían podrido por el efecto del alcohol. Fue una persona que pretendió abarcar más de lo que en realidad pudo. En su día quiso cambiar el mundo y se quedó a medias, aunque siempre le quedó un resquicio de rebeldía. Dio más importancia a la gente que a las situaciones. Necesitó comprender todo lo que ocurría ante sus ojos. Se creyó con la capacidad de derrotar al tiempo, a la vida.

Los dos últimos años fueron una entrada y salida de hospitales, una continua administración de medicinas, una angustia por el qué pasará, un jugar al escondite con las botellas de coñac. Al final, con su degradación física amenazando con devorar a la familia, nos sorprendíamos rezando para que el día siguiente fuera el último de la pesadilla y empezara la inevitable realidad: que ya no está aquí, que a lo único que podemos recurrir si le necesitamos es a una fotografía, a un vídeo, a los recuerdos que se han pegado bien al cerebro o al corazón; no sé muy bien dónde se almacenan. Supongo que los recuerdos agradables se quedan en el corazón, los desagradables en el intestino, junto a las demás descomposiciones y los racionales, aquellos que son necesarios para subsistir –un consejo, o cuando me enseñó a dar un apretón de manos, o una reprimenda a tiempo–, todos esos se pegan entre las neuronas, listos para ajustar las tuercas del subconsciente.

El día de su último ingreso en el hospital lo hizo con el aire despreocupado de otras veces, «no me duele mucho, en un par de días estoy como nuevo», pero la primera noche entró en un coma del que ya no se recuperaría. Nosotros, sus hijos, probablemente porque ya habíamos sufrido todo lo que se puede llegar a sufrir, o porque nadie nos había enseñado cómo reaccionar frente a semejantes terremotos, nos mantuvimos serenos hasta lo increíble. Ya habría tiempo de lamentaciones. Nos recuerdo en la salita de espera aguardando, por turnos, el momento fatídico. Los médicos ya le habían desahuciado. Era un viejo edificio con los cimientos erosionados. Los obreros que participaron en la obra de su vida eran los profesionales más ineptos. Pero ese no era el problema. Esos mismos obreros habían formado parte del grupo que construyó la Pirámide de Gizeh, la Muralla China y las Torres Gemelas; incluso habían contribuido a la configuración del ADN de Martin Luther King y al de John Fitzgerald Kennedy. El problema era otro y se resumía en que no se deben colocar ladrillos bajo los efectos de media botella de coñac.

Día del Padre
La muerte también tiene derecho a divertirse.

En aquella salita del Hospital de la Paz pensamos por última vez en mi padre como en un ente vivo, a pesar de que todos los designios indicaban lo contrario, que ya estaba más allá que acá. Fueron dos o tres días de asimilación definitiva, cada uno a su modo. Mi hermano pequeño ejerciendo de hermano mayor, introduciendo un tinte de serenidad y lógica en todo aquello. Mi hermana, la que más le quería, la más sensible, explotando en varias ocasiones. Mi madre, divorciada de mi padre desde hacía más de diez años, guiándonos en el trance a través de la referencia de la muerte de sus padres. Y yo, el primogénito, introduciendo la mayor cantidad de comentarios macabros que se recuerdan en la defunción de un ser querido.

Fue a mi hermana a quien se le ocurrió donar las córneas de sus ojos, la única parte del cuerpo que no se vio demasiado afectada por los copazos de coñac. Esa y las uñas de los pies, tan bien enraizadas que resultó imposible plantearse siquiera el transportarlas a un frasquito para su posterior uso. Se quedaron allí hasta que el fuego las consumió y las mezcló con las cenizas del resto del cuerpo. Así era mi padre, cabezón hasta que no había más remedio que ceder, y eso era pasando por encima de su cadáver.

La señora de la guadaña se plantó en la habitación a eso de las diez. Ya habían distribuido todas las cenas y el silencio que acompañaba al turno de noche añadía más gravedad. Siempre he pensado que la sucesión de imágenes de mi vida sería al final, postrado en la cama de un hospital. Cuando me confirmaron el fallecimiento de mi padre, desde mi corazón, desde mi mente, desde mis intestinos, me llegaron un aluvión de recuerdos, tantos como lágrimas debía haber derramado. Él estaba detrás de mí con su proyector de vídeo Súper 8 y mis ojos eran la pantalla en la que improvisaba una selección de los mejores instantes de nuestra vida en común. Aunque eso era imposible. El proyector hacía años que había dejado de funcionar y aunque resistiese el paso del tiempo tan bien como una de esas estrellas de cine que sonríen con una piel que ya no es suya, las cintas dejaron de fabricarse a principios de los ochenta. Y las imágenes que caían ante mis ojos eran posteriores a esa época.

El tipo de la funeraria era bajito, muy bajito, él lo tendría más barato a la hora de contratar su correspondiente ataúd. En el catálogo que nos enseñó para comprar el de mi padre todos se subían por las nubes. Aplicamos lo mejor que pudimos el lema de «nada es muy caro para el último viaje» y adquirimos uno coqueto que, seguro, satisfaría sus necesidades allá donde fuese. Nada de símbolos religiosos. Nada de flores. Pretendíamos recrear con la mayor fidelidad su modo de vida en los últimos años. Mi hermana recordó uno de sus comentarios, «a mí me enterráis con una botella de coñac y si es posible con el tapón abierto y un vaso», pero los tres llegamos a una especie de acuerdo sin palabras y en el ataúd sólo fue su cuerpo y un poco de ropa. Los egipcios sí que se lo montaban bien, se enterraban con los criados, con comida suficiente para descender por el Nilo varias veces y con todas sus joyas. No supe imaginarme a mi padre en una situación similar, quizás porque nunca había ganado tanto dinero como para derrocharlo en joyas y porque Mercedes, la única criada que había limpiado nuestra casa, cobraría tal millonada por implicarse en semejante odisea que no podríamos contratarla. Él sí que bajaría por el Nilo, aunque no recostado en una barcaza, sino dando órdenes a la tripulación y aleccionándola sobre cómo desplazarse con mayor facilidad. Ese era otro de los defectos de mi padre y al mismo tiempo una de sus virtudes más envidiables: se embarcaba en cruzadas insólitas, en empresas con los recursos bajo mínimos. Y lo más asombroso de todo era que sacaba a flote la estructura aun a costa de su propia salud.

El camino del hospital al tanatorio lo hizo entre desconocidos: el chófer del vehículo y supongo que un acompañante para mover el ataúd. Eso no fue nunca un problema para mi padre. La naturaleza le había concedido una aptitud especial para relacionarse con la gente, un sentido extra que le otorgaba la sensibilidad necesaria para hacer amigos, algo similar a la actitud comercial: exhibía simpatía, generosidad y conocimientos. Y el chollo era que lo concedía a cambio de nada. Así que imagino que en el trayecto hacia el tanatorio su espíritu conquistó a los dos empleados de la funeraria y acabaron jugando a las cartas. Y tomando un copazo. Por qué no.

Nosotros llegamos por la mañana. Nuestro padre ya estaba expuesto tras un cristal. Era un maniquí que mostraba ropa en un escaparate. Nada más inútil que el velatorio, nada más ofensivo. Su rostro asomando por el ataúd para ofrecerle ¿un último adiós?, ¿echarle un postrero vistazo?, ¿tirarle una foto y enmarcarla?, ¿lanzarle pelotas de goma? Hablamos con los encargados y exigimos que le cubrieran, nada de crucifixiones públicas, que la gente le recordara vivo, alegre, contando esos chistes tan malos que se debía de inventar, hablando, discutiendo, enseñando, planeando, continuamente planeando, el futuro que ya no tiene y en el que no sé si creía, observándolo todo desde el cielo, creando piruetas imposibles, el más difícil todavía, quizás si hubiera tenido más tiempo los pies en la tierra no estaría muerto.

Día del Padre
El infierno tiene una salida de emergencia hacia el paraíso y nadie nos lo había dicho.

Luego empezaron las visitas, gente entrando y saliendo, saludando, soltando sus condolencias, intentando animarnos con charlas acerca del tiempo, o de la última vez que nos vimos, cualquier cosa que no incluyera la palabra padre. ¿Te acuerdas de las lagartijas y de cómo las capturábamos a puñados?, joder, David, estás más alto, ¿qué han pasado, doce, catorce años?, ¿te casaste?, ¿el trabajo bien? No se daban cuenta de que allí habíamos ido a velar a mi padre, a lo que quedaba de él, y me importaban tres cojones sus hijos, a lo que se dedicaban, o cómo follaba su nueva amante.

Recuerdo a un tío de no sé qué grado que se sabía historias de la infancia de mi padre a decenas. Nadie le conocía, pero él estuvo toda una hora revelándomelas y yo llorando de felicidad y de tristeza. Por fin alguien entendía el espíritu de los velatorios, recordar y no olvidar, para olvidar ya habría tiempo más adelante. Antes de que se marchara nos tomamos un café en el restaurante del tanatorio y entonces me lo confesó, que él no era familiar mío y que ni siquiera conocía a mi padre. Se pasaba el día de familia en familia, de sala en sala, de tanatorio en tanatorio, inventando historias para no sentirse solo, ya jubilado y viudo. No hacía daño a nadie, tan sólo unas mentirijillas que le concedieran por unos minutos el protagonismo. Le pagué el café, un bocadillo de chorizo y le despedí con un abrazo, como si de verdad fuera mi tío.

La primera noche sin padre me derrotó antes de darle vueltas al futuro. Entre el ir y venir de la gente, el papeleo, los viajes, el comer casi nada y a deshora y la incertidumbre acerca del futuro, me hundí en la cama y ya no recordé nada hasta que sonó la alarma a las tres o a las cuatro de la mañana para presidir el funeral. Ni siquiera un sueño de despedida, eso vino después, semanas después. El subconsciente asimiló la muerte y se encargó de recordármela noche sí y noche también.

Le incineramos en el más absoluto de los silencios. La encargada nos ofreció la posibilidad de dirigir unas palabras desde el púlpito. La inexperiencia, el desconocimiento y, por qué no, la falta de ganas, nos lo impidieron. Cualquiera de mis hermanos o yo mismo estábamos capacitados para improvisar un monólogo acerca de las virtudes de mi padre. Preferimos hacerlo por dentro. ¿Por qué te has ido, cabrón? Aunque tú ya te habías marchado antes de morirte. Nunca encajamos. No sé qué esperabas de mí, de la gente. Ponerse a tu nivel era impensable. Ibas dos pasos por delante del mundo. Eras un corredor de maratón que lanza su ataque desde el primer metro. Tú no calculaste las fuerzas. Te quedaste a medio camino. De nada sirvió el último avituallamiento que te ofrecimos. Ni los gritos de ánimo que te dimos desde la grada. Y ya no estás. Cabronazo. Te odio. ¿A qué corredor de fondo voy a admirar ahora?

La urna con las cenizas la recogimos tres o cuatro horas después, supongo que el tiempo prudencial para obtenerlas. Nos obligaron a firmar un papel que nos comprometía a no tirarlas fuera de Madrid. Si esa era nuestra intención, tendríamos que sacar una licencia o documento similar. No supe evitar una sonrisa que fue creciendo hasta hacerse carcajada. ¿Necesitaba el permiso de las autoridades para esparcir unas cenizas? Ya sé que la religión católica está muy bien arraigada en España, pero no conocía sus últimos extremos. A mi padre lo lanzaríamos al mar si nos daba la gana y sin ninguna explicación al resto del mundo.

No fue al mar. Las cenizas las esparcimos por la sierra de Santa María de la Alameda. Y no por voluntad suya, que no dejó nada ordenado, ni siquiera sugerido, sino porque es el lugar al que recurrimos siempre que pretendemos reconstruir un escenario feliz con nosotros de protagonistas. Cuando abrí la urna y me encontré con la lámina metálica, similar a la de un bote de Cola Cao y con la dureza de una lata de conservas, supe que mi padre seguía haciendo de las suyas. Con las piedras y las llaves de casa conseguí abrirla y arrojar el contenido sobre los matorrales que tantas risas habían escuchado. Guardé un puñado. Aún las conservo en un botecito que reposa sobre el escritorio, quizás para inspirarme o por si en un futuro me las reclama la Comunidad de Madrid y tengo que mostrárselas al funcionario X en la ventanilla 3.5399C en las oficinas de la calle Pepito Pérez.

 

Si te ha gustado este relato del Día del Padre, puedes leer otro sobre la paternidad: Mi papá es un superhéroe.

 

 

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3 comentarios en “El Día del Padre de un escritor de relatos

  1. Me ha gustado mucho el relato e incluso me ha servido de inspiración. Yo tengo un relato que habla de los velatorios y ese personaje que anda por ahí de sala en sala contando historias,me ha parecido muy simpático y quizá te lo robe para mi relato. Quizás un hijo suyo que ni el padre sabia que tenía, que decide hacer lo mismo.No sé, le daré vueltas a ese personaje.
    Me dejas?

  2. Hola, Sandra. Gracias por leer el relato. Es curioso, porque basado en ese mismo personaje un conocido me pidió permiso y realizó un cortometraje.
    Claro que puedes inspirarte en él para escribir ese relato. Ya me contarás qué tal te ha ido con la idea.

  3. ¡Qué gran relato a pesar de la melancolía que despierta un tema así! Estoy de acuerdo con Sandra, ese personaje daría para mucho, pero supongo que los personajes algo excéntricos en un marco tan singular como un velatorio, acaban convirtiéndose en algo con mucha fuerza para protagonizar relatos, cortos, ¡y hasta películas!

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