Cuarenta y cinco minutos frente a la página en blanco

página en blanco

Cuarenta y cinco minutos seguidos escribiendo un relato corto, un artículo de humor o un cuento, sin levantar la cabeza de la página en blanco o del teclado del ordenador. Ese es el reto que me impongo cada mañana. Cuarenta y cinco minutos diarios en los que explicarme a mí mismo cosas que de otra manera no entendería. Según mi experiencia de eso va escribir, de comprender realidades inspiradas en hechos verídicos. O inventadas, con la corteza tan perfecta que podrían pasar por ciertas.

Treinta y cinco minutos, me avisa el reloj que marca el final. Treinta y cinco  minutos por delante para elaborar esta idea algo torpe sobre la creatividad. A veces me sorprendo mirando cómo los dedos pulsan las teclas y las palabras se van formando en la pantalla. Se supone que yo soy el que pronuncia las órdenes desde el cerebro para que todo eso suceda. Yo soy el que obliga a los dedos índice, anular y corazón, con la ayuda del pulgar para usar la barra espaciadora, a moverse en un orden concreto. El meñique es el gran olvidado. Está ahí, junto a los demás, pero no aporta nada a la ecuación. No estudié mecanografía, una profesión muy valorada en la época de las máquinas de escribir, y eso lo desterró. Recuerdo que las secretarias de dirección vivían en una carrera constante por alcanzar el mayor número de pulsaciones por minuto. No había currículum, con verdaderas posibilidades de lograr un trabajo, que no contemplase la velocidad frente a una máquina de escribir.

Veinticinco minutos. Uno detrás de otro. La página en blanco se va llenando de diminutas letras. Debería ampliar el tamaño antes de quedarme definitivamente ciego. La edad no perdona. El paso del tiempo es casi lo único que la humanidad no es capaz controlar. Se le puede sacar mejor o peor rendimiento: dejar que transcurra mirando a la pared, embobado, o exprimir cada segundo. Porque ese podría ser el último instante que vieran nuestros ojos. Ahora mismo, cuando escribo estas líneas, un coágulo se está formando en la vena aorta y en pocos minutos falleceré. O no. Quizás la sangre circule por la arteria como en un día de tráfico ligero, un martes de agosto, por ejemplo, y todavía disfrutaré de muchos años de vida para alegría de Hacienda.

Quince minutos para concluir. Las piernas se cruzan y descruzan, incómodas. No encuentran la postura perfecta, si es que existe. Los fisioterapeutas siempre amenazan con que debemos alterar la posición del cuerpo, que si mantenemos durante horas la espalda rígida frente al ordenador, las contracturas llamarán a la puerta. La repetición de un gesto, aunque sea inocente, como sentarse en una silla, provoca el agarrotamiento de determinados músculos y el dolor intenso. Por eso aconsejan levantarse y pasear. Unos minutos de cada hora. Sólo eso. Yo no puedo. He de seguir con el reto sin interrupciones. Así que mis piernas se cruzan y descruzan, probando, sin saber que no darán con la postura perfecta jamás porque la postura perfecta es el movimiento. Nacemos pataleando, y durante años conseguimos las cosas de la misma forma. Al menos lo intentamos. Los niños son los seres más inquietos del universo. Y nunca sufren contracturas. Así que, a la calle a pasear. Pero aguántame un poco más ahí detrás.

Cinco minutos. Es todo lo que te pido para concluir este relato. ¿No tienes curiosidad por saber cómo terminará el desvarío? En realidad, no son cinco minutos. Tú tardarás menos en leer el resultado final. Es gracioso: estoy tan emocionado como lo puedas estar tú mismo. No tengo ni idea de cuáles serán las últimas palabras que completen el reto de hoy. La alarma del reloj sonará en cualquier instante, y yo detendré la pulsación de las teclas justo en ese segundo, ni uno más, ni uno menos. Medio minuto, creo. No puedo especificar más. Gracias por llegar hasta aquí, por soportar mi experimento sin pestañear. O pestañeando, pero lo justo para no perderte nad

 

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Foto: @boetter via Foter.com / CC BY

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