Reloj despertador R2D2

El reloj despertador

La mayor parte de mi infancia la pasé vigilando obsesivamente un reloj de Star Wars para que no le faltase cuerda. El cabrón de mi padre me metió en la cabeza que si el tiempo se detenía, mi vida también. Lo hizo a esa edad en la que asumes cada frase enunciativa de tus progenitores como un mantra, como si estuviera grabada en piedra, desde la mentira más gorda hasta la verdad más evidente. Cómo si no íbamos a tragarnos el cuento de los tres Reyes Magos y su generosa noche o el del ratoncito Pérez y su vocación de odontólogo.

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La habitación

Pensó que la luz que conseguía atravesar la persiana distorsionaba las formas de su habitación hasta hacerla irreconocible. O que un exceso de nocturnidad y alcohol había borrado de su memoria muros, adornos, olores y rutinas. O lo más aventurado de todo, que una familia de alienígenas se encaprichó de él, le abdujo una noche de tormenta eléctrica y le construyó una mala réplica de su casa en el último rincón de la galaxia. Aun a riesgo de equivocarse, descartó la tercera opción. No se creía mucho lo de la vida inteligente en otros planetas. Ni siquiera en el suyo.

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Seis meses

Otra vez he vuelto a oír la canción en una de esas emisoras de radio que emiten en círculo. Otra vez nos he visto corriendo por la playa, desnudos, en el verano que pasamos reconociéndonos el uno en el otro. Otra vez he recorrido las calles de nuestra historia, los recovecos oscuros, los edificios luminosos, los parques en los que nos cubríamos de besos. Otra vez he recordado los sueños que nos empeñamos en cumplir, a contracorriente, ignorando los ecos de tu enfermedad.

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La metamorfosis

Cuando Gregorio Samsa despertó una mañana después de un sueño intranquilo, retiró las sábanas y descubrió horrorizado que se había convertido en un monstruoso bebé. De su boca surgían apenas balbuceos y la percepción que tenía de las cosas había cambiado, como si se hubiera tragado la galleta “Cómeme”. Todo era enorme, desde la almohada en la que se recostaba hasta las gafas de la mesilla. Trató de incorporarse pero rodó hasta el borde de la cama, se balanceó y cayó al suelo.

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El coleccionista

De niño coleccionaba cromos que pegaba en los álbumes con un engrudo que le fabricaba su abuela, lagartijas que introducía en un bote de cristal después de haberlas cercenado el rabo, conchas que recogía los veranos en la playa y que se acumulaban en una bolsa de plástico el resto del año.

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El peligro del amor

La primera vez que la vi, caminaba descalza por la calle; digamos que levitaba y por eso no usaba zapatos. Pertenecía a ese club exclusivo de mujeres que quitan el hipo, que activan nuestros instintos más primarios, que primero aderezan nuestra vida con picante y luego lo revuelven todo, pretendiendo guisarnos con patatas.

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El orgasmo

El último miércoles de cada mes era cuando Lucía aprovechaba para masturbarse y alcanzar el orgasmo. Era el día en el que los niños nunca se perdían la clase porque tocaba diapositivas de dinosaurios, su marido salía de la ciudad para la reunión mensual del consejo, la interna hacía la … Leer más

Segis

Segis nació por imposición. Su padre se empeñó en perpetuar su apellido y su madre, sumisa, fabricó la placenta, el cordón umbilical y lo expulsó al mundo. Hasta los seis años fue como un trofeo de caza, de los seis a los doce un cervatillo herido y de los doce a los dieciocho un macho con los cuernos afeitados y la zona de influencia vallada con alambrada eléctrica.

Segis voló de su casa a los treinta tres, con el título de Historia en el bolsillo, la experiencia laboral de un bebé de seis meses y la cuenta bancaria de un indígena del Amazonas. Sus padres le alquilaron un pisito en el centro de Madrid, cerca de su barrio y Segis volvía al nido a diario para tomar su ración de sopa y carne.

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Marcos

Tras noventa minutos de sudoroso y denodado esfuerzo, guiada por las órdenes de la matrona y jaleada por enfermeras y por su propio marido, la mujer trajo al mundo a un niño. El padre miró asombrado al pequeño, y no tuvo más remedio que confirmar todas y cada uno de las advertencias de algunos de sus amigos, ya padres expertos, que insistían en la caricatura de persona que era un recién nacido; pero intentó convencerse a sí mismo de que, una vez aseado, vestido y bajo el prisma del amor incondicional, huiría cuando menos de la imagen que ahora le venía a la cabeza: aquel ser digital de la película de El señor de los anillos que suplicaba que le devolvieran su tesoro.

Con una sonrisa que venía a decir más o menos “no sabes la que te espera”, la matrona le plantó al bebé entre sus brazos. Se resistió a llamarle Marcos, nombre convenido con su mujer, o hijo, más genérico pero que, pensaba, comprometía mucho más. Le sujetó la cabeza como si agarrara una valiosa joya y observó que de sus pequeños ojos, precozmente abiertos, procedía un leve tono azulgrana que plantó la primera decepción en su cara.

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